El brasileño Oscar Schmidt, miembro del Salón de la Fama del Baloncesto Naismith Memorial, falecció este viernes a los 68 años, informó su familia.

En un comunicado dinfundido por varios portales deportivos, incluyendo CNN Brasil y ESPN Brasil, sus allegados indicaron que Schmidt enfrentó durante 15 años un tumor cerebral “con valentía, dignidad y resiliencia”, y destacaron que deja un legado que trasciende el deporte.

Conocido en Brasil como “Mão Santa” por su letal tiro a distancia, Schmidt es considerado uno de los máximos anotadores en la historia del baloncesto. Aunque nunca jugó en la NBA —pese a ser seleccionado por los New Jersey Nets en 1984— optó por mantenerse elegible con la selección nacional, a la que representó durante 19 años.

Debutó con Brasil en 1977 y participó en cinco Juegos Olímpicos consecutivos, de 1980 a 1996, consolidándose como el líder anotador histórico del torneo con más de 1,000 puntos. También brilló en Copas del Mundo y mantiene varias de las actuaciones ofensivas más destacadas en la historia olímpica, incluyendo un partido de 55 puntos en 1988.

Múltiples veces fue rival del equipo de Puerto Rico en torneos Panamericanos, Mundiales y Olímpicos. Junto al boricua José “Piculín” Ortiz fueron considerados entre las décadas del 1980 y 1990 dos de los mejores jugadores de la FIBA en América.

En la foto, José "Piculín"Ortiz, izquierda, y el brasileño Oscar Schmidt. (Archivo Histórico)
En la foto, José "Piculín"Ortiz, izquierda, y el brasileño Oscar Schmidt. (Archivo Histórico)

Uno de los momentos más recordados de su carrera llegó en los Juegos Panamericanos de 1987 en Indianápolis, cuando lideró a Brasil con 46 puntos en una histórica victoria 120-115 sobre Estados Unidos en la final.

Schmidt desarrolló la mayor parte de su carrera profesional en Brasil e Italia, donde también dejó huella. Se retiró en 2003 a los 45 años como uno de los máximos anotadores de todos los tiempos en el baloncesto mundial, con cerca de 50,000 puntos combinados entre clubes y selección.

Fue exaltado al Salón de la Fama de la FIBA en 2010 y al Salón de la Fama del Baloncesto en 2013, consolidando su estatus como una de las figuras más influyentes del deporte a nivel internacional.

Tras su retiro, se destacó como conferenciante motivacional, compartiendo su experiencia dentro y fuera de la cancha, incluida su lucha contra el cáncer.

Le sobreviven su esposa, María Cristina Victorino, y sus dos hijos.