Hay gente que nace con la habilidad para ser chef y otras que como yo tanto estamos intentando y practicando hasta que logramos algún grado de destreza. 

Hace como un año se me pegó la fiebre de aprender a cocinar. Desde entonces ando siempre con mi libreta en la cartera a la caza de recetas. Bajarlas de la internet o de los libros de chefs profesionales no me resulta tanto como convencer a buenas amigas que me revelen sus secretos. La diferencia es que las amigas siempre estarán ‘on call’ para guiarte esos primeros días y sacarte de apuros si la cosa se complica. 

Así aprendí a preparar el risotto que sirvo en casa, siempre que se presenta una ocasión especial. Una buena amiga de Sabana Grande, Iraida, me dio la receta y el ‘coaching’. Con el teléfono en ‘speaker’ me iba diciendo cómo dar cada paso; aun así no fue hasta el quinto intento que logré un resultado razonable, jamás igual al original, pero razonable. 

En el camino, inevitablemente quedaron algunas víctimas pues alguien tiene que servir de catador durante el proceso de aprendizaje. Casi siempre son nuestros pobres maridos. El de casa tiene un paladar sencillo, se come todo lo que le ponga en el plato. Eso sí, le pido que sea duro con sus evaluaciones para que me ayude a mejorar. Dije una vez en una reunión de amigas que por fin había aprendido a hacer el risotto y él contestó que quien aprendió a comérselo era él porque no era distinto al primero que hice. Obviamente para molestarme, pero tiene derecho porque ha tenido que sufrir mucho probando todo lo que se me ocurre.  

Es fácil distinguir a las chefs profesionales de las que somos wanabi o aficionadas. 

Siempre se nos nota a quienes empezamos tarde en la cocina. Es como el que aprende a nadar de  adulto o a correr bicicleta, que los vemos trincos y faltos de técnicas. Todo aparenta ir bien hasta que les toca pasar con la bicicleta por una alcantarilla o coger un roto en la carretera: ahí nadie los salva del piso. Así somos las chefs aficionadas en etapa de entrenamiento, cualquier cosa que pase fuera de lo que dice la receta nos pone contra las cuerdas. Por eso es tan importante el tener al alcance del teléfono a esa buena amiga. 

También ayuda muchísimo interactuar por la redes sociales con otros y otras aspirantes a chef, siempre aprendemos algo.

El domingo subí un videíto colocando unas pechugas en leche para que queden más blanditas, truquito que aprendí hace poco y que me lo enseñó un pana fuerte. Les aseguro que funciona. 

Anterior a este vídeo había compartido una forma especial de freír papas y otro de quitarle bastante la grasa a la carne molida. De las reacciones de mis ‘followers’ surgen nuevas y buenas ideas que voy anotando en mi libretita, que cada vez se hace más y más grande. 

Bueno...  a pasarla bien en la cocina y a compartir esas recetas. Somos muchas las ‘chefs wanabi’  ¡¡que estaremos muy agradecidas!!