miércoles, 1 de febrero de 2012
A través de una vieja película tuve la oportunidad de ver el coleccionismo desde una nueva perspectiva. Una que no estaba basada en el aspecto material de los objetos, sino en algo mucho más difícil de capturar --los sentimientos.
Usualmente, cuando se coleccionan monedas, figuritas, botellas, arte o muñecas, la dinámica del pasatiempo se reduce a juntar objetos. Son piezas que se encuentran diseminadas por el mundo y nuestro inquebrantable reto es reunirlas todas en un mismo lugar: nuestras manos. Claro, siempre hay un motivo, una razón o una historia que justfique la obsesiva búsqueda, pero todo gira en torno a poseer el objeto.
Sin embargo, la colección de la que les hablo era algo que no había visto antes en cuatro décadas de coleccionismo. El personaje de la película, un hombre solitario de mediana edad, poseía un puñado de vellones y pesetas comunes y corrientes que él llamaba su colección de monedas.
Para hacerles el cuento corto, el fulano guardaba celosamente el cambio que recibió cuando era niño en un pasadía con su desaparecido padre, o la peseta que le regaló otra persona especial para comprarse dulces y que nunca utilizó. El caso es que eran valiosas sólo para él, puesto que lo mantenían vinculado a los momentos más especiales de su vida.
Y es que el apego por lo material no es tan dañino como muchos creen. Las personas tenemos una conexión real con los objetos que de una forma u otra han formado parte de nuestra realidad. A veces se trata de reliquias pasadas de generación en generación, cosas que han estado con nosotros por mucho tiempo o artículos que nos unen a personas muy queridas.
Son aquellos objetos que nunca se nos ocurriría botar o regalar porque poseen una energía misteriosa pero perceptible que ayuda a darle forma a nuestra identidad. Yo los llamo "objetos de poder", pero no porque posean fuerzas mágicas que sirvan para cambiar la realidad, sino porque la mera posesión de ellos nos inspira confianza, seguridad y protección.
Curiosamente, esta simbiosis entre los objetos y el espíritu --que es tan antigua como el ser humano-- parece debilitarse con la modernidad. Nuestra experiencia es cada día más virtual, cada día menos concreta. Prácticamente todo lo que consumimos en el diario quehacer de nuestras vidas es reciclable o desechable. Vivimos en una sociedad móvil de principios portátiles, amigos digitales y pensamientos de 140 caracteres o menos.
El amuleto predilecto ya no es la cajita de música de abuela ni la medallita que nos obsequiaron al nacer porque ya no nos nutre la riqueza del pasado compartido y luchado. Ahora nos nutre la gratificación inmediata del presente 4G que apenas alcanzamos a pellizcar con los dedos que acarician la pantalla touch.
Dudo mucho que, en unos años, la nostalgia nos impida botar el viejo iPad por respeto a las lindas experiencias que vivimos juntos. Al contrario, el iPad nunca se pondrá viejo porque su destino es que el mercado lo sustituya por otra versión nueva y mejorada mucho antes de que expire su corta garantía.
Así es como vivimos en el siglo XXI, sin tiempo para valorar lo que somos porque no existe un app que nos conecte a lo que fuimos.
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