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Por Nilsa Pietri Castellón

Hablemos claro

La violencia de la palabra

03/24/2012

Vivimos en un Puerto Rico asolado por el crimen y la droga, vinculados entre sí, y nos pasamos la vida reclamando acción del gobierno, de la Policía, de la Legislatura, para ponerle coto a tanta violencia que amenaza no solo nuestra propia integridad física sino la de toda la familia.

Buscamos soluciones rápidas, que nos den la sensación de que estamos haciendo algo por resolver la situación, y por eso este año nos disponemos a votar para restringir el derecho a fianza de un acusado de ciertos crímenes. Nos olvidamos de que, en un país con tanta violencia, no estamos exentos de caer en nuestra propia trampa.

Lo que no hacemos es ir a las raíces. Hablamos de deserción escolar, pero no tenemos estadísticas confiables que reflejen cuán serio es el problema. No separamos los desertores reales de aquellos que se marchan del país, o que se van a estudiar a escuelas privadas, o incluso que mueren. !Tantos jóvenes mueren en nuestras calles!

Hablamos de violencia doméstica, pero seguimos enseñándole a nuestros hijos que los varones no lloran, que las niñas tienen que comportarse como señoritas, que los hombres tienen que ser condescendientes con las mujeres, como si hubiera un género superior al otro. "Palabra de hombre" se llama un programa de valores que patrocina el gobierno.

Nos jactamos de un plan de salud que ofrece cuidados médicos a los de menos ingresos. Pero elaboramos un programa al que llamamos "Mi salud", que solo parece cuidar de la salud del bolsillo de las aseguradoras, porque ni los pacientes, ni los médicos, ni los demás proveedores de servicios se benefician de los millones federales que se reparten.

Nos desesperamos a causa del desempleo, de los precios altos, de la falta de oportunidades, de la deprimida economía, pero seguimos abarrotando los centros comerciales, comprando autos de lujo, quemando gasolina sin importar cuánto rinde ni cuánto aumenta el costo casi a diario.

Nos quejamos de la baja productividad, preparación, cultura y reputación de nuestros legisladores, pero permitimos el insulto, la maledicencia, la corrupción, la venganza, el uso del poder para aplastar al adversario.

Si queremos combatir efectivamente el crimen y sus orígenes, que son la deserción escolar, la falta de educación adecuada, el descuido de la salud, el desempleo y el fomento de la discriminación por género, religión, preferencias sexuales, nivel educativo y económico, comencemos por erradicar la violencia de la palabra de los políticos.

Al político que insulta, que miente, que incumple, dejemos de escucharlo. No justifiquemos su conducta con excusas absurdas que pretenden separar sus defectos del resto de su persona. Cuántas veces escuchamos decir que alguien tiene la lengua suelta, pero es tan inteligente; que miente, pero es tan buena persona; que incumple sus promesas, pero es tan trabajador y dedicado.

El político que insulta, que miente, que incumple, violenta los más elementales principios de la sana convivencia y merece nuestro repudio. Y el mejor repudio colectivo para ello es negarle nuestro voto.

Restarle poder a un político suele ser  remedio infalible para bajar los decibeles de la contaminación por ruido que provocan sus insultos, sus mentiras y sus promesas incumplidas.