lunes, 14 de diciembre de 2009
Arys L. Rodríguez Andino / Primera Hora
Nivia Vázquez conoce lo que es arrastrarse de dolor y no encontrar consuelo. Cuando murió su hijo en un accidente automovilístico, tenía mucha pena y poca comprensión.
“La gente trata de ayudarte, pero no te dice lo que te pueda ayudar”, declaró la mujer, quien todavía siente el fallecimiento de su hijo como si fuera ayer aun cuando ocurrió hace 16 años.
Cuando se sintió un poco más fortalecida en su luto, pasó un fin de semana en Filadelfia para participar de los talleres de The Compassionate Friends, un grupo de apoyo para los padres y madres de hijos e hijas fallecidos. “Ahí me di cuenta de que, no importa tu raza, tu color o tu religión, el dolor de perder un hijo es devastador”, contó sobre la experiencia que le sembró el deseo de que otros tuvieran disponible el sostén que tuvo ella.
Al regresar de los talleres en los que participaron más de mil padres de hijos fallecidos, empezó a gestar la idea de crear en Puerto Rico un capítulo de la organización sin fines de lucro. En el 2000, con cinco papás en duelo, se creó el grupo.
A las reuniones llegan madres y padres de hijos fallecidos de cualquier edad y por cualquier causa. La religión que profesen no importa. Si no practican ninguna, tampoco.
“Les enseñamos a amar a sus hijos espiritualmente, que dejen de pasar la película de la tragedia, que se queden con el amor y el recuerdo de sus hijos”, explicó Vázquez, quien mencionó que en las reuniones participan más madres que padres.
Quienes llegan a Los Amigos Compasivos generalmente están destruidos, “con el dolor evidente”. “Llegan buscando una fórmula mágica que no existe. Es importante que la persona se desahogue. Les decimos que no se lleven más del dolor que trajeron, que eviten identificarse con la tragedia del otro papá. La pena es individual”, observó.
Aun cuando cada participante tiene la oportunidad de hablar, no es obligado hacerlo.
“No somos un grupo terapéutico donde le decimos cómo tienen que hacer las cosas. Van a encontrar un norte, pero a base de experiencias”, aclaró.
A Edleen Rodríguez le dijeron que tenía que estar fuerte, que debía aguantarse para que su mamá viera que estaba bien. Y lo hizo.
Hoy, tres años después de la muerte de su hermano José, todavía se le hace difícil llorar delante de su madre.
“Si ella me hablaba de él, yo le cambiaba el tema y me molestaba si me lo mencionaba porque entonces no podía estar fuerte para ella”, admitió la joven, quien tenía 18 años cuando murió su hermano de 21.
Para complacer a su mamá, fue a una reunión de Los Amigos Compasivos, pero no quiso volver.
“No me gusta estar en la misma reunión donde están los padres y escucharlos y tú al lado con un taco en la garganta y, cuando te toca a ti, ya no puedes hablar”, relató sobre su experiencia.
Por entender que su dolor es distinto al de su madre y porque precisamente ella la convenció, decidió empezar un grupo dirigido exclusivamente a quienes hayan perdido hermanos y hermanas.
“Es que sanamos de manera diferente. Esa cuestión de revivir (el suceso) todavía no me gusta, pero entiendo que hablando de mi situación puedo ayudar a otras personas”, expuso la estudiante de psicología.






