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Jóvenes al mando de iniciativas para un cambio social

Por Osman Pérez Méndez / [email protected] 02/10/2019 |11:45 p.m.
Para estos voluntarios, y muchos otros que hacen labores similares en otros lugares de la Isla, la jornada de solidaridad hacia los más necesitados apenas va por la mitad. ([email protected])  
Kamille, Gabriela, Jessica y Héctor emprenden una misión de vida para ayudar a adictos y personas sin hogar.

La temperatura estaba fresca. No eran muchos en la calle; la pertinaz llovizna provocó que se recogieran en sus casas temprano.

Mientras, un pequeño grupo de jóvenes se preparaba para dedicar su noche y madrugada a trabajar de manera voluntaria con la organización Iniciativa Comunitaria, llevando asistencia a aquellos más necesitados que viven en las calles de la zona metropolitana. 

 
Jóvenes crean iniciativas para lograr un cambio social

El grupo recorre sectores en Carolina, Río Piedras, Santurce y Condado para asistir a personas sin hogar y adictos.

A eso de las 9:00 p.m., Kamille Camacho, Gabriela Roldán, Jessica Ortiz y Héctor Barreto se reunieron en “La Cueva”, como llaman a la edificación que sirve de sede de la organización en una comunidad de Río Piedras. 

Esperaban algunos voluntarios más, pero por diversas razones no llegaron. 

Todos los miembros del grupo son estudiantes. Kamille es salubrista y estudiante de naturopatía; Gabriela estudia biología en la UPR en Cayey; Jessica es estudiante de doctorado en química; y Héctor también cursa biología en la UPR en Cayey. 

Allí pasan un rato organizando la salida. Preparan sándwiches y los colocan en bolsitas, alistan paquetes con productos de higiene, bultos con ropa, frisas.

En la cocina, mientras, preparan un gran termo de café y otro de jugo. 

Por otra esquina arreglan un bulto médico y cajas con material para curaciones y limpieza de heridas y úlceras, primeros auxilios, jeringuillas y kits para que usuarios de drogas corran menos peligros a la hora de inyectarse, así como algunos medicamentos que se venden sin receta como pastillas para aliviar dolores. 

Alguien llega, da un cordial saludo que Kamille corresponde con un abrazo. Habla bajito, mostrando respeto y agradecimiento. Recibe un paquete de aseo y Kamille se asegura que no le falte nada esencial. El hombre se despide regalando bendiciones. 

En una mesa en el centro de la habitación que sirve de sala, poco a poco van acomodando en cajas todo lo que van llevar en su recorrido.

Detrás, una pizarra exhibe varios mensajes, algunos son frases motivadoras, otros números telefónicos de contacto para donaciones, voluntarios, así como una lista de las cosas que hacen falta: leche evaporada, azúcar, cajas plásticas para organizar, voluntarios para brigadas de limpieza, comida para mascotas, vasos de jugo. 

En la puerta se escucha un inusual ruido. Al abrir se asoma Pirata, un flaco perro callejero, con la típica cabezota de mezcla de ‘pit bull’, una mirada tristona y las orejas cortadas de manera burda, de seguro por alguien sin conocimiento alguno de veterinaria. El can suele refugiarse allí, donde a todos los seres se le ofrece cobija, calor y alimento. 

Kamille, quien lleva ya nueve años colaborando con Iniciativa Comunitaria y hace de líder del grupo, explica que todo lo que tienen allí para repartir, proviene de donaciones, de los mismos voluntarios, de familiares, amigos, y de otras personas que conocen de la labor que hace la organización. 

“Aquí todo es a base de donaciones, todo”, comenta. “Son cosas que la gente sabe que no tienen utilidad para ellos, pero que todavía tienen uso. Así hemos podido sobrevivir hasta el sol de hoy. No hay ningún tipo de asignaciones ni nada de eso”. 

“Como le digo a la gente, a veces tienes zapatos en la casa que ni usas, y por ahí hay alguien descalzo. Hay mucha necesidad. La gente asocia esto a las drogas, a problemas de salud mental, pero son muchas historias detrás de eso, de gente que se queda sin plan médico, sin trabajo. No hay sentido de comunidad, de ver a una persona en la calle y no le das ni una sonrisa”, lamenta. 

“Pero aquí se construyen sueños. Y hemos encontrado personas que nos dicen, ‘mira, yo fui producto de esa ayuda, de esa sopa salada que nos daban’. Y han salido adelante. Y eso es lo que cuente”, resalta.

