Luego de un año fuera de Puerto Rico, viviendo en su casa en Nueva York, doña María regresó a la isla. Desde julio no la veía. Nos habíamos mantenido cerca —a nuestra manera— entre cartas escritas a mano y llamadas esporádicas que siempre terminaban igual: con un “te quiero” sincero, sin adornos. La semana pasada, apenas llegó, me llamó: “Gaby, ya estoy aquí. ¿Cuándo vienes a comerte unos sorullitos conmigo?”. No hizo falta más.

Volví a Arecibo, esta vez a su otra casa, cerca de la playa. En el balcón —que da directamente a la calle— me esperaba la escena de siempre: el café colao, los sorullitos recién hechos… y ella, con esa sonrisa que no entiende de calendarios ni de años. Nos abrazamos como si el tiempo no hubiera pasado, como si ese año hubiese sido apenas un paréntesis sin importancia.

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Pero María nunca se queda en lo predecible. “Hoy nos vamos pa’l agua”, me dijo, con esa picardía que no negocia con la edad. Y así fue como, minutos después, estábamos camino a la playa de El Muelle, ese mismo lugar donde su padre salía a pescar de madrugada y donde ella lo esperaba sentadita en la arena, contando nubes. Nos metimos al agua, y allí estaba ella, con sus noventa y seis años, riéndose, salpicando, disfrutando el mar como si fuera la misma niña descalza de sus historias. Yo la miraba y pensaba en lo absurdo que a veces resulta medir la vida en números, porque hay personas que envejecen… y hay otras que simplemente acumulan tiempo sin perder nunca la capacidad de vivir. María pertenece, sin duda, a las segundas.

Al salir del agua, como si el día apenas comenzara, me dijo: “Vamos a seguir el día como se supone”. Eso, en su mundo, significa comer. Fuimos a buscar pastelillos de cetí, de esos que saben a costa, a tradición, a pueblo. Luego me llevó a su rincón favorito de Arecibo: una pocita de agua cerca del faro, un lugar casi secreto, entre palmeras y rocas que emergen del mar. Allí el agua es tranquila, transparente, y el tiempo parece moverse más lento.

Nos sentamos a conversar sin prisa, del pasado, del presente y de todo lo que cabe en una amistad que, aunque reciente en años, se siente vieja en el alma.

De regreso a su casa, ya en la tranquilidad del balcón, sacó su teléfono y me dijo: “Te voy a presentar a uno de mis hijos”. Al otro lado de la pantalla, desde Estados Unidos, apareció su rostro. Sonrió al verme y, sin rodeos, soltó una frase que me atravesó: “Tú eres el hijo número ocho de mi mamá”. María tiene siete hijos. Yo no supe qué decir. Solo sonreí, porque hay momentos en la vida en que las palabras sobran.

Antes de irme, nos quedamos en silencio unos segundos, mirando hacia la calle, viendo pasar la vida como quien observa un río que no se detiene. Pensé en todo lo que había pasado desde aquella primera carta, en lo improbable de este encuentro, en lo sencillo… y a la vez, en lo extraordinario.

Doña María me volvió a recordar algo que la vida insiste en enseñarnos: que el amor no siempre llega en las formas que esperamos, que la familia no siempre se define por la sangre y que vivir bien no es cuestión de años, sino de ganas. Porque hay quienes pasan la vida esperando el momento perfecto, y hay quienes, como María, entienden que la vida —simplemente— se vive.

Sin excusas, sin miedo y, si es posible, con los pies en el agua...