“Michael”, el fime biográfico sobre Michael Jackson del director Antoine Fuqua, es una especie de película de fantasía que revive los extraordinarios momentos altos del Rey del Pop, pero que se hace de la vista gorda ante los bajos.

Por la naturaleza de las condiciones de la producción -entre sus productores figuran los albaceas de Jackson- se trata de una mirada limitada y autorizada sobre Jackson. El filme termina antes de la lluvia de acusaciones de abuso sexual infantil, o del propio reconocimiento de Jackson de que dormía junto a niños.

“Michael” ni siquiera hace un guiño sutil a estos hechos. Les hace un “moonwalk” y los pasa de largo.

Hablamos de uno de los más grandes artistas de canto y baile del siglo XX; la conexión que forjó con millones de fanáticos no debe pasarse por alto, pero obviar sus problemas convierte a “Michael” en un cuento de hadas tanto como el País de Nunca Jamás de Peter Pan.

“Michael” incluía originalmente escenas que abordaban las acusaciones de abuso sexual, pero se recortaron debido a estipulaciones en un acuerdo anterior. La película terminada, con guion de John Logan (“Gladiator”, “Aviator”), está estructurada en gran medida como un drama de padre-hijo. En las primeras escenas, Joe Jackson (Colman Domingo) entrena a sus hijos a la fuerza para convertirlos en los Jackson 5 y azota al pequeño Michael con su correa.

Aunque “Michael” abarca la época de los Jackson 5, “Off the Wall” y “Thriller”, su hilo conductor es la lucha de Michael por emanciparse de su padre y manejador autoritario. En ese sentido, se parece bastante a “Elvis” de 2022, que también giraba en torno a la dinámica entre Presley y el controlador coronel Tom Harper.

Del mismo modo, el enfoque de “biopic” a grandes trazos y de enfocar en sus éxitos está muy presente en “Michael”. Fuqua, conocido por thrillers contundentes como “Training Day” y “The Equalizer”, escenifica con astucia algunas secuencias en las que resalta el poder vocal puro, aún no corrompido, del joven Jackson.

Lo que le ocurrió al cantante al hacerse adulto, muchos lo considerarían como una asombrosa historia de éxito y también una tragedia estadounidense. “Michael” no busca ese equilibrio. Principalmente, sigue el surgimiento de un ícono: Fuqua se aferra casi por completo a Michael, el mito.

Tal como lo interpreta Jaafar Jackson, Michael es un chico inocente que cargaba las cicatrices del abuso y, aun así, mantenía una fe infantil en la música: rey y víctima del pop, a la vez. Su actuación es un facsímil notable y encantador, no solo por los pasos de baile y la voz al cantar, sino, más crucialmente, por canalizar la dulzura de Jackson.

“Michael” concluye con una extraña nota de triunfo y considerando hacia dónde terminaría yendo la vida personal de Jackson, resulta completamente falsa.

Pero cuando la película se ciñe a la música, como suele hacer en abundantes interpretaciones de conciertos, es difícil no conmoverse. Hay una emoción innegable en ser transportado de vuelta a una época más inocente que despertaba al poder del espectáculo pop, cuando los estadios cantaban al unísono “Man in the Mirror” y “Human Nature”.

La nostalgia que despierta por Michael Jackson es innegable, pero creer ciegamente solo en esa celebridad, en esa fantasía, es repetir una historia triste una vez más.