Antes de salir, Kamille repasa algunas instrucciones e ideas, así como las tareas principales que hará cada cuál, incluyéndonos a los periodistas. También da unas instrucciones de seguridad, sobre situaciones que se puedan encontrar, como trabajar los intercambios de jeringuillas. 

“Recuerden que esto no es dar y ya. La ropa tratamos de dársela al desnudo y los zapatos al descalzo. Es una noche fría, y hay que tener eso en cuenta. Y hay que hacerles la salvedad de que no es que vuelvan y van a estar ahí y tener lo mismo. Esta noche tenemos la bendición de tener, pero no puede ser que crean que puedan depender de eso”, explica con seriedad. 

La guagua parte con su carga de alivio. Recorre callejones oscuros, para llegar a los rincones olvidados. Primera parada, en el portal de alguna tienda. 

Hay varios seres allí, unos se ocultan en una esquina detrás de cartones y cruzacalles que sirven de paredes a lo que pretende imitar una habitación, mientras por otro lado, una pareja, acurrucados, completan el proceso de inyectarse sabrá Dios qué. 

“Iniciativa, Iniciativa”, grita Kamille. Se acercan unas seis personas, mujeres y hombres, de diversas edades. Agarran agradecidos el sándwich y el vaso de café caliente que bajo la llovizna fría de esa noche les sabe mejor que nunca. No quieren fotos, así que las cámaras se apagan. 

En pocos minutos, como si se tratara de una rara película, se triplica la gente necesitada que llega hasta pasar la veintena. Nadie parece poder explicarse exactamente de dónde sale tanta persona sin hogar. Uno pregunta por calzoncillos, se conforma satisfecho con un short. Otro pide una toalla. Un hombre, muy delgado, prefiere más café. Una mujer joven se lleva toallas sanitarias. Otra mujer, de mediana edad, recibe agradecida un abrigo, “para cubrirme el pecho y que no me gripe”. Las frisas son agarradas con una mezcla de alivio y satisfacción. Al mismo tiempo, dos de ellos aceptan intercambiar las jeringuillas usadas por unas nuevas y limpias. 

Continúa el recorrido. Nos detenemos frente a un viejo garaje, en una oscura esquina, bajo la advertencia que la zona es más complicada. Una persona aparece, se lleva un paquete de comida, y vuelve a desaparecer como un fantasma. Kamille relata que reconoce a algunos rostros, pero que también hay muchos nuevos, y que sabe de otros que se han esfumado, quizás consumidos por algunas de las nuevas mezclas de drogas, que ni saben exactamente qué contienen, pero que están causando gran estrago entre esa invisible población.

Otra parada, en una estructura abandona. No sale nadie. Camino a la siguiente parada, la guagua se cruza con alguien que camina conversando alegremente con la botella que lleva en mano. Acepta, casi eufórico, un paquete de comida, y estalla en agradecimiento y bendiciones para el grupo. 

Pasa la medianoche. Siguiente estación, junto a un puente bajo el cual viven decenas. Cuatro seres aguardan escondiéndose de la lluvia frente a un negocio. Varios se levantan al escuchar el grito salvador de “Iniciativa”, y acuden a buscar alimentos, café y alguna prenda de vestir. 

Uno se queda sentado. Sus piernas están llenas de úlceras de las rodillas hacia abajo. Es una imagen que no pocos considerarían nada agradable y algunos quizás hasta repulsiva. “Buenas noches. ¿Quieres cura?”, pregunta Kamille. El hombre, de rostro triste y adolorido, asiente. 

Héctor se acerca con una sillita. Gabriela y el periodista le asistimos. Poco a poco, con sumo cuidado, limpia primero las heridas. Luego le unta antibiótico, y le cubre las piernas, en un proceso que toma sobre 15 minutos. El participante, como prefieren llamarlos, luce con molestias, y comienza a desesperarse. Pide otro tipo de vendaje, que asegura le resulta más cómodo para cambiar.

“Yo con ese bulto de ustedes hace rato habría acabado”, dice frustrado. “Pero chico, cógelo suave. No me los trates mal, que los muchachos son nuevos”, contesta Kamille. 

Por último, se le prepara una bolsa con todo lo necesario para que pueda curarse y cambiar los vendajes en los siguientes días. “No dejes de curarte”, se despide el grupo. 

Avanzan las primeras horas del nuevo día, la guagua de Iniciativa Comunitaria continuará un rato más, atravesando las rutas y puntos de reunión de personas sin hogar, en Río Piedras, Carolina, Santurce, Condado.

Para estos voluntarios, y muchos otros que hacen labores similares en otros lugares de la Isla, la jornada de solidaridad hacia los más necesitados apenas va por la mitad. 


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