Entre la frustración y las ganas de vivir

Por Heidee Rolón Cintrón 10/13/2017 |08:00 a.m.
Efraín Laureano Rivas observa lo que quedó de su finca en el barrio Vaga de Morovis luego de que fuera devastada por María. ([email protected])  
En pueblos del centro de la Isla, como Morovis y Orocovis, el afán de cada día es conseguir qué se come, y no dejar que la frustración ahogue las ganas de seguir luchando.

Morovis / Orocovis. El huracán María golpeó las emociones de un país que ya luchaba contra tormentas económicas y desastres sociales. 

En el centro de la Isla -en Morovis y Orocovis- se vive la crisis día a día.

María desapareció, pero su desfile de destrucción mantiene a mucha gente en la montaña a merced de la poca ayuda que logran recibir. 

No obstante, en medio de la crisis nacen palabras de esperanza, y la ilusión de un mejor mañana va de la mano de personas que no descansan para cambiar las circunstancias.

Por momentos, la desesperación se viste de resistencia, la frustración de lucha.

Estos son los testimonios de un pueblo abatido, un pueblo que llora, y llorando, lucha de pie.

“Creo que termino yéndome”

María López Ortiz, residente del sector Diaz en el barrio Perchas en Morovis, no perdió su casa, pero el impacto emocional que ha tenido tras el huracán es suficiente para que considere irse a los Estados Unidos. 

Mientras hace la fila para recibir una caja con suministros que un camión de la Cruz Roja dejaba a orillas de la carretera, la mujer de 56 años cuenta que la comunidad ha recibido la ayuda a cuentagotas. 

López Ortiz no puede evitar la tristeza en su rostro al decir que cuida a su hermana adulta con síndrome de Down y que no cuenta con los recursos necesarios para su atención.

Como si fuera poco, lidia con el cáncer de su hija, un diagnóstico que recibió apenas dos semanas antes del embate de María en la isla.

“Creo que termino yéndome”, suelta.

“Tú vez que la gente está desesperada… Mi hija tiene un nene, yo tengo mi hermanita y ella no come arroz, no come ciertas cosas que nosotros comemos. Voy al supermercado y ya no hay nada o no te dejan entrar; tienes que tener efectivo… Yo me acuesto todas las noches y lloro”, confiesa.

“Agua, comida y pampers”

Jainaris Colón Méndez, de 23 años, nos abrió las puertas de su hogar en el sector El Frío del barrio Ala de la Piedra en Orocovis. El olor a humedad colmó nuestra nariz desde el primer momento. Toda la casa se inundó durante el temporal. El agua dañó todo a su paso.


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“Hasta ahora me estoy quedando en casa de mi mamá, tratando de sobrellevar todo esto porque me quedé sin comida, no tengo pampers (pañales) y las ayudas no han llegado”, dijo la madre de Jan Anthony Maldonado, de 2 años.

“Agua, comida y pampers. Eso es mayormente lo que necesito. Desespera un poco, por el nene”, añadió. 

“Somos muchos”

Waldin Vázquez Pagán fue uno de muchos que no se quedó de brazos cruzados ante la necesidad. Nacido y criado en Morovis, el chef que reside en San Juan se tiró a barrios como Perchas, Vaga, Pasto y San Lorenzo para dar de comer a la comunidad.

“Hicimos el primer día 175 almuerzos, el segundo día 200 y hoy ya llevamos 250 almuerzos a diferentes barrios con los líderes comunitarios, con el centro cultural, grupos, individuos y comerciantes”, expresó.

Su voz se quiebra al recordar los rostros agradecidos de moroveños que recibieron su primer vaso de agua fría en mucho tiempo. 

“Es bien difícil cuando tú llegas y das un plato de comida y lo agradecen, pero entonces, das el vaso de agua…” No puede contener las lágrimas, pero en medio de su desespero por ayudar reconoce que no es el único. “Somos muchos”, afirma, los que dicen ‘presente’ en la montaña. 

