Tan pronto Javier Culson cruzó la meta, Héctor “Cano” Amill no pudo hacer otra cosa que sentarse a llorar.

Al entrenador de Culson lo asaltó de repente una emoción incontrolable cargada de los recuerdos luego de años puliendo a ese diamante ponceño.

“No pude aguantar, se me bajaron las defensas, por tanto luchar y luchar... se logró”, manifestó Amill.

Se conocen desde que Amill le daba clases a la hermana mayor de Culson como maestro de educación física en la escuela de Jardines en Ponce. Luego llegó Javier, con 12 años de edad, más alto que Amill y ya era campeón de 1,200 metros en la región de Ponce.

“A él no le gustaba entrenar. Corría, pero no practicaba”, recuerda Amill. “Cuando llegó a la escuela superior, le dije que solamente perdía con los hermanos Amador y que si entrenaba, iba a viajar como ellos. Y ahí fue que empezó a practicar de verdad”.

“Hemos ido, cada año, buscando marcas, poco a poco. De la escuela superior a la nacional, a los Penn Relays a la Universidad... Ya lleva ocho años corridos mejorando sus marcas”, relató.

Con el tiempo, la relación entre el maestro-entrenador y el atleta evolucionó irremediablemente a una de carácter familiar.

“Es que llevamos tantos años juntos... Conmigo, antes, era cuestión de que yo era su entrenador y maestro, pero nosotros no hablábamos muchas cosas. Ya después, cuando entró a la universidad, estábamos en otro nivel, entonces hablábamos más. Siempre seguimos juntos. Él me ve de esa manera y yo lo veo como si fuera un hijo, porque lo regaño y siempre estoy peleando con él”, contó Amill entre risas.

Ahora que Culson posee una medalla de plata en un Mundial, Amill reconoce que tendrán que trabajar mucho más.

“Ya llegamos como uno dice, al tope, pero la idea no es llegar únicamente, sino mantenerse allí arriba”, afirmó. “Lo bueno es que contamos con la ayuda de (su agente) Michael Johnson. Javier está muy bien, pero a partir de noviembre empezaremos a trabajar unos detalles para seguir mejorando”.