miércoles, 8 de febrero de 2012
El otro día me enteré de una noticia liberadora. Escuché que la meta biológica de los animales es vivir hasta producir una descendencia saludable. Si eso es así, significa que muchos de nosotros ya terminamos... ¿Cómo es que nadie nos dijo eso antes?
En el reino animal, aunque hay reptiles y aves que viven más que los seres humanos, ¡la edad promedio es de 30 años! Entre los mamíferos, sólo el elefante vive tanto como nosotros --unos 70 años, el resto se ciñe a las realidades de la naturaleza y muere sensatamente corto tiempo después de parir dos o tres veces.
A nosotros, en cambio, nos enseñan a valernos por nosotros mismos. Nos motivan a educarnos y emplearnos para sostenernos a lo largo de los años y podernos retirar en algún punto cercano a los 60. Luego, se espera que luchemos, como salmones en contra de una corriente, por mantenernos vivos medicándonos o reparando poco a poco todo lo que se nos va dañando en el cuerpo.
Es una contienda reñida y fatigosa, probablemente la batalla más cruda de nuestras vidas, pero aceptamos el reto de envejecer con o sin la gracia que presentan en las películas y los comerciales. Pero, si es cierto que el cuerpo está diseñado para procrear hijos y no para llegar a los 100 años, entonces no hay por qué exponerse a las dolamas de la vejez ni a la pobreza o el aburrimiento que incapacitan a todo el que dejó atrás su juventud.
Pensemos en el impacto emocional que tiene en muchos de nosotros la certeza de que ya no somos jóvenes. Enfrentarnos a las realidades de la vejez implica aceptar que pronto dejaremos de ser útiles y que el empleo del que tanto dependemos llegará a su fin. Implica reconocer que nuestro estado físico experimentará un deterioro gradual pero ineludible que incrementará con cada día que pase.
Así, amenazados por la falta de solvencia y de salud, viviremos ansiosos en la casa y aturdidos en la calle porque somos viejos y a nadie le importa si nos cuesta subir a la acera o abrir la puerta de la tienda. Todo se torna difícil y doloroso en esta etapa: caminar, comer, ver por dónde vamos, ir a la cita médica, escuchar lo que nos dicen, entender las instrucciones que nos dan y levantarnos de la cama todas las mañanas.
¡Pero no tiene que ser así! Ese era nuestro futuro cuando pensábamos que había que seguir pa' alante a toda costa --cuando creíamos que la existencia del ser humano aspiraba a la longevidad. Pero la expectativa de vivir cuanto podamos a pesar de no tener los medios para seguir compitiendo es una fantasía, un timo, una trampa que nos tienden desde muy temprano.
Invariablemente, terminamos endeudados y frustrados, unos más conformes o felices que otros, pero extenuados, con las lenguas por fuera de tanta resistencia. ¿Por qué? ¿Por qué hay que llegar a eso si podemos terminar antes de que nos abandonen la salud, los recursos y la juventud?
Si me preguntan a mí, pediría que fueramos más claros con las generaciones venideras. Expliquémosles que lo importante en la vida es haber sido hombres y mujeres de provecho y que nuestra única responsabilidad es encaminar a nuestros hijos por el sendero del bien --no es prolongar los años retando al siglo empeñados en seguir viviendo en oposición a las señales que el cuerpo nos da.
Y si usted es de los que piensa que la vida es un regalo de Dios que hay que disfrutar hasta el último aliento, recuerde que Dios no se pone viejo, no sufre de artritis ni incontinencia, no olvida quiénes son sus nietos ni se le sale la caja de dientes cuando come. Así cualquiera vive para siempre.
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