Ni las goteras de su casa ni los amigos que le preguntan que por qué se gasta la plata en 'pendejadas' han impedido que el bogotano Javier Pinto continúe con su pasión de siempre: coleccionar consolas y videojuegos.

Su fiebre ha sido tan frenética y apasionada que ya perdió la cuenta de todo el material que tiene almacenado en un estrecho altillo del barrio Ciudad Montes, en el sur de la ciudad.

Javier prefiere entonces dar cifras aproximadas: "Yo creo que tengo unos 6,000 juegos, 300 consolas y 700 aparatos portátiles", calcula a ojo, internado en su 'búnker', un lugar que resultaría alucinante para cualquier niño amante de Mario Bros o de estallar navecitas de colores.

En su 'búnker' hacen presencia -atiborradas- las cajas de cartón de consolas como el Supernintendo, que sus padres le regalaron en 1992, y otras que hicieron época en los 90 como las de Sony, Sega y Microsoft, entre otras. 

En vitrinas grises, que le compró a un amigo que tenía un negocio de anime, se pueden encontrar desde casetes con 100 juegos hasta otros más selectos y modernos de 1'800.000 pesos. 

"Ese se llama Taromaru y es sobre un ninja que elimina a sus enemigos con poderes psíquicos", explica Javier, como si fuera aún el niño del colegio militar Caldas en permanente confrontación con el grupo de compañeros que en vez de adorar el Nintendo, como él, preferían el Sega. 

Su intensa actividad como buscador de más objetos han producido que muy pocas novias le duren. Cuenta, entre risas, que no se aguantan que siempre esté en función de los videojuegos.