Sabana Grande. “Siempre, por siempre juntos”. Una abuela, una madre y un hijo fueron despedidos ayer bajo una llovizna fresca en el cementerio municipal de este municipio, donde amigos y familiares dieron su último adiós, agradecidos de que Dios cumpliera “su deseo de morir juntos”.

Y es que en el entierro de la familia sabaneña que murió trágicamente el sábado en un accidente en la carretera PR-102, el padre del infante Yaret González Torres se armó de valor para recordar a su esposa, Rosa Torres Vargas, y el día en que casualmente le dijo que “si mami se muere algún día, yo me quiero ir con ella, porque yo no podría soportar el dolor de perderla”.

Con esas palabras William González retrató el amor que se tenían su esposa Rosa, de 36 años, y su madre de crianza, Flor Alba Lugo Lugo, de 84 años, quienes murieron trágicamente en el accidente cuando venían de hacer compras con Miguel Alicea Almodóvar, de 89 años, quien conducía esa tarde y sobrevivió el choque, aunque permanece en estado de gravedad en el Centro Médico de Río Piedras.

“Ellos eran inseparables”, repetían una y otra vez por los rincones del cementerio los espectadores del doloroso momento al exaltar cuán unida era la familia que vive también la gran pena de saber el peligro que corre la vida de don Miguel.

Justamente el martes en la noche, mientras terminaban detalles de las exequias fúnebres, don Miguel sufrió cuatro paros cardiacos de los que hubo que resucitarlo con máquinas, según relató su hijo mayor, Miguel Alicea Lugo.

En su dolor, el hombre dijo a Primera Hora que ya había dado el consentimiento a los médicos para desconectar a su padre en cuanto presentase un cuadro desalentador. “Estoy de acuerdo a que le desconecten las máquinas si no tiene presión”, dijo, haciéndose responsable de la difícil decisión como el mayor de los cuatro hermanos. “Es mejor así. Es lamentable, pero en algún momento pasaremos por eso”, dijo resignado a la realidad.

Durante el sepelio, el alcalde Miguel “Papín” Ortiz estuvo presente y ofreció las primeras palabras a la familia, “que por tres días ha vivido los días más largos de su vida al ser tocados por el dolor que causa la muerte inesperada”. El alcalde honró a la familia concediéndoles los dos nichos donde ahora yacen los cuerpos. En uno fue enterrado la abuela y en el otro la madre y el bebé.

La pastora Yvette Rivera, de la Iglesia de Dios Padre Nuestro, a la que asistía la familia en el barrio Minilla de San Germán, destacó que la familia era tan unida que siempre estaban juntos en todo, hasta en la muerte.

Al ritmo de cánticos, la banda Ministerio Adórale tocó en el sepelio, a petición de William, esposo de Rosa y padre de Yaret, quien pertenece a ese ministerio como bajista. “Él nos pidió que tocáramos. Nos movilizó a todo el grupo para que estuviéramos aquí con él, tocándole a su esposa y a su hijo”, comentó Emmanuel Alvarado, director musical de la banda.

El hermano mayor de Rosa, Antonio, agradeció el que su hermana se hubiera criado en una familia que tanto la amó. Ella fue adoptada por el matrimonio al morir su madre biológica a pocos meses de nacida.

“La vida es como una vela que se prende y no se sabe cuándo se apagará”, fueron las palabras del nieto, Alexis Rivera, quien agradeció el apoyo de todos por las palabras de aliento para su familia, devastada por el trágico evento. Y es que el cementerio se abarrotó de gente para despedirse de las damas y del infante de dos años.

Los niños que forman parte del grupo de la iglesia donde Yaret participaba desfilaron con una camisa amarilla con mensajes de amor y, aunque no cantaron como lo suelen hacer en la iglesia, agradecieron con una oración a Dios por haber conocido a su amiguito que ahora se fue a morar a su lado. Seguido, soltaron unos globos blancos al cielo en señal de saludo.

Con temple y calmado, William, su padre, se despidió, prometiendo cuidar bien a sus dos hermanitos, Victoria e Israel, de 10 y seis años, respectivamente. Tomó el bajo y se unió a la banda musical para animar entre lágrimas el cántico de despedida.