Sacralizar el dolor es una de las pocas trampas literarias de las que Leopoldo Brizuela se protege concienzudamente. A otras, como intentar huir del cliché, se entrega despreocupado, al menos en el nivel consciente.

“Hay gente a la que le basta menos para aprender más. Hay gente que sufre grandes dolores y no aprende nada. No siempre de lo malo se saca lo bueno”, afirma el escritor cuando reflexiona sobre el gobierno militar en su natal Argentina (1976-1983).

Aunque ese periodo sirve de base para la trama de su más reciente novela, Una misma noche, el jurado del Premio Alfaguara que ganó en su última edición eludió ponerle el sello de “novela histórica”. Brizuela también. Al narrador de 49 años le interesó más convertir en cohesión textual la diversidad de reacciones al miedo como condición humana.

Una misma noche toma como pie forzado la vivencia de un escritor cuyos vecinos son asaltados por agentes policiacos de manera similar a como lo hizo en esa misma residencia un grupo de la Junta Militar en 1976. El también poeta reconoce que esta premisa es biográfica.

“Lo más importante para mí fue constatar cómo persistía en alguna gente cierta capacidad de la reacción, y en otra gente la no reacción: cerrarse y no darse cuenta de que te estás cerrando”, explica.

Leopoldo Brizuela es consciente de que ese miedo y esa inmovilidad ante los abusos políticos son dos temas harto frecuentes en la literatura en general.

“En un nivel consciente, nunca me preocupo por el cliché. Si caigo, lo lamento, pero no lo evito porque, desde un punto de vista, todo puede ser un cliché. En un nivel inconsciente, uno va buscando escapar de los relatos habituales”, reconoce.

En este caso, su técnica estribó en plantear un recuerdo una y otra vez desde perspectivas distintas, con elementos nuevos en cada evocación. El reto mayor fue “recuperar la voz del chico de 13 años en un suceso de 1976 que siempre había sido descifrado por adultos”, describe el autor acerca de las 276 páginas llenas de diálogos, oraciones de 10 palabras –como mucho– y un tono de desesperación pueril difícil de digerir en el primer intento.

“Cuando terminé de escribir la novela, me dio un gran alivio. Tuve una sensación distinta, sobre todo con respecto a mi pasado. No tengo ninguna lucha con esa época, pero mi manera de relacionarme con los demás ha cambiado. Antes me escondía más debajo de la apariencia, siempre era un tipo simpático”, analiza.

“De las dictaduras militares... pues, cada cual aprende de manera diferente”, sentencia mirando el horizonte marino en la terraza de un hotel de San Juan.