Riqueza artística

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La opulencia y luminosidad del oro han seducido al panorama artístico durante siglos. En el Antiguo Egipto, el lujoso metal se utilizó ampliamente como elemento decorativo, especialmente en elaborados sarcófagos y en la ornamentación de vasijas. Asimismo, los faraones de esta longeva civilización, que comenzó alrededor del sexto milenio a.C., gustaban de exhibir suntuosas joyas de oro para mostrar su riqueza y poderío.
“Ya los egipcios y tribus anteriores lo utilizaban porque era uno de los metales más fáciles de trabajar, se encontraba en la naturaleza y podían trabajarlo directamente con herramientas comunes como piedras”, afirma Ángel Santiago Torres, conservador de esculturas y objetos tridimensionales del Museo de Arte de Ponce (MAP).
Vínculo con la religión
Importantes corrientes artísticas posteriores valoraron también las virtudes estéticas del oro. En el arte medieval, tan ligado a los símbolos religiosos, se empleaban delgadas láminas de oro para representar el mundo celestial y lo espiritual. Richard Aste, curador asociado del MAP, explica que en los lienzos de este periodo -particularmente en el arte bizantino- el fondo de las composiciones religiosas estaba cubierto en las brillantes hojas.
Más allá de su grandiosidad visual, estos detalles en oro estaban cargados de un evidente simbolismo: representaban la riqueza espiritual y el poder divino de los íconos de la época, incluidos Jesús, María y los santos.
“El oro es algo precioso, y cuando lo aplicas a una obra de arte, sube su valor económico y, conjuntamente, el valor simbólico de la composición. Si es una obra religiosa, entonces se tiene que utilizar un material prestigioso -como el oro- porque el mundo religioso es mucho más elevado que el cotidiano”, revela Aste.
En la Edad Media, así como posteriormente en el Renacimiento, las laminillas de oro se utilizaron además para dorar los marcos de las pinturas, embellecer los altares de las iglesias y dotar de brillo muchos libros.
Importante elemento decorativo
Por su inigualable resplandor, el oro fue un material recurrente en el decorado del sofisticado mobiliario del Rococó francés. En este movimiento artístico, que se desarrolló en Francia en el siglo XVIII, los muebles bañados en el precioso metal destacaban por su elegancia y por los juegos de luces que producían.
En el arte moderno, el vienés Gustav Klimt es conocido por el uso del oro en sus pinturas. Una de sus más famosas obras, “El beso” (1907), parece teñir la pasión de dorado con las numerosas hojas de oro que destellan en el lienzo. El valioso material le presta a la obra la apariencia de un majestuoso tesoro y, de paso, la ha convertido en un verdadero ícono de la historia del arte moderno.

