martes, 31 de enero de 2012
Leysa Caro González / Primera Hora
En menos de un año, 11 niños se han convertido en víctimas inocentes de individuos inescrupulosos que atentaron contra sus vidas sin piedad.
Algunos sicarios lograron su cometido, ocasionándole la muerte a siete menores que apenas comenzaban a soñar. En los cuatro que lograron sobrevivir, posiblemente, quedaron huellas que troncharán su futuro.
En su mayoría, se trataron de sucesos acontecidos a plena luz del día, ante la mirada atónita de otros, en lugares altamente concurridos y en donde la presencia de menores no sació el deseo de venganza de los sicarios. Los menores fueron asesinados por quienes los debían proteger.
Entre los criminales ya no hay códigos a la hora de vengar la muerte de un ser querido, la traición de otro o de simplemente demostrar quién es el que manda. Ahora, van tras su objetivo sin importar dónde esté o con quién.
Miguel Pereira, ex superintendente de la Policía, es de los que piensan que esos códigos nunca han existido realmente. Pero, la realidad es que antes no era tan común ver este tipo de violencia contra niños.
Este incremento tiene su explicación y para Pereira se resume en que los nuevos integrantes del bajo mundo son jóvenes que no tienen como meta lograr un sitial en la organización, acumular grandes riquezas ni mucho menos pagar por los delitos cometidos.
“La participación en una empresa criminal antes dependía de tu edad, porque requería experiencia y conocimientos. Te enseñaban a robar, a cometer asaltos, a traficar... pero ahora gente más y más joven puede integrarse y lo que sucede es que no tienen ese tipo de experiencia para permitir que se estructuren los valores de una organización”, detalló.
“La conducta es más impulsiva, totalmente irresponsable y menos consciente de las consecuencias aun para ellos mismos. Ellos dicen: ‘Pues, mira, estoy aquí, quiero lo mío ahora y pronto me matarán, así que voy a actuar de esta forma’”, abundó Pereira.
Buscan demostrar quién es el más fuerte, quién es el que más tiene y, en cierta forma, lo logran a costa de la vida de quien sea. A esto se suma la falta de valores y el grave problema de salud mental que socialmente estamos atravesando.
“Esto es parte del disloque social que existe en Puerto Rico. No es un patrón que existe en contra de ningún niño en particular. Esto es cuestión de la falta de valores”, señaló, por su parte, el superintendente de la Policía, Emilio Díaz Colón.
Tanto Pereira como el sociólogo y catedrático de la Universidad de Puerto Rico (UPR) José Luis Méndez fueron enfáticos al sostener que este tipo de sucesos se van a continuar suscitando en nuestras calles.
“Lo vamos a seguir viendo porque la sociedad ha tenido un deterioro enorme y porque la industria del crimen se ha posicionado como uno de los pilares de nuestra economía”, indicó Méndez.
¿Por qué los niños? Porque son los más indefensos y porque, en ocasiones, son el blanco ideal para castigar al familiar con el que se tiene problemas, abundó. “A veces es el propio familiar el que se vuelve en contra del niño como resultado de la falta de control de su persona y emociones y, como consecuencia de todo eso, estamos viendo unos comportamientos que cada día espantan más”, lamentó Méndez.
Para Pereira, la clave podría estar en comenzar a atacar la demanda existente de sustancias controladas en el bajo mundo y no al suplidor, como se ha estado haciendo tradicionalmente.
“Los suplidores nuevos aparecen más rápido de lo que podemos eliminarlos y eso es lo que pasa... todos los puntos de drogas eliminados en los pasados 12 meses ya están funcionando”, insistió.
Haya sido víctima o simplemente testigo presencial, este tipo de incidentes dejan marcas en los menores, explicó el psicólogo Alfonso Martínez.
Pero, es la persona que resulta afectada la que más trastornos emocionales podría presentar eventualmente.
El más común en una persona que ha atravesado un evento violento es el de estrés postraumático. La sintomatología es extensa, pero involucra pesadillas, pesimismo, flashbacks y paranoia. También puede enfrentar depresiones, ataques de pánico y dificultad en la escuela.
El psicólogo aclaró que el hecho de que el niño sea menor de dos o tres años no lo exime de enfrentar un cuadro clínico preocupante. “Muchos no entienden lo que ha sucedido cognoscitivamente, pero sí desarrollan estrés postraumático”, indicó.
Aunque no lo expresen verbalmente, el trastorno puede verse reflejado en dibujos y hasta en la manera en que juegan. “Es la manera de ellos de canalizar que algo malo pasó y, sí, son poblaciones de alto riesgo”, expresó Martínez.
También podrían convertirse en los futuros protagonistas de incidentes tan violentos como del que fueron víctima.






