La segunda oportunidad
"Ahora te digo a ti mujer, por si nadie te lo ha dicho, tú también mereces una segunda oportunidad".

Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 11 años.
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Cierto día, mirando los mensajes en mi cuenta de Facebook, hubo uno que me llamó la atención.
Me compartían, sin muchos detalles, de una mujer que dormía en su carro en un garaje de gasolina. La realidad fue que sacudió mi corazón, pero no sabía qué hacer. Hasta que recibí dos mensajes más en donde me dejaban saber que esa mujer había sido una trabajadora incansable, que sus hijas la amaban, pero ya se habían rendido con ella pues no se dejaba ayudar. Yo me decía: ‘Si ellas no pudieron, qué diantre voy a poder hacer yo que soy una desconocida para ella’. Pero Dios inquietó tanto mi corazón, y a Él jamás yo le digo que no, que fui una noche en busca de ella con mi esposo.
Llegamos a la gasolinera. Yo estaba un poco nerviosa, la busqué y no la encontré. Cuando ya me iba, le dije a mi esposo: ‘Espera, déjame preguntar a los empleados’. Mi sorpresa fue que ellos me dijeron que la historia era cierta y que la mujer estaba en el baño. Oh, Dios, ¿y ahora qué hago?
La esperé afuera. Cuando salió, me identifiqué y le pregunté si me regalaba unos minutitos para conversar. Ella aceptó un poco confundida, pero, sin saber cómo, abrió su corazón y me contó su historia. Una historia como la de muchas mujeres que tienen una vida estable, profesionales, con una familia bonita y, de momento… una frustración, una desilusión que las lleva a una depresión profunda la que luego no saben cómo salir. Lo triste es que en el proceso lo pierden todo sin darse cuenta.
Y sin juzgar -porque como dicen, nadie sabe lo que hay en la olla, sino la cuchara que la menea- le pregunté para conocer el por qué la familia que está cerca no lo puede manejar y se alejan sin poder dar la ayuda. Ella entendía que ya no era merecedora de nada, ya lo había perdido todo, que no había esperanza para ella.
Yo solo la escuché; mi corazón se quebró y le pedí si por lo menos me dejaba orar por ella. No solo me permitió orar, sino que me dio a la esperanza de poderla ayudar, ya que me dijo que lo pensaría y que regresara en otro momento.
Para hacerles el cuento largo, corto, se dejó ayudar. Entendió que todos somos merecedores de una segunda oportunidad. Que hay un Dios que la ama y que tiene cuidado de ella. Recuperó su vida, sus hijas, su familia. Pero, lo más importante, ¡recuperó la fe!
En su nueva vida, le diagnostican cáncer, pero ya ella no es la misma. Ahora es una mujer de fe, una guerrera que reconoce quién está con ella y por ella. Que está clara que con Cristo es más que vencedora.
Ahora te digo a ti mujer, por si nadie te lo ha dicho, tú también mereces una segunda oportunidad. ¿Y sabes por qué? Porque Dios también te ama, te escogió, eres bendecida, predestinada, aceptada, redimida, hecha a su imagen y semejanza. ¡Eres su hija!
¡Dios te bendiga!

