Hace dos semanas, Xiomara Molero hubiese querido tener a su señora madre en la gradas del teatro de la Universidad Interamericana para entregarle allí, de sus propias manos, la placa que le entregaron para confirmarla como una atleta exaltada al Salón de la Fama del Voleibol de Puerto Rico.

Sin embargo, este domingo, Día de las Madres, Molero le entregará simbólicamente la placa a su madre, Andrea Jiménez de Molero, quien además fue su alcahueta para su peculiar apetito, su acompañante a todas las canchas en las que jugó o ha dirigido en Puerto Rico, incluyendo las de playa, la vendedora de límbers en sus juegos universitarios, la doctora de la familia del voleibol con los remedio caseros, y la que señalaba al fanático rival o al local condicional y les decía: ‘esa es mi hija; no te metas con ella’...

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Por todo eso y más, Molero le entregará como regalo de Madres la placa de su exaltación.

“Definitivamente que es un regalo para ella porque mami fue un pilar en mi carrera -como lo fue toda mi familia. Fue la persona que estuvo ahí en todas las canchas. Es triste por su condición de Alzheimer, pero a la misma vez estoy contentísima por haber logrado lo que logré gracias a ella y toda mi familia”, relata Molero.

Doña Andrea, de 83 años, no estuvo en la ceremonia de exaltación porque padece de Alzheimer hace 10 años. Permanece en su hogar bajo el cuido de su esposo Ramón Molero, con quien tuvo cuatro hijos: Mayra, Maritza, Ramón y Xiomara, que es la pequeña de la casa.

Xiomara Molero sostiene su placa de exaltación que le dedicó a su señora madre.
Xiomara Molero sostiene su placa de exaltación que le dedicó a su señora madre. (Ramon "Tonito" Zayas)

Pero el emotivo discurso de Molero en la exaltación pareció transportar a doña Andrea hasta allí para recordar la formación de su hija como jugadora juvenil en el Albergue Olímpico de Salinas, sus seis campeonatos con Guaynabo y Caguas como jugadora, su histórico título como dirigente en Juncos y otros con la UPR de Río Piedras, sus participaciones en el voleibol playero, en campeonatos mundiales y más.

“Mami estuvo en todo”, dijo Molero. “Y ella no guiaba. Mi papá era el que guiaba. Y se quedaban en el carro dos y tres horas esperando a que terminara la práctica; en esos tiempos no se permitía que entraran a las canchas. Y yo -de grande- me la llevaba para todos lados, hasta cuando iba a trabajar de comentaristas a los juegos transmitidos”, recordó en entrevista.

Xiomara y doña Andrea se acompañaban a todos los lugares y canchas de juego.
Xiomara y doña Andrea se acompañaban a todos los lugares y canchas de juego. (Suministrada)

El discurso pareció recordar también el cariño que la familia de voleibol le cogió a la fanaticada número 1 de Xiomara.

“Mami hacía té y le daba a los árbitros y coaches. Luego, le decían ‘se me quitó lo que tenía’. La gente no se olvida del arroz con pollo de Mami. Ella iba a los juegos de playa y no le gustaba la arena. Pero los árbitros la dejaban entrar a su carpa. Ella se ganó ese aprecio”, dijo Molero.

Xiomara tiene a su madre viva, aunque extraña la comunicación que tenían con ella antes comenzar a padecer la degenerativa condición. Xiomara dice que le habla, que le cuenta lo que le está ocurriendo con ella, sus actividades, como la exaltación o el otro momento cumbre que vivió: la participación en los Juegos Olímpicos Río 2016 como parte del cuerpo técnico de la Selección Nacional femenina.

Le habla aunque no responda porque sabe que doña Andrea le escucha.

“Ella me hablaba (del juego). Me decía: ‘mira a ver que haces con las muchachas (jugadoras) para que el equipo gane el juego. Me daba responsabilidades. Me llamaba durante el día en los días de juego y me decía ‘ya oré por ti’; ‘¿estás lista para el juego?’ Siempre estaba pendiente. Desde hace 10 años no tengo esa llamada. Extraño esa llamada”.

Así que Molero dijo que este domingo Día de Madres, en otro momento para agradecerle a doña Andrea su ‘omnipresencia’, su apoyo, por ser parte de la familia del voleibol, por el compartir de los sufrimientos y las alegrías, los títulos y las derrotas, por acercar los buenos fanáticos y hacer respetar a los malos, por poner su grano para formar quien ella fue, posiblemente, la jugadora más completa e inteligente del voleibol boricua.

“Es un regalo para ella por haberme acompañado”, dijo.