“¡Él me dio primero!  Yo no empecé”.  “¡Ella me quitó mi bicicleta!”  “¿Por qué él puede quedarse en casa de su amigo y yo no?” Estas quejas, y muchas otras más, pueden ser cosa de todos los días cuando los hermanos son pequeños.  Viven  entre gritos, rivalidades y hasta celos, y en cualquier momento se puede desencadenar una nueva pelea: por la televisión, por la comida, por la hora de bañarse, por la ropa… En fin, que todo puede convertirse en el ojo del huracán.

Este aparente antagonismo entre hermanitos es, ciertamente, normal e inevitable, y para nada significa que los chiquitos no se quieran entre sí.  Así lo establece el psicólogo clínico Enrique Gelpí Merheb, quien asegura que las peleas en la infancia son “un fenómeno bastante típico, que inclusive se considera como parte de un proceso saludable y natural del desarrollo”. 

Saludable porque, según abunda el experto, los conflictos son buenas herramientas para que aprendan a socializar con otros niños, a ceder sus cosas y a encauzar bien los conflictos que surjan con sus pares.  Las rivalidades no son, por lo visto, malas del todo.

“Obviamente, los niños no nacen con la destreza de negociar y solucionar conflictos favorablemente.  Nacen con el potencial para aprenderlo.  Y el área de conflictos con los hermanos es una excelente oportunidad que tienen los niños para eso mismo: para aprender a solucionarlos y a compartir, que eso es también un valor que se desarrolla”, destaca el psicólogo Gelpí Merheb, cuya especialización es en  niños y adolescentes.  “Las peleas son un mal necesario”, afirma.

¿Por qué suceden?

Si bien queda claro que, en la mayoría de los casos, la guerra está declarada, muchos se preguntan por qué se desatan discusiones constantes entre los chiquitines.  La lista de razones puede ser extensa, pero el Dr. Gelpí Merheb señala que hay unas bastante comunes.

Algunas riñas suceden como un intento para llamar la atención de los padres y disfrutar de su cariño, particularmente cuando llega un hermanito o hermanita nueva al hogar.  En esos casos, el hijo mayor percibe que ocurren cambios en la dinámica familiar y que ya no todos se centran en él como antes, “originando obviamente algunos sentimientos de rechazo, abandono, ansiedad e inclusive temor en los nenes”, explica el médico.  Otras emociones, como la envidia y la rabia, también surgen cuando la atención de los padres está dividida.

Peleas por querer imponerse sobre el otro ocurren todo el tiempo, pues algunos niños disfrutan sentirse en control y no dominados.  La convivencia, además, origina casi necesariamente desacuerdos entre las personas, y los pequeñines no son la excepción.

 “El mero proceso de estar dos personas juntas compartiendo un espacio y objetos, como juguetes, implica aprender a negociar, algo que no sucede sin tropiezos”, observa Gelpí Merheb.

Maneja sus diferencias

En medio del fuego cruzado entre los niños, son los padres los que tienen que asumir el importante rol de árbitros.  Para que sean buenos mediadores, papá y/o mamá no deben tomar partido, ni enfocarse en quién comenzó la pelea. 

En lugar de destinar tiempo y energías en averiguar quién fue el culpable, cosa que puede ser frustrante, el psicólogo recomienda que los padres se enfoquen más bien en la conducta inapropiada.  De esta forma, les enseñarán a sus hijos “a modificar su comportamiento y desarrollar una conducta proactiva en la solución de conflictos”, recalca Gelpí Merheb.

Otra clave para manejar las peleas es esperar un poco antes de intervenir.  Darles ese espacio es una buena oportunidad para que sean ellos mismos los que intenten resolver sus peleas.  Se trata de darles la posibilidad del entendimiento entre ellos, en vez de que sean los padres los que “al interceder muy rápido, asuman la responsabilidad de remediar la riña”, observa el especialista.

 Una última estrategia es dedicarle atención y tiempo exclusivo a cada uno, ayudándolos así a lidiar mejor con sus frustraciones individuales.  De lo contrario, se pueden crear relaciones negativas en el núcleo familiar.

Orejitas para los padres

1. Ve la rivalidad como algo natural: Éste es el primer paso a tomar para que el padre y la madre manejen sus propias frustraciones y ansiedades.

2. No llegues a conclusiones: Frases como “si estos nenes están peleándose así ahora, en el futuro se van a odiar” no abonan en el proceso de solución de conflictos.  Además, suelen ser erradas, como afirma el Dr. Gelpí Merheb.

3. Da el ejemplo: Los niños aprenden por imitación.  Es importante que los padres “modelen a sus hijos destrezas apropiadas de resolver problemas con las personas a su alrededor cuando éstos los estén viendo”, asegura el especialista.

4. Promueve la socialización: Busca oportunidades y alternativas donde los niños puedan compartir en ambientes distintos a la casa.  Así, los ayudarás a que se desenvuelvan mejor y a desarrollar gustos en común que los ayuden a estar juntos.

Señales de alerta

 Las discusiones son aceptables hasta cierto punto.  Si observas uno o varios de los próximos elementos en tu hogar, es recomendable que busques la ayuda de un profesional de la conducta.

1. Aumento en la frecuencia e intensidad de las luchas

2. Episodios de agresión física

3. Humillación de una de las partes

4. Efectos negativos en la autoestima

5. Depresión

6. Problemas en la relación de pareja de los padres

Fuente: Dr. Enrique Gelpí Merheb