El drama de una madre y su hija separadas por barrotes

Por Libni Sanjurjo / lsanjurjo@primerahora.com 06/14/2014 | 00:00 a.m.
María Santiago, izquierda, abraza a su nieta Beliangelis González. (francisco.rodriguez@gfrmedia.com)  
La inauguración de un parque infantil en la cárcel de mujeres enfoca la mirada hacia las madres en prisión, al tiempo que revela el discrimen hacia los padres, donde no hay un área similar.

Vega Alta. María Santiago sintió que tenía que complacer a su hija, aunque nunca más saliera de la cárcel o, incluso,  pusiera su vida en riesgo.

Bell Ortiz tenía unos cinco años cuando inocentemente le pidió a su madre –quien la concibió  cuando tenía 19–  que la llevara a un evento de la lucha libre. “Fue lo peor que pude hacer... Ella se escapó...”, recuerda.

La confinada se encontraba en una prisión de máxima dos cuando decidió  fugarse durante el tiempo de recreación, impulsada por la necesidad que sentía de conceder la petición de su primogénita como si con eso recompensara su ausencia. María recuerda que luego de escuchar a su pequeña, se dirigió a su celda donde “eso como que me traumatizó”.

“Ella nunca me había pedido algo así… Yo sentí que tenía que responder, que yo tenía que hacer algo, aunque fuera lo último que yo hiciera, aunque me pudriera después aquí”, se justificó.

Se las ingenió para conceder el deseo independientemente del desenlace de aquella locura: la mujer brincó la verja y, al otro día, llevó a Bell al evento... y hasta allí llegaron las autoridades. María regresó a prisión. 

La arriesgada escena revelaba  la frustración que sentía María  al no poder ejercer su rol maternal –sustituido por su madre Vicenta Ortega–  ya que el padre de la niña no estuvo presente en su crianza.

 
Abuela confinada


El encierro de una madre o un padre trae a la atención preguntas cruciales sobre los vástagos de estas personas: ¿Quién los cuida? ¿Cuál será su futuro? ¿Quién tomará las decisiones relacionadas a su desarrollo integral? ¿Serán las más correctas? ¿Qué ocurrirá con la relación maternal o paternal? 

En la Escuela Industrial de Mujeres, en Vega Alta, donde hay 389 confinadas, un   promedio de 25 a 30 mujeres reciben visitas de una hora de sus hijos, hijas, nietos o nietas, los  sábados (custodias máximas y sumariadas) o domingos (medianas y mínima)  durante una hora. María es una de ellas. 

ABRAZOS DE SÁBADOS

La mujer que se describía antes de los 49 años –su edad actual– como agresiva, malcriada y peleona, tiene un historial de tres reclusiones, marcado desde los   22 años de edad cuando la sentenciaron a seis meses por mutilación al rostro de  una persona.   Al salir,  la mujer tuvo una segunda oportunidad de reorientar su porvenir, sin embargo, recayó nuevamente en la prisión  por la venta de un arma a un oficial encubierto: la sentenciaron a seis años. Bell tenía alrededor de cinco. Desde entonces inició  un periodo de visitas sabatinas que la mujer no paraba de acentuar  con besos y abrazos que parecían interminables.

La sala de visitas en la institución  penal  carecía de espacios y objetos que atenuaran el deprimente escenario que caracterza  una prisión, distinto ahora cuando,  a partir de la presente administración, existen un área de juegos y un parque recreativo infantil (inaugurado en abril pasado) para que las progenitoras disfruten con sus vástagos.  “No pude jugar con muñecas  con mi niña, no pude verla cuando se pelaba en la bicicleta y curarle las peladas, llevarla a la escuela, irla a buscar, pero ahora con el programa que han hecho puedo jugar con mis nietos, tenemos un parque allá atrás que eso es divertidísimo y hermoso, ellos se divierten mucho y yo con ellos”, destaca.

María recuerda que Bell  “estaba chiquitita y lo que hacía era preguntar, preguntaba mucho: 'Mami Lola, ¿por qué tú estás aquí?'  'Mami Lola, ¿qué tú haces?' 'Y mami Lola, ¿cuándo vas pa' casa' '¿Estás trabajando?' A veces hacía preguntas que uno tenía que evadirle porque estaba pequeñita...  pero   según ella iba creciendo, pues yo le contestaba un poquito más”.

¿Qué era lo mas difícil de esos sábados?

“Cuando se iba, cuando se iba yo me quedaba destrozada, porque esperar  una semana más, se me hacía bien larga, bien larga, y trancá en cuatro paredes. Era como que nunca ese sábado iba a llegar. Cuando ya llegaba el viernes, yo no podía ni dormir esperando que amaneciera para que me llamaran para visita...  cuando uno esta aquí alejan a uno de todo porque esto aquí es el cementerio de los vivos.


Bell Ortiz, hija de María Santiago, presa en la Escuela Industrial de Mujeres. 

Según la penóloga y socióloga Lina Torres, la iniciativa institucional –coordinada adecuadamente– contribuiría al proceso de reintegración social al promover “los vínculos de las confinadas con sus seres queridos”. También destacó que para los menores de edad  es “importante mantener ese vínculo con la madre desde el punto de vista emocional, personal, familiar y social”.

