Nota de archivo: publicada hace más de 90 días

Vuelven a empezar desde la basura

Por Osman Pérez Méndez / [email protected] 11/27/2017 |11:45 p.m.
Viviana Cintrón exclama con voz entrecortada que “no quiero ni mirar mi casa. Salgo de aquí llorando”. ([email protected])  
Residentes de Villa Esperanza en Toa Alta están obligados a reconstruir con los escombros.

TOA ALTA. Una montaña de metales retorcidos de lo que alguna vez fue un estadio de pelota recibe a quien llega a la comunidad Villa Esperanza en Toa Alta. De ahí en adelante un par de caminos de fango se adentran entre una cordillera de escombros de toda clase para llegar a las ruinas de lo que fueron modestas casitas hasta que el huracán María arrasó con todo lo que había allí. 

Desde entonces, el tiempo no parece haber pasado durante estos dos meses para las decenas de personas que intentan sobrevivir allí, en condiciones tan precarias que la mayoría ni siquiera podría imaginar para un país que no está entre los más pobres y subdesarrollados del mundo. 

La destrucción en este paraje fue tal que solo una estructura, la iglesia local, quedó con sus paredes en pie. Su techo, sin embargo, también voló con los inclementes vientos de María, al igual que resto del centenar de casas a su alrededor.

Marcas cuadradas con restos de madera y metales encima distinguen los lugares donde antes hubo una casa. 

Sobre una de esas marcas queda apenas un pesado mueble junto a lo que era la pared de un baño. En otra, un solitario inodoro es lo único en pie entre la pila de escombros. Un perro con mirada triste hace guardia en el camino de entrada hacia otras ruinas, quizás de lo que fue su casa, aprovechando una de las pocas sombras que reaparecen con las nuevas hojas de un arbolito que logró resistir el embate.

 
Villa Esperanza: vidas entre los escombros

Meses después del huracán María, residentes de esta comunidad en Toa Alta todavía luchan para tener un techo seguro.


A falta de otra opción, algunos vecinos no han tenido más remedio que volver a levantar chozas con los restos recogidos para contar con algo que se asemeje a una vivienda. Cada aguacero, es un desafío, una agonía adicional. 

“Empezamos a levantar con lo poco que hemos podido rescatar. Paramos la casita con lo que se puede”, dice con tono de resignación Iris Marrero, llamando a andar con cuidado porque el piso, de madera mojada y podrida, tiene varios huecos peligrosos. 

El fatídico día del huracán, cuenta Marrero, la comunidad se fue “a un refugio o casas de familiares”. Dos días después, desde el refugio, en el que no había agua ni planta para proveer electricidad, pudieron empezar ver a lo lejos la destrucción que les esperaba. 

“Al llegar estaba todo en el piso. Perdimos todo lo poquito que teníamos. No tenía nada lujoso. Pero era mi casita y estaba cómoda”, comenta Marrero, quien para colmo de males es sobreviviente de cáncer y no ha podido seguir su tratamiento porque su vehículo también se dañó. 

La frustración aumenta al pasar el tiempo y saberse en el olvido, pues apenas los militares y un par de organizaciones han llegado en contadas ocasiones para entregar comida y agua suficiente para unos pocos días. También un grupo de médicos extranjeros los visitó por un día, y varios estudiantes universitarios han estado acudiendo a ayudar a limpiar y atender a los niños de la comunidad en los fines de semana. De las autoridades gubernamentales, sea municipal, estatal o federal, apenas han tenido señales. 

La Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) envió un inspector al lugar, pero “no han hecho más nada”. 

La agencia les dice que “hay que reconstruir en cemento y que, si acaso, tomen préstamos”, algo que para gente tan pobre como Marrero es prácticamente imposible.

“Aquí no hay luz, no recogen la basura. Solo hay agua, y a veces. Aquí solo ha venido la Cruz Roja y el representante Nelson del Valle a traer comida y agua”, lamenta Marrero. “Aquí nadie hace nada, la directiva (de la comunidad) no dice nada. Vivimos en un basurero. Nadie nos atiende. Yo estoy en depresión”.

