miércoles, 16 de junio de 2010

Siempre me ha llamado la atención el despliegue post-bosteo que la policía hace para los medios. Evidentemente, se trata de un suceso publicitario dirigido a alardear del botín incautado. Sin embargo, me resulta curioso cómo sacan el tiempo para acomodar cada bolsita, cada billete, cada bala en perfecto alineamiento.
Alguien, a veces más de uno, toma el cuidado de reunir todos los objetos de una misma clase. Luego, como coleccionista, cuida cada detalle al agrupar los billetes por denominaciones, a la misma distancia unos de los otros; y cada componente de la parafernalia criminal, fastidiosamente colocada en la mesa como si fueran los cubiertos, platos, vasos y tazas de una cena presidencial.

Este el trofeo de la caza, así que se presenta con orgullo y caché. Los policías, que sospecho fantasean con agarrar cuanto puedan y salir corriendo, se pasean por la mesa repasando los logros del bosteo, ansiosos en anticipación a la llegada de los camarógrafos. Luego llegan los cocorocos de la Uniformada para dar cara y tomar el crédito durante el gran acontecimiento mediático.
Me pregunto si en el cuartel los oficiales se pelean por el turno para jugar a las muñecas, que diga, acomodar los bienes tomados. Debe ser divertidísimo, sobre todo en comparación con las aburridas tareas clericales de preparar el informe o procesar a los arrestados.

Pero no todos pueden trabajar en este montaje escultórico. Habrán unos Monks de la vida, que quisquillosamente arman este mosaico bajomundista mejor que otros. Esos son los especialistas, los que hacen lucir bien a los jefes con su arte. Como cualquier obra artística, será retratada para la posteridad, aún cuando el autor permanezca perdido en el anonimato del cuartel general.
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