Durante años, mucho antes de convertirse en Benedicto XVI, Joseph Ratzinger fue un habitante más de Roma, adentrándose cotidianamente en la cara sacra y profana la Ciudad Eterna, ahora en vilo por su grave estado de salud a sus 95 años.

El gran teólogo alemán fue elegido pontífice en 2005, como sucesor de Juan Pablo II, pero sus huellas en la ciudad se pierden en el tiempo, desde el comienzo del Concilio Vaticano II en 1962 hasta su coronación como cardenal en 1977 o sus dos décadas como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

Recorriendo sus calles repletas de historia y conociendo a sus gentes, el joven Ratzinger pronto descubriría ese paradójico rostro de la ciudad, su cariz sacro y profano, encontrando incluso un pequeño reducto de su tierra natal, la Baviera (sur de Alemania).

UN “STRUDEL” DE MANZANA PONTIFICIO

En la “Taberna Tirolesa”, a dos pasos del Vaticano, nunca olvidaron a su cliente estrella, que acudía en su época de cardenal para degustar los platos de su tierra.

“Aquí encontraba sus sabores, olores y su ambiente, quizá se sentía un poco como en casa”, recuerda en una conversación con EFE el administrador del local, Mario, junto a la “Mesa 4″, con una placa conmemorativa en honor a Benedicto XVI.

Lo recuerdan como un cliente “reservado y silencioso”, como buen alemán, pero que “daba la impresión de ser una persona dulce”, sostiene.

El doctor Ratzinger era “parco en el comer”, pero solía disfrutar con la “frittatensuppe”, un caldo de carne con pasta, y sobre todo con un postre que adoraba, el “strudel” de manzana, tanto que la taberna solía enviárselo al Vaticano por cada cumpleaños.

EL SASTRE DE BENEDICTO

Ratzinger hizo también “amigos” entre los romanos que trabajan para el Vaticano, especialmente con el dueño de una de las hermosas sastrerías de la zona del Borgo Pío, Raniero Mancinelli, que ha vestido a los sucesores de San Pedro desde 1962.

En su tienda, frente a la puerta Santa Ana del Vaticano, se acumulan colgadas casullas, capas, mitras y solideos, prendas de alta sastrería litúrgica a las que el papa alemán concedió una gran importancia, amante como era del boato.

“Conservo muchos y muy bellos recuerdos. Vivimos estos días con aprensión porque sabemos que está muy enfermo y todos estamos preocupados más allá de que sea un papa, porque la relación con él de trabajo y amistad fue muy hermosa”, afirma el señor Mancinelli.

El sastre aún recuerda a aquel cardenal alemán que de vez en cuando se detenía en su negocio durante su paseo matutino o enviaba a su hermana María, fallecida en 1991, aunque después, tras su elección como papa, era él quien tenía que ir al Vaticano a tomarle las medidas por obvias razones.

“Su actitud era contraria a lo que normalmente se imagina, porque todos creen que era un hombre duro, muy alemán, pero no es verdad, es un hombre amable”, sostiene este virtuoso de la aguja, incapaz de recordar el primer día del alemán en su sastrería.

Como cardenal, explica, usaba paramentos “muy simples y sobrios”, a pesar de que luego como papa fuera “un poco excéntrico”, al incorporar a su imagen pontificia las grandes capas, los sombreros más vistosos o los zapatos rojos, símbolo de la sangre de los mártires católicos.

Junto al sastre, de pie, está “el futuro” del negocio, su nieto Lorenzo, que con solo 21 años ya aprende este oficio que prosperó al cobijo vaticano. Desde su infancia siempre escuchó hablar en casa del papa alemán y, al igual que su abuelo, considera un “honor” que haya sido su cliente.