Sao Paulo. La estadía en la ciudad de Belo Horizonte fue una de las que más me disfruté. La calidez de su gente, la gran comida del estado de Minas Gerais y la buena calidad de vida de la ciudad fueron elementos que se mezclaron para que Belo Horizonte me impresionara de la mejor manera posible.

En Belo Horizonte conocí un joven de quien me hice amigo, y aquí comparto su historia. 

Justo debajo de la hospedería donde me quedé, había un pequeño “sushi bar”. Entré una noche, hambriento, y allí me recibieron Guilherme Scarabelli y Celle Guimaraes, de 23 y 20 años respectivamente. Entre ambos (son novios), corrían el negocio.

Por cinco noches consecutivas, siempre los visité. A la segunda noche ya se conocían mi nombre, y me preguntaban sobre Puerto Rico. Así que, una noche, me senté con “Gui” a conversar.

Hace solo algunos meses había abierto su negocio, uno que construyó desde cero a orillas del lago de Pampulha. “Era un bonito lugar, y pensé que se podía hacer algo chévere”, me contó con un portugués salpicado con algunas palabras en español.

Así que, con ayuda económica de su familia, inició la aventura. “Por los primeros cuatro meses, todo lo que ganaba se lo devolvía a mi familia”, recordó. “Pero, ahora mismo, estoy viviendo la mejor etapa de mi vida”.

El trabajo es duro. Resulta que Gui y Celle también sirven el desayuno a los que se quedan en la hospedería. Así que, a las 7:00 de la mañana, están en el negocio. Luego, cierran por algunas horas para descansar, para después regresar en la noche para atender la barra y a los clientes que llegan tras los deliciosos sushis que prepara un chef. Si algún día no pueden atender el negocio, pues la madre de Celle les da una ayuda.

Sé que como Gui y Celle hay muchas historias parecidas. Pero no puedo evitar pensar que Puerto Rico sería un mejor lugar si hubieran más atrevimientos así por parte de los jóvenes.

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