Ahora, Vázquez Pagán tiene otra misión: “vamos a hacer comida para los encamados. Hay mucha gente viejita, enferma, que su dieta tiene que ser diferente a la de nosotros”.

“Sueña”

Rafael Reyes y Charelys Negrón vieron desde una ventana cómo los vientos destruyeron lo que fue su hogar por siete años en el barrio Pasto en Morovis, pero ser progenitores de un niño de 8 años no les dio mucho tiempo para descomponerse. Sacaron fuerzas para levantarse y explicarle a su hijo que “esto es una catástrofe” y que muchas personas perdieron más.


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“Vimos todo el techo desprenderse”, cuenta Negrón, de 36 años, junto a su esposo. Ambos aseguran que su próximo hogar será en cemento, una vez puedan comenzar a reconstruir. Mientras tanto, se refugian en un cuarto en casa del padre de Negrón. “Hay que echar pa’lante”, asegura, por su parte, Reyes, de 41 años. 

Pero, ¿qué se le dice a un niño que nunca había experimentado la furia de un huracán? 

“Que vamos a levantarla (la casa), que vamos a tener una casa mejor. Yo le digo, ‘sueña, papi, sueña porque eso es lo que nos queda”.

“Hay que luchar”

Luis Burgos tuvo algunas pérdidas en su hogar. María dañó el juego de cuarto de su hijo, la marquesina y la lavadora. Lo que María no se llevó fueron sus ganas de echar pa’lante, ni a él ni a su familia.

El comisionado auxiliar de la Policía Municipal es residente del barrio Vaga en Morovis, una de las comunidades que quedaron incomunicadas cuando el puente que cruzaba el río colapsó.

Desde entonces tiene que cruzar por más de una hora por Orocovis para llegar a primera hora en la mañana a su trabajo, que consta en estos días de ayudar en la distribución de suministros a los distintos barrios.

“Aunque nosotros estamos un poco sacrificados, estamos ayudando al pueblo. Hay que buscar la manera. No importa que nos tardemos un poquito más. Nosotros no descansamos”, dice el padre de un adolescente de 14 años y una niña de 11.

“Hay que luchar porque si nos vamos, no vamos a echar pa’lante. Hay que luchar. Indiscutiblemente, es más difícil, pero tenemos que luchar. Hay que echar el pueblo pa’lante”, repite como para no olvidarlo.

“La vida es lo importante”

Julio Figueroa Torres, junior, de 65 años, y Carmen Noelia Rivera, de 66 años, cuentan que antes de la tormenta se prepararon con más suministros por si la situación se complicaba. Su hogar sufrió pocos daños, por lo que se encargaron de darles albergue a los vecinos que corrieron con menos suerte.  


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El sentido de servicio del matrimonio resaltó en todo momento. Figueroa Torres, incluso dio la mano cuando el vehículo con el que realizábamos el recorrido por los pueblos casi se atasca en una zanja, justo cuando llegamos al sector Matrullas en el barrio Bauta Abajo en Orocovis.

Ambos relataron cómo la comunidad se unió para abrir camino y se ayudaron mutuamente en medio de la crisis.

 “Mi hija perdió un techo y la teníamos aquí. Teníamos vecinos por ahí que tenían casas más frágiles, y los teníamos refugiados también. Eso es primero, la vida es lo importante”, afirma Figueroa Torres.

 
Entre la frustración y las ganas de vivir - Orocovis

En pueblos del centro de la Isla, como Morovis y Orocovis, el afán de cada día es conseguir qué se come, y no dejar que la frustración ahogue las ganas de seguir luchando.


 
Entre la frustración y las ganas de vivir - Morovis

En pueblos del centro de la Isla, como Morovis y Orocovis, el afán de cada día es conseguir qué se come, y no dejar que la frustración ahogue las ganas de seguir luchando.


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