El firmamento guiaba a nuestros ancestros. Nosotros, sus hijos, tal vez nunca conoceremos cuán vasto era su conocimiento de las estrellas, la Luna y el Sol, pero sí que eran el mapa de sus vidas.

La Luna ocupaba un lugar de suma importancia para nuestros antepasados indígenas, por estar ligada al origen del barro y por haber enseñado a las mujeres el arte de la alfarería, la faena femenina.

Mientras, el Sol, cuyo origen en la mitología taína ha quedado en la incógnita, marcaba los principales periodos del día. Cuando las tinieblas lo escondían, quedaba un guardián: el cemí Marocael, o Makakoel, “el sin párpados”.

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Su labor era una rigurosa y exigente, pues de acuerdo a la pluma de Fray Ramón Pané, era él quien determinaría dónde vivirían los humanos al emerger de las cuevas.

Según el taíno, los primeros humanos provenían de Haití. Esa isla, que luego llevó el nombre La Española por los europeos, era tierra, fértil, mujer. Su útero, decían los taínos, era las cuevas Cacibayagua y Amayuaba, génesis de la vida.

En una noche, según este misterioso mito, se entretuvo Marocael en su guardia y no regresó. El Sol no pidió explicaciones, sino lo condenó y lo cementó en piedra para nunca más abandonar su vigilancia.

El letrero que guía a caminantes en Utuado al petroglifo.
El letrero que guía a caminantes en Utuado al petroglifo. (Suministrada)

“Cuando vivían en aquella gruta, ponían guardia de noche, y se encomendaba este cuidado a uno que se llamaba Marocael, el cual, porque un día tardó ir a la puerta, dicen que lo arrebató el sol. Viendo, pues, que el sol se había llevado a éste por su mala guardia, le cerraron la puerta, y fue transformado en piedra, cerca de la entrada”, escribió el español religioso en su escrito “Relación acerca de las antigüedades de los indios” al agregar que “otros” también fueron capturados por el Sol “y se convirtieron en árboles llamados jobos, y de otro modo Mirobalanos”.

Aunque la leyenda dice que está en La Española, para los utuadeños Marocael, o Makakoel, está en sus montes, velando a los que salían de las cuevas El Arco y El Portillo para así repatriarlas.

Se aprecian los ojos y la boca del cemí.
Se aprecian los ojos y la boca del cemí. (GFR Media)

Así lo dijo Roberto Bonilla, quien conoce esas piedras y esos senderos desde que era niño. El lugar que hoy comparte con turistas atraídos por la “aventura” y “adictos a la adrenalina” a través de su compañía Tanamá Tours es velado por “el sin párpados”, el “espíritu de los caminantes”.

“El motivo por qué Marocael velaba y hacía la guardia era para ver a qué parte enviaría la gente o la repartiría”, dijo el Fray. “Y no parece, sino que tardó para su mayor mal”, agregó.

La Cueva El Arco mezcla leyenda, adrenalina y vistas únicas en una experiencia que va mucho más allá de un paseo.