Los empleados públicos no quieren hablar sobre el ambiente que hay en las oficinas ante el inminente despido de miles de personas. (Primera Hora / Teresa Canino Rivera)
viernes, 29 de mayo de 2009
Leysa Caro González / Primera Hora
Una agonía jamás antes vista. Una desesperanza que pensaron, jamás atravesarían, y mucho menos después de una campaña política en la que se les prometió un futuro mejor, lleno de prosperidad y tranquilidad.
Ése es el panorama que plantearon ayer empleados públicos al enfrentarse a la primera ola de despidos que comienza hoy como parte del plan de reorganización del Gobierno.
“Estamos atemorizados y nadie se atreve a destapar la bomba de tiempo que hay. Hay temor de que se tomen represalias en contra de nosotros”, indicó Willmarilia Vargas, empleada del Departamento de la Vivienda, región de Arecibo.
Ella aceptó dar su nombre porque cree que es momento de que el pueblo se levante y exprese su molestia ante los despidos.
“El sentir es de temor, inestabilidad, de ansiedad, de mucha preocupación. Te puedo decir que hay un desequilibrio total”, sostuvo.
Relató que en su oficina son muchos los que están en la misma situación: padres de familia, con hijos especiales y madres solteras. Todo viviendo en agonía.
“Es bien difícil estar en los zapatos de nosotros, es bien difícil”, dijo la mujer con la voz entrecortada.
Vargas llegó a Vivienda hace seis años. Es empleada permanente, pero eso no evita que sienta temor. Ya atravesó lo que es tratar de subsistir con un solo sueldo en el hogar y no quiere volver a atravesar ese tortuoso camino.
Su esposo estuvo año y medio sin trabajo tras ser cesanteado de una farmacéutica que cerró operaciones. Durante ese tiempo se agotaron los ahorros y hubo necesidades.
“Todos estamos viviendo el día a día con temor. Preguntándose, ‘me tocará o no me tocará’. Es horrible”, apuntó mientras hacía lo posible por no llorar.
Un manto de misterio rodeaba ayer el Centro Gubernamental Minillas, en Santurce.
Allí todo el mundo sabe lo que va a suceder hoy: el despido de sobre 10,000 empleados públicos temporeros, transitorios y nombrados después de julio de 2008. Pero nadie habla de eso.
Está prohibido hacerlo. Algunos prefieren reservarse su sentir por temor a represalias y otros simplemente porque albergan la esperanza de que algo detendrá el envío de las cartas de cesantías.
Hay unos más atrevidos, pero ni tanto. Expresan su terror a quedar sin el único empleo con el que llevan el sustento al hogar, pero sin revelar su identidad.
“Esto es administración por miedo, administración por crisis. Infunda temor y, pues, nadie habla y nadie se defiende. Nadie se atreve a hablar con nadie, ni siquiera entre los mismos empleados”, relató una empleada de Edificios Públicos por 30 años.
Está a tres meses de retirarse con el 75% de los derechos. Espera con ansias ese momento para librarse de ese miedo con el que ella y sus compañeros están trabajando día a día.
Ese ambiente de turbación es el que reina en la mayoría de los departamentos de las agencias y corporaciones ubicadas en Minillas. “No podemos seguir trabajando bajo esta presión. El ambiente está triste, cargado y con mucha presión”, señaló la trabajadora mientras se tomaba un pocillo de café.
A la hora del mediodía, el ambiente en el área de cafeterías era de murmullos. Evidentemente, las personas hablaban de la avalancha de despidos que se avecina, pero tan pronto había un acercamiento, reinaba el silencio.
¿Nos podrían decir cómo está el ambiente de trabajo?
Inmediatamente, todos los que estaban a la mesa se miraban como buscando en los ojos del otro quién era el valiente. Segundos después, con el movimiento de lado a lado de la cabeza nos hacían saber que no habría respuesta.
A las 2:30 de la tarde era la hora del coffee break. Nos quedamos con la esperanza de que tendríamos suerte, pero nacarile. El panorama fue el mismo. “¿Que si te puedo dar mi nombre? ¿Para qué? ¿Para que me incluyan en la lista de despidos que ya están haciendo?”, señaló una empleada del Departamento de Transportación y Obras Públicas.
Aun así pensábamos que tendríamos suerte a la hora de la salida. Saldrán en masa, pensamos, y alguien nos contestará. En efecto, salieron en masa, pero prácticamente lo hicieron corriendo, como si quien tenían en frente fuera a su enemigo.
Algunos preferían ignorar nuestra presencia y seguir su camino hacia el carro. No sé si estaban deseosos por llegar a su casa o por hacer la espera para el día de hoy una menos desesperante.
El desasosiego en sus rostros era evidente. Casi todos miraban al suelo tratando de esquivar cualquier contacto visual. Si te miraban a los ojos era simplemente para hacerte saber, antes de que les preguntaras cualquier cosa, que no dirían nada.
La desconfianza no era selectiva. Estaba latente hasta en empleados de corporaciones exentas del plan de cesantías, como es el caso de un trabajador permanente de la Autoridad de Edificios Públicos por los pasados 23 años.
Aunque hasta ahora está seguro, dice que en su agencia ya han comenzado a llegar las amenazas. Tan reciente como el miércoles recibieron un e-mail que contenía una propuesta de reducción de salario por parte de la administración.
La misma fue rechazada por los líderes sindicales, pues propone una reducción al salario que los empleados recibían en el 2004. “Quieren que yo renuncie a mi salario actual y que me reduzca mi ingreso a $1,200. ¿Quién vive con $1,200 en Puerto Rico?”, cuestionó el hombre, indignado.





