Somos muchos los que hemos estado pendiente del juicio de Félix Verdejo. Y cada vez tengo más presente a la familia de Keishla y el suplicio que deben sentir al revivir día tras día la triste y violenta muerte de su hija.

Escribo con el corazón en la mano, esta vez pensando en la familia de Keishla y en todas aquellas que han perdido a sus hijas. Escribo estas palabras con un nudo en la garganta, con impotencia, rabia, tristeza y mucha preocupación. Inevitablemente, mientras escribo pienso en la imagen de la madre de Keishla sentada en la puerta, esperando que su hija regresara. También, pienso en esa criatura a quien no le permitieron nacer.

Me preocupa saber que, al día de hoy, existan hombres que decidan apagar la vida de nuestras hermanas mujeres en nombre de su fuerza masculina y en honor al patriarcado.

De igual manera, me angustia que haya quienes piensen que los feminicidios no existen y no crean que a las mujeres nos matan, simplemente, por ser mujeres. Debemos educar en pro de erradicar ese pensamiento machista y construir una sociedad en donde la equidad y la perspectiva de género reinen. Entonces pienso en cómo es posible que la solución a un problema sea arrebatarle la vida al otro.

Mientras escribo llega también la imagen de todas aquellas mujeres a quienes les apagaron las vidas, sus sueños e ilusiones, por no querer regresar con sus exparejas, o que las mataron por no someterse a lo que les exigieron en algún momento.

Las mujeres no somos propiedad de nadie, sino de nosotras mismas; “quien manda en mí, soy yo” diría Julia de Burgos. Así que pienso que una posible solución a este mal que nos corrompe a diario es la educación. Debemos educar en pro de respetar los derechos humanos y a las personas. Esta educación comienza en casa, en donde las familias tienen la responsabilidad de criar a sus hijos respetando al otro y valorando la vida.

No quiero sentir miedo cuando salga a la calle. No quiero tener que andar con “pepper spray” para sentirme segura. No quiero tener que desconfiar de todos los hombres que se me acerquen. No quiero que maten a mis hermanas mujeres, porque cuando matan a una, nos matan a todas. No quiero ver cómo una familia sufre por la cobardía de otro, porque que ni piense el macho macharrán que es muy valiente al matar a una mujer, al contrario, es un cobarde que juega a ser “dios” y creerse todo poderoso apagándole la vida a una mujer. No quiero que muera ni una más.

Quiero vivir en un país en donde salir a la calle no sea un acto suicida. Vivir en un país en donde las mujeres seamos valoradas y respetadas como nos lo merecemos. Un país sin violencia de género.

Mi abrazo solidario y sincero para la familia de Keishla y de todas aquellas hermanas mujeres que han perdido la vida en manos de hombres que nunca les amaron. ¡Ojalá y este proceso termine pronto! Para que así Keishla pueda descansar en paz y su familia pueda llevar a cabo su proceso de duelo de una manera sana.

Mujeres, nos tenemos, no lo olvidemos nunca. Si estás pasando por algún proceso doloroso, por algún tipo de violencia por parte de tu compañero, pide ayuda, no estás sola. No tengas miedo, porque te queremos viva.

Fuerza para todas. En resistencia y lucha SIEMPRE.