Ojo por ojo

Ojo por ojo

viernes, 10 de febrero de 2012

La culpa de todo la tienen los ojos. Si nuestra realidad no estuviera tan fundamentada en lo visual, seríamos más felices y viviríamos en una sociedad más progresada.


Vivimos para gratificar la vista. Como si fuera un dios interior, le ofrecemos sólo lo mejor. Si es feo o desagradable, miramos para otro lado. Sólo lo que es atractivo, placentero o profundamente emotivo pasa el sedazo de la vista. 

A veces, tomamos un periódico o una revista en las manos y ojeamos sus páginas en busca de imágenes que estimulen la vista con formas y color. En el peor de los casos, nos adentramos en alguna lectura, claro, con el permiso de los ojos porque no basta con la necesidad intelectual de conocer. Si la letra es apretada, muy pequeña o ilegible, nos alejamos del texto inmediatamente. Lo mismo ocurre con la televisión y el cine, cuyo éxito depende del ojo público.

En la coreografía social de nuestras vidas, los ojos desempeñan un papel protagónico. Son ellos los que analizan el panorama que nos rodea dándonos las herramientas para pasar juicio sobre la gente: quién luce bien, quiénes son bonitos, quién viste mal y quiénes no merecen atención, entre muchas consideraciones.

Incontables veces, esa persona especial llega a nuestras vidas gracias a que su aspecto físico le resultó atractivo a nuestros ojos. En el proceso de concerla o conocerlo, nuestros ojos repasaron su figura y contorno una y otra vez permitiendo que nuestro cerebro realizara la comparación que certifica que es la persona con quien queremos estar.

Ya lo dice el refrán "comer por los ojos" --los ojos son los celestinos de la gula. Podemos estar llenos, a punto de reventar, pero si nos acercan ese plato desbordante de colores y formas que delatan su apetitoso sabor, somos capaces de tragarlo sin reparo alguno.

El problema es que a través de la vista es que tomamos las decisiones más importantes de nuestras vidas. No les basta con guiarnos hacia nuestras parejas, los ojos infaliblemente emiten el voto decisivo en torno al traje de bodas, el bizcocho de aniversario, la sortija de graduación, la casa de nuestros sueños y hasta los países que deseamos visitar.

No existe otro sentido que tenga más poder sobre nuestras acciones que la vista. Y nuestro estilo de vida desplaza a un segundo plano los estímulos auditivos, olfativos, táctiles y gustativos sencillamente porque son complementarios de la experiencia visual. 

Reconozcamos también que la mayoría de los oficios y las profesiones no se pueden ejercer sin el sentido de la vista: la limpieza, la mecánica, la investigación científica, la cirujía, la plomería, la vigilancia y la seguridad, la arquitectura y los oficios de la construcción, la aviación y la navegación, el diseño en general, la belleza y la estética, la agricultura, la jardinería y la elaboración de alimentos, por mencionar algunos. 

Pero no hay que ir tan lejos, más cotidianamente necesitamos la vista para usar el dichoso smartphone y para disfrutar de la máxima interacción entre el ser humano y su tecnología: navegar la Internet. 

Asombrosamente, hemos delegado en la vista la percepción de la realidad y el conocimiento de lo que permanece oculto porque ver es creer. Para colmo, sigue siendo el más confiable de los sentidos a pesar de que la tecnología moderna ha creado los medios para fabricar realidades falsas con la ayuda de la computadora.

Por eso pienso que si el ser humano fuera un organismo ciego, tendríamos la oportunidad de vivir mejor, en sintonía con todo un universo de estímulos que nos hemos entrenado a ignorar. Imagine cómo serían nuestras vidas si fuéramos capaces de encontrar nuestro camino por medio de sonidos y aromas. 

Imagine que el reconocimiento incial entre las personas fuera estrictamente táctil o que, como los perros y los gatos, les pegáramos las narices a todos o lamiéramos las cosas para identificarlas. Aunque parece gracioso, lo que esto implica es que no discriminaríamos a partir de lo lindo o lo feo, sino que podríamos llegar más cerca de esa persona o ese objeto para saber con mayor certeza cómo es.

Ni hablar del ahorro en dinero y esfuerzo que lograríamos evitando caer en la trampa de la moda. Adiós al vestuario, el maquillaje, los accesorios y el peinado. El smartphone perdería su relevancia en nuestras vidas y tampoco importaría el diseño de los autos, las casas, los muebles y las joyas, en fin, todo aquello que hoy nos sirve para validar lo que somos y distinguirnos de los demás.

La culpa de todo la tienen los ojos. No miremos más allá. 

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