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Esperanza para los familiares de adictos

Por Libni Sanjurjo / [email protected] 10/02/2013 |
Los rostros de hombres y mujeres desgastados por el uso de drogas que lastimosamente nos encontramos a menudo en luces de las principales avenidas del país, son solo una parte de la historia.
Para 2008 –datos más recientes del Gobierno–, 52,000 personas informaron haber abusado de drogas y otras 59,000 ser adictas a estas, según Assmca. (Archivo)  

No son solo ellos...

Los rostros de hombres y mujeres desgastados por el uso de drogas que lastimosamente  nos encontramos  a menudo en  luces de las principales avenidas del país, son solo una parte de la historia; la otra está oculta, reservada para la intimidad que inicia cuando la puerta de un hogar se cierra; son ellos, los familiares, el otro lado de la moneda.   

El día transcurrió como de costumbre y era tiempo de regresar a casa, pero antes decidieron hacer una pausa  en la American Military Academy, en Bayamón,  donde acudirían a una de las reuniones del grupo de apoyo Nar-Anon, una hermandad internacional  de familiares y amigos de personas adictas  que descubrieron que al  compartir experiencias lograban  vivir mejor, mientras sobreviven al dolor que les provoca amar a una persona con esta condición de salud.

Detrás de la puerta

  Uno a uno entró a uno de los salones del colegio sin levantar sospecha del objetivo de la visita porque es gente común y corriente, sin nada que delate: “Tengo a un adicto en la familia”.

Allí sus almas se encontraron cómodas para voluntariamente expresar sus vivencias y emociones con la esperanza de que al hablar y escuchar a quienes sufren su mismo dolor, y adquirir herramientas de conocimiento que promueven la rehabilitación, logren mejorar la relación conflictiva con ese familiar; en parte buscan cambiarse a ellos mismos –explican– al muchos reconocer que ese familiar les ha provocado codependencia, una condición psicológica  que ocurre cuando alguien manifiesta una excesiva, y a menudo inapropiada, preocupación por las dificultades de alguien.

Hablan confiados de que lo que allí se dice, allí queda, porque el anonimato los protege de una sociedad que entienden les prejuicia y juzga. Por eso, solo dicen sus nombres, sin apellidos, allí nada más importa.

La primera vez

Catorce hombres y mujeres, la mayoría con edades luego de los cuarenta, llegaron al encuentro de las 8:00 p.m.  Todos habían venido antes, excepto yo.  “Nos recuerdas la primera vez que vinimos”, comentó la persona que inició el encuentro.

Les recordé cómo muchos llegaron: desesperados, avergonzados, abrumados, desconcertados, sin fortalezas, frustrados, ansiosos, enojados, en fin, buscando una solución, una nueva forma de vivir porque así, como lo habían hecho hasta entonces, simplemente “no se puede” porque es como vivir “la locura”, se escuchó decir a una mujer.

Y es que la ansiedad que le provoca “mi adicto”, parece cortarles  el aire, por ejemplo, cuando una decisión de éste le da “play” a la “película” que empiezan a hacerse en la mente cuando no llaman o llegan a la casa.

Inician entonces el momento de escuchar y ser escuchados, nadie opina. La  líder del encuentro  marcó el inicio de  lecturas individuales de temas como la paciencia, y se convirtieron como en el “pie forzado” para expresar la situación actual que atraviesan en el proceso de rehabilitación con su adicto.  “Tenemos un adicto, nos duele. Decir que somos familiares de un adicto es terrible (...). Tengo que batallarme allá en la calle con mi adicto (...). Me desgarra mi alma”, expresó alguien.

El adicto puede estar viviendo en el hogar del familiar de Nar-Anon,  en las calles o en  algún lugar de tratamiento dentro o fuera de la Isla; algunos han logrado estar varios  años limpios de sustancias. Entre tanto, el familiar lidia con dejar de buscar la forma de solucionarle la vida, por ejemplo, al no  permitir que sufra las consecuencias de sus decisiones.  Buscan la manera de cómo soltarlo. Una dijo: “Yo traté de hacer todo lo que podía y no me resultó”.

"Vida algarete"

Entre sus historias, conocí –luego de la reunión– la de una mujer que llamaremos María para proteger su identidad.

A los 19 años de edad su hijo estaba viviendo la “vida algarete” porque consumía drogas –lo hacía desde la adolescencia– mientras estudiaba en Mayagüez. Un diagnóstico de salud mental acrecentaba el problema;  tuvieron que  enviarlo a un centro de tratamiento en Estados Unidos.

“No sabía qué iba a poder hacer. Estás en shock cuando lo tienes ahí de frente, cuando sabes que es la verdad”, dijo María. “La dinámica entre él y yo era de cierta manera enfermiza y como madre controladora, en verdad no lo dejaba crecer emocionalmente y tuve que trabajar mucho conmigo para darle su espacio, para reconocer mi enfermedad de la codependencia”, agregó.

   Desde entonces  han pasado más de 11 años: su hijo, de 31 años, es un profesional en el área de recuperación de adicciones. Entre tanto, María inició su propio proceso.

“Yendo a las reuniones empecé a darme cuenta más de frente de que yo también tenía que cambiar, que le estaba exigiendo unos cambios a él, pero yo también cometí errores como tratar de sacarlo de los líos”, comparte.

Es así como encuentran un nuevo aire para continuar enfrentando la vida, y a su adicto.

 Hora y  media después concluyeron el encuentro con saludos, abrazos e, inclusive, sonrisas.

Me retiré junto con ellos, no sin antes escuchar a alguien decirme: “Dios quiera que nunca tenga un cualificante (drogadicto en la familia)”.

Para 2008 –datos más recientes del Gobierno–, 52,000 personas informaron haber abusado de drogas, y otras  59,000 ser adictas a éstas –hay un número indeterminado de personas que la usaron recreacionalmente, según la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca). Pero, son más los que sufren. 


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