Durante años, el Día del Padre fue sinónimo de celebraciones, música y reuniones familiares para Nelson Díaz. Sin embargo, la llegada del Alzheimer transformó por completo la dinámica familiar y la forma en que hoy lo acompañan.

La presentadora y empresaria cubana Rashel Díaz comparte que cuidar a su padre, de 76 años, ha significado enfrentar una realidad tan dolorosa como reveladora. Hace dos años, Nelson fue diagnosticado con Alzheimer, una enfermedad neurodegenerativa que afecta la memoria, el razonamiento y la capacidad para realizar tareas cotidianas.

“Empiezas a verlo desgastado y la verdad da mucho dolor”, confiesa Rashel al describir el deterioro físico que ha observado en un hombre que durante décadas fue independiente, activo y lleno de energía.

La familia comenzó a notar señales de alerta en 2024. Nelson, quien siempre había sido amante de los viajes, el baile y las actividades sociales, empezó a aislarse, mostrarse irritable y perder interés en salir de casa. En ese momento, sus hijos atribuyeron los cambios al envejecimiento.

La situación tomó un giro dramático cuando Nelson fue encontrado inconsciente en su hogar. Aunque inicialmente se sospechó que había sufrido un infarto, los médicos determinaron que se trataba de un coma diabético provocado porque había dejado de tomar sus medicamentos durante varios meses. Posteriormente, los especialistas descubrieron que los problemas de memoria asociados al Alzheimer habían influido en el abandono del tratamiento.

El diagnóstico llegó después de un largo proceso de evaluación médica. Para Rashel y sus hermanos, la noticia marcó el inicio de una nueva etapa: la de convertirse en cuidadores de su padre.

Desde entonces, la familia ha tenido que adaptarse a los desafíos diarios que impone la enfermedad. Nelson olvidó habilidades que durante años formaron parte de su identidad. El exprofesor de inglés, autor de cuatro libros y lector apasionado, perdió gradualmente la capacidad de leer y escribir. También dejó de conducir, cocinar y orientarse por sí solo.

“Cada vez que sonaba el teléfono era para decirme que papi se había caído o que no sabía cómo regresar a casa”, recuerda Rashel. Ante esos episodios, la familia instaló cámaras de seguridad, sistemas de rastreo y aplicaciones de monitoreo para garantizar su seguridad.

Uno de los aspectos más difíciles del cuidado de un paciente con Alzheimer, explica la presentadora, es aceptar que la persona que se conoció durante toda una vida comienza a cambiar. Ver a su padre cada vez más dependiente ha sido emocionalmente devastador.

“Me mata su fragilidad”, admite. “Es impresionante ver cómo alguien tan fuerte se ha ido disminuyendo”.

Actualmente, Nelson reside en un centro especializado donde recibe atención diaria. Allí, sus hijos y amigos lo visitan con frecuencia, conscientes de que, aunque muchos recuerdos se han desvanecido, las emociones permanecen.

Rashel ha aprendido que los pequeños gestos pueden marcar una gran diferencia. Cuando lo visita, le habla suavemente, le toma las manos, le muestra fotografías familiares y le pone música de sus grupos favoritos. La reacción suele ser inmediata.

“Se ríe, baila y disfruta”, cuenta. “Tal vez ya no recuerde exactamente quién soy, pero sabe que la persona que tiene enfrente lo cuida y lo quiere”.

Aceptar que su padre ya no puede identificarla como su hija fue uno de los momentos más dolorosos del proceso. Sin embargo, con el tiempo comprendió que el vínculo afectivo sigue existiendo, aunque la memoria haya desaparecido.

La experiencia también le ha dejado una lección para otras familias que atraviesan una situación similar. Más allá de los tratamientos médicos y el apoyo profesional, considera que el amor es una herramienta fundamental en el cuidado de quienes padecen Alzheimer.

“No hay que tratar de que reaccionen como eran antes ni exigirles que recuerden”, afirma. “Lo que más necesitan es amor, paciencia y compañía”.

Para Rashel, acompañar a su padre en esta etapa se ha convertido en una oportunidad para devolverle el cariño recibido durante toda una vida. Una experiencia difícil, pero también profundamente humana, que le ha enseñado que incluso cuando los recuerdos desaparecen, el afecto puede seguir siendo reconocido.