Uno de mis soneros favoritos, sin lugar a dudas, es nada más y nada menos que Chamaco Ramírez.

Su sabrosura callejera, su dominio de la clave y su picardía a la hora de inspirar fue lo que captó mi atención desde que lo escuché por primera vez y, automáticamente, hizo que me convirtiera en su admirador.

En sus primeras grabaciones, que me encargué de conseguir tan pronto tuve conocimiento de su talento, se pueden escuchar claramente las influencias de Tito Rodríguez e Ismael Rivera mezcladas con su talento innato.

Escuchar a Chamaco es transportarse a la escena de lo que esté cantando; pues tenía esa habilidad que solo tienen unos pocos: cantar como si estuvieran hablando, invitándote a participar del cuento.

A ese talento, añádale- mi querido lector-, esa chispa para inventar refranes y frases que condimentaban los arreglos y las interpretaciones de las grabaciones que hizo.

Como dato curioso, Chamaco grabó muy poco. Muy poco para lo que su talento merecía. La mayoría de sus grabaciones (y las más conocidas) las hizo junto a la “Primerísima” de Tommy Olivencia.

Para prueba un botón; desde la primera canción hasta la última que hizo con la banda de Olivencia son la evidencia de lo que les estoy contando.

Escuche usted temas como: Trucutú, Adiós, Puerto Rico, El Títere, Evelio, Pa’ alante otra vez”,  Planté bandera, Los provincianos, Como Novela de Amor (donde solo sonea) y se dará cuenta de su genialidad.

Para el año 1979, pasé a formar parte de la “Primerísima”, luego de que otro de mis favoritos, Simón Pérez, dejara la orquesta. Para mi gran sorpresa y satisfacción, me enteré que Olivencia organizaba el aniversario de la orquesta y reuniría para la ocasión a todos sus cantantes. Tremendo notición; ¡vendría Chamaco Ramírez!

Llegó el día tan esperado… el primer ensayo. Allí estábamos todos: Paquito Guzmán, Lalo Rodríguez y el más esperado por todos... Chamaco.

Para esa época él había grabado lo que resultó ser su última grabación: Alive and Kicking. Esa me la aprendí como si fuese mía.

Ahí estaba el maestro, derrochando naturalidad y experiencia. El hijo de Mercedes y Ramón dando la clase y el hijo de Ana María y Gilbert escuchando, aprendiendo y gozando al ver a uno de sus ídolos en vivo y a todo color.

No dejé pasar la oportunidad y me hice una foto con él; foto que hoy día atesoro como uno de mis recuerdos más preciados.

Días después, lo acompañamos a su barrio Quintana. El trato hacia mi persona y hacia mi querido padre fue el de alguien que conoces de toda la vida, aunque apenas lo habíamos conocido hacía dos días.

Por esas vueltas de la vida y de este oficio de la música, me retiré de la orquesta de Olivencia para pasar a la de Willie Rosario. Mi última presentación fue en las fiestas patronales de Bayamón y Tommy llevó de sorpresa a Chamaco para dar la noticia de que, desde esa noche en adelante se reintegraba a la orquesta.

Tan pronto cantó las primeras notas de Planté bandera, el entusiasmo del público se tornó en histeria.  Los que no estaban cerca de la tarima corrían buscando acercarse y tener una mejor posición para ver a “la banda y el guarachero que la gente esperaba”, y los que estuvimos allí, “estábamos hechos”.

Chamaco se quedó en Puerto Rico una corta temporada. Luego emprendió su viaje a Nueva York para nunca regresar; dejando proyectos inconclusos y el vacío entre sus fanáticos. Lamentablemente, su vida personal fue el mayor obstáculo para lograr el éxito y el sitial que su talento merecía.

Uno de mis favoritos y mis maestros soneros, para mí, uno de los más grandes.

Lo admiré, aprendí de él y gracias a las bendiciones que he recibido en este oficio… conocí a Chamaco.

¡Camínalo!