Telas que valen mucho

Por Libni Sanjurjo / lsanjurjo@primerahora.com 05/13/2013 |
“Fue difícil ese periodo y más que uno está en esa etapa que uno no conoce mucho de la vida, y ese golpe duro, así, de cantazo, separarse de la familia”, recuerda. (GFR Media / Cherilyn Viruet)  
Lina Rivera, de 25 años, les ofrece ropa y calzado a instituciones como la Fondita de Jesús

Él no la conoce a ella. Ella no lo conoce a él. Las vidas de ambos, sin embargo, se cruzan en un lugar que hace 27 años surgió para encender la llama de la esperanza en personas que se encontraban dentro de laberintos existenciales, La Fondita de Jesús.

Por un lado, Lina Rivera, de 25 años, les ofrece ropa y calzado a instituciones como estas, que ayudan a las personas sin hogar y, por el otro, Bryan San Inocencio, participante de 23 años, los recibe agradecido. “Si no fuera por esas personas, no sabríamos qué hacer”, reconoce Bryan.

Hace seis meses que reside en el Pueblito de Jesús, un proyecto de vivienda de la organización sin fines de lucro. Su búsqueda por techo seguro empezó hace cinco años, cuando a los 16 abandonó su hogar por “problemas de convivencia”; desde entonces, ha pasado sus noches “en la calle” –donde no se mojara, en lugares abandonados– o cuartos alquilados que no excedían de los $250 mensuales.

Encontrar un espacio para vivir era una meta que, como la marea, iba y venía durante esos años, que le siguieron a los tres que pasó en instituciones juveniles. Actualmente hay 515 jóvenes en el sistema, según el Departamento de Corrección y Rehabilitación.

“Fue difícil ese periodo y más que uno está en esa etapa que uno no conoce mucho de la vida, y ese golpe duro, así, de cantazo, separarse de la familia”, recuerda.

Para esa época de la adolescencia, su sufrimiento aumentó con la muerte de “tres seres perdidos” –dos primos y una tía– a causa de un accidente de tránsito, los mismos que rememora cada vez que ve su rostro en un espejo, donde tres lágrimas tatuadas le recuerdan cuánto los amó.

¿Cómo le has hecho para vivir tantos años en la calle?

(He sentido) desesperanza, desesperación, no es fácil, a veces uno se desespera y no tiene con quién hablar, con quién contarle las cosas, solo en la vida... pero en mi casa me enseñaron a no rendirse, pues yo seguí pa’ alante.

¿A no rendirte?

Me llevé dos o tres cosas buenas...

Precisamente eso, lo que se aprende en el hogar, fue la semilla que germinó en una obra social que Lina llamó Fundación Vistiendo con Amor: una organización sin fines de lucro, inscrita en octubre pasado, que recoge, clasifica y entrega ropa y zapatos para centros de personas sin hogar, mujeres víctimas de violencia de género y menores maltratados.

entusiasmo por servir

Lina recuerda que su familia solía hacer varias resacas de ropa al año “y yo me encargaba de llevarla a algunos centros con mi mamá”.

Pero al pasar del tiempo, esta asistente dental comenzó a pensar en la posibilidad de seguir haciendo lo mismo, pero “en grande”, aunque la idea la fue posponiendo hasta que un buen día comenzó a escribir un plan de acción. “Lo había dejado en nada, simplemente me pasó por la mente y dije: ‘Pues suena bien’, pero ahí lo dejé. Ese día estoy en mi casa –recuerdo que iba a coger una siesta– pero me puse a pensar en eso que había pensado anteriormente y cómo podía hacerlo y no podía dormirme”, menciona. Al llegar su familia, les dijo: “Quiero hacer una fundación que ayude a mejorar la calidad de vida”.

Entonces, el cuarto de Lina comenzó a quedarse sin espacio para caminar o, inclusive, abrir las gavetas, por el revolú de cajas y bolsas.

Ahí fue que tocó tierra: “¡Wow! ¿En qué me metí? Fue cuando empecé a recibir muchas donaciones. ¿Y ahora qué hago con todo esto? Y al principio me sentía como de frente a todas estas cosas, porque sabemos hacerlo pequeño, pero cómo lo vamos a manejar en grande”, se cuestionaba.

Aun así, persiste. Así es como su idea creció y se convirtió en un proyecto familiar que ha logrado contagiar a muchos voluntarios que trabajan no solo con la ropa, sino también con las necesidades del centro que sirven.

¿Qué aportaciones ha hecho la fundación a tu vida?

Respeto por la vida humana. Son personas y realmente necesitan, necesitan de personas como nosotros, que tenemos las cosas y podemos dar. Sí, (me ha aportado) bondad, generosidad, amabilidad, honestidad, valores buenos, que aunque uno los tiene, pero en esto los ves más, porque los estás practicando.

Es mucho trabajo, ¿qué has tenido que sacrificar?

No creo que haya tenido que sacrificar mucho porque estoy joven, no tengo hijos ahora mismo, pues (si algo) mi tiempo.

¿Qué has aprendido?

A que no se puede ser egoísta; hay que siempre estar pensando en el prójimo.

Lina aspira a que la fundación crezca; Bryan, mientras tanto, desea algún día estar en los zapatos de ella, ser quien done. “Así como han donao pa’ donde mí –dice–, yo también pienso en eso (en donar). Me gustaría ser parte de esas personas”.