En estos días de ruido político resulta refrescante toparse con una figura como la de Gilberto Santa Rosa.

Gilberto le hace honor a su apodo. Es un caballero, en todo el sentido de la palabra. Un ser humano sencillo, noble, con calidad humana y don de gente. Encontrar figuras de ese calibre en estos días es cuesta arriba. Esos moldes, simplemente, ya no los hacen. Es una tragedia.

Vale la pena preguntarse, ¿cuándo nos perdimos? Una pregunta que invita a la reflexión profunda.

Cuando comenzaba en el campo del periodismo a inicios de los años 90, tuve la oportunidad de conocer a Luis A. Ferré y a Roberto Sánchez Vilella. Ambos se encontraban en su ancianidad, pero gozaban de una impresionante salud mental, la cual mantuvieron hasta el final de sus días.

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A estos señores había que decirles “Don”. Eran políticos fuera de serie que, a pesar de controversias, no anidaban el odio o el rencor. Desde sus perspectivas, trataron de hacer lo mejor por la isla y fueron partícipes de la importante transición de nuestra isla.

Trataban a todos con respeto. A la prensa, a su oponente político, al líder religioso o a cualquier simple mortal. Hoy día, no es así. A uno se le cae la quijada al leer barbaridades en las “modernas” redes sociales. Personas que ocuparon cargos de prestigio, como la presidencia del Senado, comportándose como vulgares títeres de esquina.

No se sonrojan al utilizar palabras soeces, calificativos burlones o cualquier insulto barato. Desprestigian a su clase y solo siembran repulsión a su persona. Esos nunca se ganarán el término de “Don”. Esa pequeña palabra que otorga prestigio a un nombre. Ese término que evoca respeto y hasta un modelo a seguir, como Gilberto Santa Rosa.

Algunos pudieran describirlo como un simple cantante. Sin embargo, no lo es.

Gilberto viene de una familia de clase media. A los 14 años comenzó un caminar por una senda muy difícil. La vida mundana, o hasta frívola, lleva consigo sus tentaciones. Las herramientas que sembraron en él su padre y su madre, lo armaron de una coraza que hizo que triunfara en un mundo lleno de vicios y lujurias.

Gilberto es un pregonero de la vida social puertorriqueña. De los que se levantan todos los días a buscar la peseta. Los que sufren la inflación en el bolsillo. Los que padecen los pobres servicios de educación, salud e infraestructura. Los que se ponen la mano en el cachete, al mirar las groserías o bobadas de la clase política.

Gilberto le canta al amor. Ese que nos acompaña en el despertar de la adolescencia. Nos entusiasma en nuestra temprana adultez. El que nos pega con decepción cuando maduramos y nos llena de ternura en la llegada de las hojas blancas a nuestro cabello.

Gilberto llena de energía una tarima para hacernos felices por varias horas. Nos transporta a mejores momentos.

Gilberto es buen amigo. Gilberto es buen esposo. Gilberto es buen padre y mejor abuelo. Usted nunca ha escuchado a Gilberto en escándalos, bochinches o controversias. Tampoco está asociado a trucos. Cumple con sus contratos y compromisos.

Lleva una vida sana y no representa los 62 años que le ha regalado el almanaque. Nada fácil para una carrera de 40 años. Esa en la que ha acumulado sobre 25 discos, un Grammy por su trayectoria, cinco Grammys Latinos y hasta un récord Guinness, por la mayor cantidad, ubicado número uno en la lista de álbumes tropicales de Billboard.

Ahora, para coronar todo eso, será recipiente de un grado Doctor Honoris Causa del Berklee College Of Music, la entidad universitaria más prestigiosa de música popular.

Como diría El Gran Combo de Puerto Rico, Gilberto no es médico, abogado ni tampoco ingeniero, pero tiene un swing que muchos quisieran tener. Gilberto es un modelo a seguir por todos los puertorriqueños. Uno que, lamentablemente, los políticos perdieron hace un rato.