Pedido de auxilio en Casa Julia de Burgos

Por Francisco Rodríguez-Burns / frodriguez@primerahora.com 07/05/2013 |
Primera Hora hizo un recorrido por las instalaciones de la Casa Protegida junto con la directora, Michelle M. Osuna Díaz. (Suministrada)  
La crisis fiscal en el Gobierno agravó la situación económica de una de las organizaciones más prestigiosas del país.

Por años, permanecieron invisibles para la sociedad. Sus cuerpos eran maltratados físicamente y sus mentes recibieron el abuso psicológico de sus parejas. Recurrieron a la Casa Protegida Julia de Burgos para buscar un santuario, un lugar de sanación, que ahora intenta sobrevivir a los severos recortes presupuestarios.

Y es que la organización sin fines de lucro sufre la merma de fondos del Gobierno central y de los municipios que anualmente les ha otorgado fondos. También se avecinan otros recortes federales en dos años.

La dirección de las instalaciones de la organización debe mantenerse confidencial para proteger a sus participantes, aunque sí se conoce públicamente que sus centros ubican en Aguadilla, Ponce y la capital.

Pero, en el interior de una estructura de la entidad, los signos de deterioro son evidentes. Una plaga de comején se ha esparcido por varias habitaciones. Las filtraciones han dañado secciones de la estructura. Frente a este escenario, los empleados y los voluntarios trabajan de manera incansable para mantener la casa en orden, proveyendo un albergue para madres y niños ante un agresor que podría estar al acecho, en búsqueda de su víctima.

Los recortes a la organización ya han provocado la cesantía de cinco empleadas, aunque la mayoría de ellas continúan trabajando por su compromiso con las víctimas.

“Las organizaciones sin fines de lucro proveen servicios a poblaciones marginadas que no están atendidas por el Estado. Pero los fondos para atender esta población se han afectado”, resumió la directora ejecutiva de la Casa Julia, Michelle M. Osuna Díaz.

Aunque la organización ha encaminado varias iniciativas de autogestión de microempresas, la entidad enfrenta dificultades para costear sus servicios básicos, como luz, agua y teléfono.

Su reserva está en cero y carece de una línea de crédito luego de un cierre temporero de la entidad en el 2007.

El 42 por ciento de sus fondos para el año fiscal 2012-2013, unos $492,083, provinieron de Gobierno federal. Esta viene siendo la cuantía más grande de su presupuesto.

La entidad también depende del dinero del Gobierno central, que destinó $396,023 en el pasado presupuesto. Pero tanto el Departamento de Justicia como la Oficina de la Procuradora de las Mujeres arrastran deudas con la organización de unos $42,000 y $3,000, respectivamente. A esto se suma que, para el nuevo presupuesto, Justicia redujo su asignación significativamente, de unos $54,000 a $30,000, y que el Municipio de Ponce también redujo su participación a más de la mitad, de $74,000 a $32,000.

Cabe destacar que Ponce y Aguadilla han sido los únicos dos municipios que han otorgado fondos a la organización de manera consecuente. La entidad también está solicitando más ayuda del Municipio de San Juan, que ha asistido a la organización en el pasado mediante distintos donativos.

La Casa Protegida Julia de Burgos ha recurrido a referir a víctimas a otras organizaciones por falta de personal.

Las mismas participantes de los centros ayudan en las tareas de mantenimiento y cocina. Consejeros, entre otros expertos, atienden a los menores y a las mujeres, víctimas de patrones de abuso que pudieron haberse extendido por años.

Pero hay muchas camas vacías. Se estima que la capacidad de los albergues se ha reducido un 40 por ciento a raíz de los recortes. Actualmente, hay apenas ocho mujeres en el albergue de San Juan con sus hijos, y tres participantes en Ponce con sus pequeños. El centro de Aguadilla, por otro lado, intenta reabrir su albergue.

La organización también canaliza y provee vivienda transitoria y permanente fuera de sus instalaciones.

Dentro del albergue

Durante un recorrido por la institución, los proyectos de los niños evidencian sus esfuerzos de recuperación. Uno de ellos se compone de relojes de cartulina. ¿La lección? Desarrollar la paciencia ante el tiempo que transcurre. En un piso más alto, una de las participantes barre el piso y esboza una sonrisa al hablarse sobre su pronto traslado fuera del albergue a una nueva vida.

Pero todo el positivismo que se respira también tiene que enfrentar otra realidad dura y cruel. El tiempo apremia en Casa Julia.

“Hay un cambio en mi vida. No es fácil llegar a un albergue. Me dieron mucha ayuda psicológica, que es lo más importante”, sostuvo una ex participante del programa.