Roberto Clemente: todavía es difícil aceptar la partida de
El ex compañero de juego de Roberto Clemente Manny Sanguillén sigue extrañando a su gran amigo.

Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 14 años.
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Pittsburgh, Pensilvania. La relación de Manny Sanguillén y Roberto Clemente iba más allá de ser compañeros de equipo o de dos latinos que intentaban abrirse paso en las Grandes Ligas.
Eran hermanos.
El ex receptor panameño de los Piratas de Pittsburgh no solo admiraba al astro boricua como jugador, sino también como ser humano, aquel que le enseñó a amar el deporte del diamante, a superar las dificultades de ser un latino de raza negra en Estados Unidos y a siempre sentirse orgulloso de sus raíces.
Por eso, cuando el avión que se disponía a llevar a Clemente a Nicaragua con ayuda humanitaria para los damnificados por el fuerte terremoto de 1972 se estrelló frente a las costas de Puerto Rico, Sanguillén no pudo quedarse de brazos cruzados. Fue uno de los que se lanzó al mar con un tanque de buzo a intentar encontrar su cuerpo.
Cuarenta años después, a “Sangui”, como se le conoce en Estados Unidos, todavía le cuesta hablar de la partida de Clemente. La jovialidad que le caracteriza se apaga instantáneamente al recordar su muerte, sobre todo, porque nunca pudo despedirse de su mejor amigo y porque está seguro de que –de haberlo visto un día antes– lo hubiese convencido de que no viajara a Nicaragua.
“Fue durísimo para mí. Todavía voy a Puerto Rico y siento que voy a buscar a Clemente”, dijo Sanguillén en un encuentro con Primera Hora en septiembre en Pittsburgh, en ocasión de la celebración del 40 aniversario del hit 3,000 del eterno jardinero derecho de los Piratas.
La muerte de Clemente sorprendió a Sanguillén mientras estaba en Puerto Rico, pues pertenecía a los Senadores de San Juan en el béisbol invernal.
¿Qué recuerda de la muerte de Roberto Clemente?
Eso es una cosa de la que ni me gusta hablar… Clemente tenía la oficina (el centro de acopio) detrás de Plaza Las Américas. El día 30 yo iba con mi esposa (para Plaza). Clemente pasaba en su carro y me dijo: “Oye, ve a mi oficina, que quiero hablar contigo”. Y esto es algo increíble. Yo sabía dónde estaba (la oficina), pero ese día la busqué y no la encontré... Al otro día, el 31, íbamos a jugar a las 12:30 del día. Entonces, llamé a Clemente a su casa y me dice: “Negro, después del juego, quiero verte. Llega a la oficina”. Recuerdo que fue un juego larguísimo. Yo salí rápido del estadio y, cuando traté de arrancar el carro, no quiso arrancar. Como era cruzando la calle, llegué directo a la oficina de Clemente y, cuando llegué, me dijeron que hacía cinco minutos se había ido de la oficina para el canal de televisión. Y no pudimos hablar.
Si usted hubiese podido hablar con él, ¿lo hubiese convencido de que no se fuera?
Yo creo que sí.
¿Por qué?
Honestamente, yo no tenía ni idea de que él iba a montarse en ese avión. Yo pensaba que iba a poner todo en el avión y se iba a quedar. Dice doña Vera que él le dijo que tenía que ir porque allá los militares se estaban llevando todas las cosas y no se las estaban dando a los pobres (Nicaragua era gobernado por un régimen militar bajo el mando del dictador Anastasio Somoza).
¿Cómo se enteró de su muerte?
Luis Mayoral (cronista deportivo y amigo de Clemente) vino a tocarme a la puerta. Me dice: “¿Tú sabes que el avión de Clemente se cayó?”. Yo me volví loco… Y nunca llegamos a comunicarnos. Eso siempre me afecta. Por eso no me gusta hablar de ese día (con voz entrecortada).
Los próximos días fueron eternos para Sanguillén y todo el que amaba a Clemente. El mar se quedó con el ídolo boricua y nunca lo quiso devolver.
“El tiempo que estuve allá, caminaba todo el tiempo por la playa. Iba a la orilla del mar, esperando a ver si veía algo, un pedazo de palo, algo…”, indicó Sanguillén.
Tanta fue su desesperación que a los tres días del accidente, según contó, no aguantó más y junto con el ex pelotero Rusty Torres se unieron a los buzos que organizaban la búsqueda.
“Le dije a uno de los buzos: ‘Ponme una cosa de esas a mí también (tanque de buzo)’. Me amarraron a una soga y me tiré. (Pero) Apenas yo caí en el agua, había una corriente tan fuerte que en dos segundos estaba detrás del bote y halé la soga para que me subieran”.
Cuatro décadas han pasado desde aquella triste noche del 31 de diciembre de 1972. El cuerpo de Clemente nunca apareció. Pero el panameño no pierde las esperanzas de en algún momento, muy lejos de este plano terrenal, volverá a encontrarse con su hermano.
“Todavía sigo orando por él… Tengo fe de que lo voy a ver en el cielo”.