Marrero explicó que, a pesar de lo remoto y pobre del lugar, ellos pagan a la Autoridad de Tierras mensualmente por el derecho a estar allí, en la forma de un alquiler con opción a compra. El pago mensual, por cierto, aunque relativamente bajo, lo han tenido que seguir haciendo durante esta tragedia. 

“Ni pararon los pagos. Y aquí hay gente sin trabajo. Han perdido sus trabajos y las cosas están bien malas. Necesitamos que acaben y nos digan qué va a pasar, si nos van a ayudar o qué, o si tenemos que valernos solo por nosotros”, reclama la mujer.

Al lado de la frágil covacha de Marrero se asoma Viviana Cintrón. Viene con una de sus hijas, que acaba de llevar al pediatra porque no está bien de salud. Camina hacia el montón de escombros de lo que fue su casa. Allí hay un mueble desbaratado junto a un trozo de un juguete color rosa y una bolsita de té, entre pedazos de madera con amenazantes puntillas oxidadas. Solo un refrigerador sobrevive, cual estoico testigo del horror, aunque por supuesto inservible. 

“No quiero ni mirar mi casa. Salgo de aquí llorando”, exclama Cintrón con voz entrecortada.

La niñita se acerca también al destrozo. No dice nada. En su ingenuidad, parecería pensar que el castillo del que es princesa, aunque se derrumbó, volverá a levantarse cuando llegue algún príncipe azul. Su madre, en cambio, sabe que el único príncipe azul ha llegado en la forma de un toldo que en su caso ni siquiera puede colocar porque no le queda pared alguna. La escena entristece hasta al más alegre. 

A lo largo de la ladera, en medio de otra ruina, Iván Polanco está “levantando un cuartico” con bloques. Le urge terminar porque necesita un espacio donde pasar los días luego de la operación de espalda que tiene prevista para principios de diciembre. Por ahora, se está alojando en la casita reconstruida de sus vecinos un poco más abajo en la loma. 

En la casa de los vecinos, levantada al revés de como era antes del huracán, Yaritza Rivera vive con su esposo y dos hijas, y además alojando a Polanco “que lo perdió todo”. 

“Estamos haciendo lo que podemos. Todo lo tuvimos que levantar otra vez, paredes, techo, todo. Todo es recuperado de lo que se dañó”, explica Rivera cuya cocina está ahora en un balcón sin paredes. 

En medio de tantas necesidades, Rivera coincide con Marrero en que lo que más necesitan es agua para beber, repelente y mosquiteros para protegerse de los mosquitos, y materiales de construcción “para que cada familia pueda tener por lo menos un cuarto seguro”. 

Colina abajo, detrás de otra pila de escombros, Hiram Ortiz también levanta como puede otra choza con materiales recuperados. 

“Lo perdí todo. Estoy construyendo desde cero un ranchito para estar con la doña. Poco a poco a ver si nos levantamos. Si nos dan alguna ayuda, pues bienvenida”, dice Ortiz con algo de optimismo. 

Frente a su ranchito, Ortiz muestra un pinito plástico con algunos adornos. “Gracias a Dios estamos vivos. Aquí tenemos un arbolito de Navidad, a ver si nos alegra un poco. Lo encontró la doña entre los escombros. Lo rescató y lo lavó. Así que hay Navidad, triste, pero hay Navidad”, afirma con una sonrisa. 

Pese a todo, los vecinos mantienen una orgullosa disposición para salir adelante ayudándose mutuamente, como resistiéndose a que en la comunidad que se llama justamente Villa Esperanza se acabe la ilusión de que la gente humilde de Puerto Rico pueda vivir con lo mínimo esencial que se espera tenga cualquier ser humano.

Regresa a la portada

Tags

Toa Alta