Las obras teatrales provocan, seducen, envuelven al espectador en una marea de emociones que se logra con actuaciones acertadas y con una producción de altura.

Lo que todavía no ha podido hacer el teatro en Puerto Rico es generar ganancias, ser rentable.

Cada vez que el telón sube en un teatro puertorriqueño, los productores sudan la gota gorda, pues desconocen si el público asistirá y si recuperarán lo invertido.

Y es que el teatro en Puerto Rico no es un negocio porque no resulta rentable, según coincidieron los productores que participaron en una mesa redonda sobre teatro que organizó PRIMERA HORA.

La falta de una política pública cultural, la ley de descuento a los ancianos, los altos costos de producción, los impuestos gubernamentales son sólo algunas de las razones que han agudizado la crisis económica que viven los productores de teatro en la Isla, según señalaron.

El problema, puntualizó el dramaturgo Roberto Ramos-Perea, no se debe a la falta de fondos para hacer teatro, pues actualmente el Departamento del Trabajo y Recursos Humanos, así como la Legislatura y empresas privadas ofrecen dinero para este fin. Lo que sucede, dijo, es que no hay ganancias, no se devenga dinero suficiente del teatro.

“De repente, te encuentras con que tienes la posibilidad de pedirle dinero a una persona en específico y esta persona te dice que te va a dar el dinero, pero te pregunta qué recibirá a cambio. Ahí es cuando tienes un problema crítico porque el teatro no puede dar nada de vuelta porque el teatro no es rentable, nunca lo ha sido y nunca lo será”, manifestó el también director del Ateneo Puertorriqueño.

“Teatro pobre” y “Teatro de subsidio”

Producir una obra en la Isla varía en costos, dependiendo de quién la haga y dónde la haga. El actor Moncho Conde, por ejemplo, puede hacer una obra del conocido “teatro pobre” con cientos de dólares en su Teatro Diplo en Río Piedras, mientras que Joseph Amato y Juan González Bonilla, así como Luisito Vigoreaux, hacen una comedia con miles de dólares en salas más grandes.

Blanca Lissette Cruz, quien hace teatro escolar, destacó que una producción escolar puede costar entre $40 y $50 mil aproximadamente.

En los costos de producción se incluye el alquiler del teatro, el pago a los actores, a los técnicos y a todo el equipo de producción, así como la escenografía y otros gastos.

“Es una inversión muy grande para un periodo corto de presentación”, dijo Luisito Vigoreaux, quien a diferencia de los otros productores cuenta con su propio teatro, el Ambassador en Santurce.

Los fondos para hacer teatro en el país provienen principalmente de dos fuentes: del Gobierno y de la empresa privada.

Todos los productores que participaron en la mesa redonda, con excepción de Luisito Vigoreaux y Moncho Conde, necesitan la subvención del Gobierno para representar sus piezas. No hay manera, coincidieron, en que puedan hacer teatro sin estas ayudas gubernamentales.

“Seguimos siendo una generación de subsidios que no podemos sacar los pies del plato porque si no, no podríamos hacer teatro”, indicó Joseph Amato.

Ramos-Perea expresó que “no es posible” producir sin esa ayuda gubernamental y que el camino para desarrollar una industria que se sustente a sí misma “no es real”.

Moncho Conde es una excepción a la norma. No recibe ni fondos gubernamentales ni privados. Pero la falta de dinero, precisamente, es lo que mantiene su Teatro Diplo en Río Piedras al borde del cierre.

“Si los que reciben algo no pueden generar ganancias, imagínate nosotros que no recibimos ni un solo centavo. Yo tengo que trabajar para costear la renta de ese teatro”, apuntó.

Juan González Bonilla agregó que él y su socio Joseph Amato, inicialmente se negaban a recibir subvenciones, pero indicó que no había otra salida si querían vivir del teatro, como lo han hecho por los pasados 40 años.

“Cuando te dedicas al teatro para vivir, tienes que necesariamente pensar en una ayuda porque tienes que vivir y existir”, planteó Amato.

La ley de las personas mayores de 60 años y el instituto de cultura

Otro gran escollo para los productores es la Ley de Derecho de Admisión a medio precio para personas de 60 años o más y libre de costo para personas de 75 años o más.

Luisito Vigoreaux explicó que este tipo de descuento existe en Estados Unidos, específicamente en Nueva York, pero con un incentivo contributivo para el productor y con un límite de asientos por teatro.

“A nuestros sabios legisladores esa parte de que Hacienda nos devolviera los chavos se les pasó, pues esa parte estaba en inglés y no la entendieron”, comunicó Vigoreaux. “Esa política afectó mucho al teatro... Ahí te digo yo que si el teatro estaba tambaleándose, esa fue la estocada final”, agregó el productor televisivo.

El problema que enfrentan los productores con esta ley es que en ocasiones tienen funciones en las que prácticamente no ganan nada, pues la mayoría de la audiencia son ancianos que entran a mitad de precio o gratis.

“Somos la única industria que subsidiamos a nuestro público. Si fuera así con todo, estaría loco por cumplir 60 años para comprarme un carro a mitad de precio”, comentó Luisito Vigoreaux.

El Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP), ente gubernamental encargado de promover la cultura, no ha hecho nada para enmendar esta ley o para gestionar una política pública que ayude a palear esta crisis, según Ramos-Perea.

“La crisis tendría una solución si tenemos un efecto positivo en los medios y la política pública se arreglara”, expresó el director, quien calificó al ICP como un ente “entorpecedor” de la cultura.

Las movidas de estos productores, sin embargo, para lidiar con estas problemáticas han sido tímidas. Lo único que se mencionó como una iniciativa de autogestión durante la mesa redonda fue el proyecto de la Sociedad General de Teatro, que agrupa a 12 compañías que presentan obras teatrales gratuitas por diferentes pueblos de la Isla. Esta iniciativa funciona con una asignación especial del Departamento del Trabajo.

La asistencia al teatro, por otro lado, es fundamental para los productores, pues sin público no hay teatro. Cada género teatral tiene su público, el cual asiste a ver una pieza donde sea, después que le resulte “atractiva”. Hay producciones que pueden llevar meses en carteleras, sobre todo las comedias, y otras que duran una función. Todo depende, según los productores, de la promoción que se les dé.

“Nunca sabemos qué es lo que quiere el público, nunca”, expresó Juan González Bonilla.

Eugenio Monclova destacó que es necesario llevar a cabo investigaciones y estadísticas sobre quiénes van al teatro, qué ven, por qué van, entre otros cuestionamientos para los que no hay respuestas. Indicó que si no se realizan estos estudios u otros, el teatro estará lejos de convertirse en una industria y seguirá siendo visto como un mero entretenimiento “cultural”.