Con emoción de niño y sabiduría de abuelo

Nota de archivo: esta historia fue publicada hace más de 18 años.
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Chavito Marrero ha labrado seis décadas de carrera sin sentir que trabajaba. Ni siquiera sabe si ha llegado a alguna parte como actor. Y si llegó a algún sitio, se lo agradece a su “ángel”, como refiere a su esposa, la actriz Mercedes Sicardo.
“El actor nunca sabe dónde está, y si sabe dónde está, es que no sabe dónde está. Si una persona cree que porque las emociones se le dan rápidas va a acabar en el teatro y va a ser un éxito todo lo que haga, está muy equivocada”.
Bajo esta visión, José Luis Marrero, su nombre completo, ha llevado su profesión y seguirá así hasta el último momento, porque aun cuando la vida le plantea un nuevo ritmo, debido a su condición pulmonar –que lo obliga a usar oxígeno las 24 horas del día– es ahora que encamina, quizás, su proyecto más mimado: un libro para estudiantes de drama. El texto servirá, además, para conocer cómo “dos personas pueden unirse en un mismo círculo amoroso para realizar todos los sueños que se han impuesto, sin discusiones sobre el tema de teatro, sin menoscabo ni menosprecio cada uno del otro”.
El actor, de 81 años, habla de su presente y pasado artístico y personal con la emoción de un niño y la sabiduría de un simpático abuelo. Es así como comparte con PRIMERA HORA las vivencias que enmarcan su trayectoria, una estrechamente ligada a su unión de 47 años con su esposa.
Su camino hacia los escenarios comenzó a abrirse desde su infancia, etapa que lo “llenó de entusiasmo para hacer lo que he estado y estoy haciendo”.
“Yo dramatizaba cositas que mi padre escribía, por ejemplo, siempre hacía el niño del pueblo que va al campo, le reciben y eso también me fue entrando. Mi madre también era muy embelequera, me vestía de todo, salía en todos los dramas de la escuela”, recuerda rodeado de retratos, premios, logros que adornan la sala de su hogar en Río Piedras.
Pero, llegado a la Universidad de Puerto Rico, comenzó estudios en medicina, de lo que completó el curso básico, en 1943.
“A mí me habían operado del apéndice cuando era un niño, y yo pensaba que curar era hermoso, que curar era noble, grandioso, y me di cuenta que el actor también cura a través de la risa”, afirma.
Fueron obras del teatro universitario como “El pavo real”, de Eduardo de Marquina, las que, finalmente, colmaron su ansiedad por ser actor.
En ese descubrimiento se encontró con el maestro Leopoldo Santiago Lavandero, pieza medular en su desarrollo actoral.
Su primer encuentro con el teatro fue con los clásicos como “La vida es sueño”, de Calderón de la Barca, y “El retablo de las maravillas”, de Miguel de Cervantes, “y éstos me llenaron de más entusiasmo todavía”.
¿Qué personaje lo marcó, lo define?
–El mío es el jíbaro. Mi personaje principal, el que me puede, es el jíbaro, ése es el que me ha hecho ser meticuloso, estudiar cada vez más el jíbaro en todas sus facetas, porque hay que sentir el jíbaro hondamente para poder desmenuzarlo, interpretarlo.
“He llorado con directores como Pablo Cabrera haciendo ‘Antígona Pérez’, de Luis Rafael Sánchez, porque no me salía el personaje, no daba con él, entonces, el director tenía paciencia conmigo hasta que me daba esa luz, y yo la agarraba para lograrlo”, recuerda.
El padre de María Lourdes, José Luis y Ana María no identifica ninguna caracterización de la que se arrepienta, aunque reconoce que hubo unas “bien malditas”.
Nacido el 20 de julio, en Río Piedras, Chavito se ha destacado en todos los quehaceres del teatro. Desde luminotécnico y escenógrafo hasta actor y director. Ha laborado, además, en todos los géneros y escenarios: teatro, televisión y cine.
Actualmente aparece en las pantallas de cine nacionales como “Cirilo”, “un hombre sumamente afable, capaz de hacer maldades”, que experimenta el amor en la tercera edad en la película boricua “Maldeamores”.
“El amor fue a primera vista con el libreto y con el genio creador que tiene Carlos Ruiz en unión con Mariem (Pérez, directores de la cinta)”.
¿Cómo compara el teatro actual versus el que vivió en su desarrollo como actor?
–Yo me pregunto, si fuera un actor jovencito en esta época, qué hubiera hecho, porque es muy fácil decir me hubiese puesto a barrer el piso... no puedo juzgar a nadie, los tiempos están fuertes, el arte teatral se ha ido achicando, pero hay bonitas producciones, actores muy capaces, es una lástima que no hay suficiente trabajo para ellos, porque la juventud está demostrando que son excelentes intérpretes y se les puede confiar libretos, que saben cómo hacerlo.
Tan pequeño como un chavito
La firmeza con la que fija sus actuaciones también lo define como persona.
“Cuando dice Chavito Marrero: Éste es el camino' y me dicen: No, vas mal, si me lo demuestran, me desvío hacia el camino que me muestran”, advierte este buen amigo y mal enemigo, “porque no tengo enemigos ni quisiera tenerlos”.
