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Pique con un sabor e historia únicos

Por Istra Pacheco 08/08/2014 |
Aunque no ha recibido ayuda, Roberto Rivera no rechazaría algún incentivo del Gobierno.  ([email protected])  
Ante la complicada situación económica este empresario lucha por salir adelante.

Cayey. Desde que tiene uso de razón, Roberto Rivera Figueroa recuerda a su papá inventando en la cocina.

¡Y eso que su progenitor a lo que se dedicaba era a la medicina! De hecho, su padre Rafael Ignacio Rivera Cerón, nacido en República Dominicana, fue uno de los primeros en tener un consultorio médico en el centro del pueblo de Cayey. Pero, su pasatiempo era crear con las comidas.

“Mi papá cocinaba, hacía de todo y sobre todo muchas cosas con coco. Nos ponía a bregar con el coco y a extraer la leche y también le gustaba mucho el pique... Se retiró como médico a los 75 años. Imagínate, todo el mundo lo conocía y era muy querido. Cuando fuimos a disponer de los récords médicos tenía más de 17,900 y pico de expedientes”, relató Roberto.

Pero para entender a dónde ha llegado hoy en día, Roberto cuenta un poco de su pasado. Tras completar la escuela superior el joven se dispuso a estudiar química porque pensó seguir los pasos de su papá.

“En casa siempre decían que si alguien iba a estudiar medicina iba a ser yo. Y empecé, me fui por el área de química, estudié en Estados Unidos, pero a mí me encantan los negocios, siempre he sido negociante”... y eso pudo más.

 
Pique con un sabor e historia únicos

Ante la complicada situación económica este empresario lucha por salir adelante.


La vida continuó y Roberto tuvo múltiples trabajos hasta que dio un salto para combinar el gusto por la comida y los negocios abriendo un restaurante de pastas y ensaladas que no le dio mucho resultado. Luego montó otro restaurante de comida criolla.

El problema fue que el precio de tener un local comercial le fue chupando todas sus ganancias.

“El costo energético y de renta es muy alto y lastima mucho a uno. Cuando uno ve el sacrificio para mantener el restaurante y luego te llega una factura de $4,000 o de $5,000, como me pasó... dejó de ser viable”, lamentó.

No le quedó más remedio que ponerle candado a su segunda empresa. Entonces se fue a Costa Rica unos meses y allá tomó nuevos cursos de cocina.

Al regresar, su padre, que acababa de retirarse, había cambiado dramáticamente. Ese hombre de seis pies de alto y más de 200 libras de peso poco a poco se fue transformando en otro ser, víctima del Alzheimer.

“Primero empezó a preguntar muy seguido por llaves y por carteras. Mi mamá (Myrian Yolanda Figueroa) lo notó, pero no pensó que fuera nada grave. Tres meses después de retirarse se enfermó. Se quedaba parado en una esquina mirando a lo lejos y se tiraba al piso, ya no podía guiar y seis meses después cayó en cama. Ahora mismo ni habla y pesa como 120 libras”, relató.

Mientras tanto, Roberto, sin un empleo pero con muchas ideas en mente, decidió probar con una de las cosas que más disfrutaba su papá: el pique.

Le tomó año y medio trabajar y seleccionar la cantidad correcta de ingredientes hasta encontrar el punto exacto.

“Empecé a hacer la receta, a darle a la gente a probar. El primero que decidí hacer fue el de coco porque ahora mismo no existe ninguno en el mercado. Y es algo que en mi casa siempre se usó en la cocina. Para mí era importante que ese pique no tuviera nada de agua. Después de botar muchas recetas, de mucho trial and error, porque unos no llegaban al sabor que yo quería, otros se fermentaban, algunos sabían mucho a ajo, otros no emulsionaban bien y se separaban los ingredientes, wow, millones de cosas las que pasamos... lo logramos”, afirmó orgulloso.

Lo más difícil en ese trabajo fue tener la mezcla exacta entre pulpa y líquido de coco para dar con lo que su paladar y su instinto le decía.

Fue entonces que con la certeza de tener algo único y sabroso, y con el deseo de rendirle honor a su padre, nació una marca: “Pique Don Rafael”.

“Ahora mismo compramos los chiles habaneros a agricultores locales, pero cuando no dan abastos, voy a un supermercado local. Más adelante también me gustaría poder cosechar los chiles, los ajos y las cebollas, cosa de que la producción sea lo más nuestra posible”, indicó.

Luego de participar de varias ferias agrícolas y de artesanías y para seguir fomentando lo hecho en Puerto Rico, encargó varios trabajos en madera para poder exhibir y vender las botellas de pique en varios locales.

El producto ha gustado tanto que la megacadena Walmart ya lo tiene aprobado y dentro de dos meses, aproximadamente, cuando cumpla con los trámites de mecanización de envasado y con los seguros, se podrá conseguir en sus góndolas y en los supermercados Amigo.

“Es un gran salto”, dijo con la sonrisa de quien prácticamente no lo cree, aunque para esto ha trabajado muy duro junto a su novia Luz Janet Rivera.

De hecho, sus días no tienen pausa. Se levanta a las 5:00 de la madrugada, va al gimnasio y luego le dedica cinco horas a preparar los ingredientes del pique y dejarlos listos para el proceso de envasado y etiquetado, tarea que realiza un empleado a tiempo completo.

Luego está unas horas –varios días a la semana– a cargo de su papá –tarea que comparte con uno de sus cinco hermanos– y más tarde sigue a coger clases de maestría en mercadeo, aparte de que se prepara para en enero empezar a estudiar leyes.

Pero la historia no acaba allí. Roberto, de 40 años, ya está “jugando” con otras recetas y tiene casi listas las fórmulas para otros piques a base de guanábana, parcha y guayaba.

También espera poder comenzar este mismo año la elaboración de pasteles de arroz rellenos de pollo, cerdo y bacalao, porque tampoco los hay en el mercado.

Roberto no ha tenido incentivos gubernamentales para levantar su empresa, pero le gustaría poder tener alguna ayuda “para proyectar el pique al mercado y exportarlo; eso sería magnífico porque he visto cómo han estado tratando de proyectar los productos puertorriqueños fuera”.

“Mi idea es seguir haciendo productos buenos que conserven ese sabor de hecho en casa, que no se pierda ese toque”, aseguró.

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