Uno dice Argentina y primero que todo piensa en Messi. Uno dice Croacia, y antes que nada piensa en Modric. El antes de todo en la semifinal de hoy podría sintetizarse en la magia inagotable de ese par de monstruos, dos jugadores que alumbran el césped, que irradian esa inagotable fuente de talento. Messi y su fama de ser el mejor del mundo. Modric y su estirpe de artista balcánico. Por ahí puede pasar el antes de todo, pero no todo. Hay más, tienen más.

Uno quiere verlos ya en la cancha, a los citados Messi y Modric, para que libren una digna batalla de grandes jugadores, que en algo se parecen, quizá en su desenfrenado silencio, esa calma letal que antecede una tormenta; aunque en Messi, está visto, hay en este Mundial cierta rebeldía adicional que asoma como una ayuda extra para ganar esta Copa del Mundo, como si Maradona le hablara al oído para que él hable, y Modric es Modric en esencia, un maestro de distribuir el juego, de tocar con resortes para que la pelota vuelve a su empeine.

Pero no están solos. Messi lidera un ejército muy dinámico, muy lanzado adelante, muy de ferocidad ofensiva, de buenos laterales, de jugadores que aplican la intensidad de juego como su estatus de batalla. Los argentinos son obreros descamisados dispuestos a dar la vida en cada pelota, y son obreros porque construyen algo de lo más difícil de construir, lo intangible de la obra: el espacio. Y los hacen Mac Allister, De Paul, Enzo, Álvarez o Di María cuando está en sus buenos días.

Si a Messi lo anulan, si es que eso es posible, o si lo incomodan mucho o le pegan mucho o lo bravean mucho, los demás asumen el desafío, van en bloque, una peligrosa manada, veloz, por las bandas, por el centro, para dos cosas: o que el rival se vea sorprendido, o que descuiden a Messi un segundo, que eso para él es suficiente.

Los croatas son otra cosa, son guerreros de escudo y lanza y tal vez cara pintada, pero no son de los que solo se defienden, porque tienen su cuota de exquisitez y la aprovechan. Modric es el epicentro de todo, pero sus lugartenientes de lujo son Mateo Kovacic y Marcelo Brozovic, y cuando los tres tocan, hay cierta armonía, cierta seguridad. Bien lo dijo su compañero Juranovic, con ellos tres es más seguro darles la pelota que meter la plata al banco. Y el técnico Zlatko Dalic se regodea en decir que ellos son “el mejor centro del campo del mundo”.

Croacia, con ese engranaje, es toque, posesión y técnica: los que visten a cuadros hacen del juego un perfecto ajedrez.

Por eso se presume que el medio campo será un campo minado. Allí explotarán bombas, misiles y cohetes. El choque de fuerzas puede detonar ahí. El resto será la genialidad, el movimiento intempestivo que evite la monotonía de la confrontación. Y para eso están Messi y Modric, que son los más capaces de desdibujar un plan rival, sea en un arranque, una proyección, un pase que todo lo puede, o un truquito muy de los suyos.

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