¿Quién le puso Chavito?
–Cuando entré a tercer grado, la maestra me dijo: ‘Ven a la pizarra y escribe tal cosa’, y fui y le dije: ‘No alcanzo’, y me tomó en los brazos y escribí lo que quería, y me viró hacia los niños y dijo: ‘Lo ven, es tan pequeño que parece un chavito, y los niños empezaron: ‘Chavito, chavito...’ y mi mamá me dijo que cuando me pusieran un sobrenombre, nunca me molestara, porque si me molestaba, me iban a llamar peor, entonces, no me molesté, porque como que me gustó oír un montón de gente gritándome: ‘Chavito, chavito, chavito’, y hay muuuuchas satisfacciones que me ha dado Chavito.
¿Alguna que pueda contar?
–La primera o más fuerte y más bonita, fue cuando voy a buscar a mi hijo al colegio San Antonio, aquí en Río Piedras, y estaban todos los niños jugando y uno dice: ‘Mira, Chavito ven acá’, y digo: ‘Esos nenes me están llamando’, (pero) era a mi hijo. Y lo llamé y les pregunté: ¿Por qué te dicen Chavito?, me miró y me dijo: ‘¿Te molesta, papá’?, y me dolió lo que le había preguntado, pero me llenó de un gran orgullo, porque entendí que si le gustaba a mi hijo, es que me quería mucho, y eso pudo mucho.
El recordado “Ignacio” en “Tiempo muerto”, de Manuel Méndez Ballester, dice que, compartió su rol de padre con el teatro, sin embargo, le alegró que ninguno de sus hijos incursionara en ese espacio. “Tal vez porque temía que fueran incorrectos con alguno de mis hijos”.
Para ella es Chavo
La historia de Chavito y Mercedes comenzó en unas escaleras, aunque se habían visto antes actuando en el teatro.
“Cuando la vi bajando las escaleras dije: ‘Wow, cómo baja las escaleras’, un pie detrás del otro, suavemente, y dije: ‘Una señorita que baja las escaleras con ese donaire, con esa gracia, con esa suavidad, debe ser así siempre con uno’, y eso pues a primera instancia, me gustó mucho”, confiesa.
Juntos han laborado en piezas como “El misterio del castillo”, “La hiel nuestra de cada día” y “La enemiga”. En ésta, él fue su director.
“Una vez un compañero me dijo: ‘Si yo llego a ser tu mujer y tú me diriges como tú la has dirigido, llegaba a casa y te envenenaba’”, contó de la caracterización que le mereció a Mercedes un premio de mejor actriz secundaria.
Chavo, como ella lo llama, y Mercedes se casaron en mayo de 1961 en Madrid, España, país natal de la actriz.
Desde entonces, son inseparables. Según él, han sabido manejar sus carreras sin dar espacio a los celos, tampoco a la condescendencia. A ambos se les dedicó el Festival de Teatro Puertorriqueño en 1999.
¿En qué se ocupa ahora, qué hace?
–Estar fuera del teatro es querer estar siempre... veo series de televisión, pienso en el teatro, como no puedo hacer mucho ejercicio, a veces siento que estoy corriendo, volando, esas cosas que llevan a uno a querer salir de su estado.
Chavito comenzó a fumar a los 17 años y no paró por 40 años. Al día, podía consumir tres y cuatro cajetillas, hasta que una placa mostró una oscuridad en los pulmones que lo estremeció.
“Si yo viviera mi vida igual, como hasta ahora la viví, con penas y alegrías, con tristeza, con llanto, con risa, la viviría igual, lo único que nunca fumaría, porque el fumar fue lo que me dejó esta secuela de caer en estados de bronquiectasia (destrucción y dilatación anormal de las vías respiratorias mayores), pero de la vida no me quejo, en absoluto, todo lo contrario”, expresa mientras disfruta escuchar a una paloma.
Algo que le provoca tristeza es la poca atención que, lamenta, ha tenido de sus colegas actores. “Da pena que cuando estás abierto para visitas, que no te vengan a ver”, resiente para enseguida advertir que no ha perdido su sentido del humor.
¿Cómo siente el Puerto Rico que vivimos?
–El Puerto Rico que se vive ahora lo siento como si fuera un viejo, viejo, viejo, que está adormecido o no quiere darse cuenta, no es que añore los tiempos pasados, sino que le gustaría rehacer el pasado para hacer un presente mejor. Necesitamos algo que nos haga despertar, lo necesitamos, pero no todo tiempo pasado fue mejor, puede ser que todo tiempo futuro sea mejor.
¿Cuál es el recuerdo que desea que quede de usted?
–Alguien que quiso lo mejor para ellos, que si llega al otro mundo, será pensar en ellos también, aunque dicen que el amor que se encuentra arriba no se puede compartir con lo abajo, entonces, uno dice: y ¿por qué? Si dejamos unos seres desesperados allá abajo, no pudimos hacer todo por ellos, simplemente dejarle una muestra de lo que uno quiso ser y nada más. Que los amo, que los amé, y los sigo amando.