¿Y LOS PADRES?

Sin embargo, las  instituciones de hombres del país carecen actualmente de estos espacios que estimulan la alegría infantil. 

La  doctora explicó a Primera Hora que  el dato coloca sobre la mesa los conceptos de desigualdad social, posturas sexistas, clasistas y discriminatorias dentro del sistema correccional. “Se excluye a los hombres de procesos que pudieran ayudarles a desarrollar destrezas como padres al adjudicar ese rol solo a las mujeres. Así que hay que trabajar en ambas direcciones: en lo concerniente a la maternidad y a la paternidad y pensar en la diversidad de familias que existen en la actualidad”, opinó.      

Primera Hora preguntó al   Departamento de Corrección y Rehabilitación (DCR) por qué no hay una iniciativa similar en las instituciones de varones, y la agencia respondió a través de su portavoz de prensa César Fiallo, que una iniciativa similar “está en planes próximos. Se están haciendo las evaluaciones correspondientes”, pero no especificaron fechas ni etapa en la que se encuentra la propuesta. Añadió, no obstante, que “en algunas instituciones de varones se dan talleres de interacción de padres con hijos”, junto a profesionales.

                                                                        María Santiago abraza a su nietoDaniel González.

BELLEZA EN LO COTIDIANO 

Son esos momentos que surgen de las  relaciones interfamiliares los que María lamenta no haber podido vivir por ser una madre tras las rejas, lo que también le causó incertidumbre sobre cómo tratarla. María recuerda que le  pedía consejos a las reclusas sobre cómo comportarse en las visitas. “ Yo le preguntaba a mis amigas: 'Viene la nena, ¿qué hago qué le digo?'”.

“No la sueltes de tus brazos'”, le aconsejaban.      

Los cumpleaños eran fechas especiales e intentaba remediar su ausencia durante las visitas con algún bizcochito que compraba en la institución, junto a un regalo confeccionado por ella misma u otra confinada como un payaso hecho con gancho de ropa e hilo de lana. 

Iba valorando con cada día que pasaba lo valioso de las rutinas cotidianas como   llevar a los chicos o las chicas a la escuela.  “Cuando ella se graduaba de la escuela ella traía las medallas para que yo las viera. Me enviaba sus notas por correo y venía  y me decía: '¡Mami Lola,  me gradué...!' Sigue así mamita...(le respondía)'”, añade. Pero cada logro  la hacía pensar en todo lo que estaba perdiendo.

Al verla crecer desde la prisión, te ibas dando cuenta de que te perdías momentos importantes...  

“A veces hasta me maldecía yo misma... decía: 'Lo que me estoy perdiendo'.

Por su parte, Bell recuerda que “quería tener a mi mamá como todos los demás”.  

“UN ASESINATO QUE NO COMETÍ”


El calendario continuó su inminente  ritmo hasta que el reloj marcó el sexto año.  María volvió a la libre comunidad. La mujer pudo estrechar lazos  con Bell, conseguir un trabajo como selladora de techos y una casa, sin embargo, un cargo por asesinato en segundo grado –del que asegura ser inocente, contrario a las dos ocasiones anteriores–  volvió a privarla de la libertad.   Bell ya era adolescente y recién había dado a luz a Elianit García –luego a Daniel González y Beliangelis González.  “Yo quería morirme, yo caí en una depresión. Yo no lo podía creer, que me estuvieran acusando de un asesinato”, cuenta.

Al igual que con Bell, María tendría que ver a sus nietos crecer desde la prisión, algo que su hija lamentaría porque “yo estaba acostumbrada, era algo normal, “pero yo no quería criar a mi nena, y ahora a mis nenes, metidos aquí en visitas, porque se ven cosas...”.    

María, ¿qué te mantenía con ganas de seguir viviendo?

“La libertad. Salir de aquí para estar con mi familia, con mis nietos... Soñaba todos los días, todos los días, con mi libertad, con mi libertad. A  veces se me hacía tan difícil, tan lejos, lo sentía tan lejos, lo veía tan lejos, no llega, no llega; pasaban los años, no llega, no llega mi salida”. 

UNA FECHA EN EL CALENDARIO

La sentencia era de 30 años pero María comenzó a mejorar su comportamiento logrando no solo convertirse en artesana, sino reducir los años de encierro al tiempo que modificaba  su conducta a la de una “mujer feliz”, “luchadora”, que coge las “cosas con calma” y  no se altera.

Ahora cuenta los días en el calendario esperando una fecha: 24 agosto de 2014. Extinción de sentencia.

Catorce años después, María intentará aprovechar esta cuarta oportunidad que le da el sistema tratando de recuperar el  tiempo perdido: montar un negocio de artesanías y compartir con su familia. Entre sus metas está heredarle su talento a Bell: “Que ella diga: 'Esto lo aprendí de mi mamá'”. 

¿Qué significa Bell en tu vida?

“Ella es mi vida... mi sangre corre por sus venas, es mi única hija... Y a pesar de que la circunstancias me alejaron de ella, nunca me ha despreciado, nunca, nunca, nunca, siempre su amor ha estado ahí”.