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Por Rosita Marrero

Pa' luego es tarde

Pena de muerte, ¿en serio?

01/11/2017
"Esteban Santiago es víctima también, pero de un sistema indolente, en un país que históricamente envía a pelear a sus soldados, incluyendo a los boricuas..."

Qué triste lo sucedido en el Aeropuerto del Fort Lauderdale, cuando un “sujeto” disparó a mansalva contra los pasajeros que recogían su equipaje, sembrando el caos y el terror, provocando la muerte de cinco personas.

Qué triste fue conocer que el “pistolero solitario”, autor de la masacre, era un joven militar puertorriqueño, abandonado a su suerte, luego de su regreso de Irak. 

Lo primero que viene a la mente cuando ocurren actos como este, es que se trata de un ataque terrorista de ISIS. Después de todo, parece muy fácil hacerlo, cuando puedes adquirir un arma en cualquier armería y llevarla en tu maleta de viaje como si cualquier cosa. Siempre nos asalta el temor de que haya un conocido entre las víctimas. No sería la primera vez, que aparece un puertorriqueño en escena. 

En efecto, lo había. Esteban Santiago, de 26 años, de Peñuelas, portaba un arma automática en su equipaje, al que solo le bastó cargarla en el baño, para disparar a todos los que alcanzaran sus balas. No era un acto terrorista de ISIS. Fue el acto de un joven aterrorizado por sus propias voces, sobre las que no tenía control, que lo llevaron a disparar tres magazines de balas.

Los puertorriqueños sentimos gran orgullo cuando cualquiera de los nuestros se destaca por sus ejecutorias a nivel mundial. Lo celebramos, aplaudimos, nos emocionamos y lloramos. De igual modo, nos compadecemos y lloramos cuando a un puertorriqueño lo abandonan a su suerte y cae en desgracia. Esta vez, los ojos del mundo miran a un joven puertorriqueño, no a un supremacista blanco racista estadounidense, como tantos que han provocado muerte y dolor en su propio país, guiados por el odio; ni a un terrorista islámico queriendo cobrar venganza; sino a un joven militar, combatiente de la guerra de Irak, con un trastorno mental no atendido.

Esteban Santiago es víctima también, pero de un sistema indolente, en un país que históricamente envía a pelear a sus soldados, incluyendo a los boricuas, a guerras que no son las nuestras, muchas veces sin justa causa, y cuando sus soldados regresan, no solo con heridas físicas, sino con heridas del alma, provocadas por las atrocidades vividas, los deshechan. Los tiran como despojos inservibles y que se resuelvan como puedan.

Esteban Santiago, según ha trascendido, estuvo en un hospital psiquiátrico. Acudió a las oficinas del FBI en Alaska y les relató lo que le sucedía. Escuchaba voces. Era un grito de ayuda. Sufría de un episodio psicótico. Escuchaba voces sobre las que no tenía control. Intentó estrangular a su pareja. Estaba fuera de su realidad. ¿Cuánto tiempo estuvo hospitalizado? ¿Dos semanas? ¿Lo echaron a la calle?. Es lo que suelen hacer muchos hospitales, que dan de alta a sus pacientes, antes de que el tratamiento culmine y los medicamentos hagan su efecto, estabilizándolos. Cuestiones de costo y de cubierta médica limitada. Los echan a la calle con todo y sus voces. 

 El gobierno de los Estados Unidos es responsable de sus veteranos. El FBI, por sus propias admisiones, es responsable de lo sucedido. Seguramente dijeron: “Un loco más en la calle que escucha voces de ISIS y de la CIA”. ¿Nadie se cuestionó si tenía un arma? Se le había diagnosticado un síndrome post traumático.

“Si dijo que estaba escuchando voces, tenía paranoia y delirio de persecución. Estaba descompensado. No tenía control de sus pensamientos obsesivos, intrusos. Cuando estás estable, tú los controlas y los desechas. Producen angustia e intranquilidad. Son órdenes de comando. De matar. De hacer y hacerse daño. Entras en un pobre juicio. No tienes control de lo bueno y lo malo. Él pidió ayuda”, comentó un experto en conducta humana.

Es trágico y doloroso para todos. Para las víctimas y los familiares que pierden sus seres queridos por un acto violento que pudo haber sido evitado. Es trágico para una familia boricua que llora por un joven que “nunca había dado problemas”. Es trágico para Esteban Santiago, que pidió ayuda a gritos, pero su voz no fue escuchada. 

Ahora piden la pena de muerte. ¿En serio?