Nota el editor: Esta historia forma parte de la serie Coge Calle por la Isla donde te presentamos los lugares turísticos en Puerto Rico que pocos conocen y que valen la pena ponerlas en calendario para visitarlas en algún momento.

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Utuado. Marocael, o Makakoel, como se le ha denominado en tierra de la Ciudad del Viví, aún cumple su condena.

El cemí, cuyos ojos carecen de párpados, permanece cementado en aquellas piedras, vigilando el portal del inframundo y la génesis de la creación.

Está en el barrio Ángeles, a más de 800 pies sobre el nivel del mar, salvaguardando la majestuosa Cueva del Arco, de la que transcurre el poderoso río Tanamá.

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Según el utuadeño Roberto Bonilla, quien desde los 14 años guiaba voluntarios del Cuerpo de Paz en las entrañas del monte, Makakoel aún es “el espíritu de los caminantes”.

En ese lugar sagrado, las aguas son gélidas. Rugen sobre las piedras del río, creando arroyos a través del portal, que simula la punta de una flecha que señala hacia los cielos.

De la altura, cuelgan estalactitas y hay una ventana diminuta de donde emana la luz de la cueva que está justo encima del Arco. En sus paredes rocosas, las líneas de estratos sedimentarios marcan los millones de años de la existencia de este paraíso ancestral.

Los coquíes confunden la sombra de las ramas que apaciguan el picante sol con su posada. Las aves cantan y las mariposas aletean, buscando flores que polinizarán. En los árboles, se refugian caracoles; sobre el suelo, crecen los hongos.

Pero, para llegar a este lugar de placidez, es necesario pagar el precio: un largo trecho de varias horas a pie, repleto de árboles caídos, senderos angostos y cuestas fangosas.

La ruta

Bonilla, propietario de Tanamá Tours, se autodenominó el “pionero” del ecoturismo en el área, porque, hace 40 años, abrió el camino hacia el lugar, con machete, pico y pala.

Reconoce cada árbol caído y cómo el río cambia, tanto de profundidad como con el movimiento de las rocas cuando llueve en la Cordillera Central.

Para llegar a las cuevas, convocará a los turistas al kilómetro 45.2 que colinda con las intersecciones de las carreteras 602 y PR-111.

Antes de montarlos en su guagua, repetirá la advertencia de que es necesario ser una persona activa y con buena condición cardiovascular para disfrutar la travesía. No es un senderismo ligero ni de corta duración.

Los llevará en su camioneta hacia una calle estrecha y empinada. Súbitamente, girará hacia una vereda escondida, que alguna vez sirvió como el camino que utilizaban los pescadores.

Al igual que el tramo que le espera al turista, es una ruta escabrosa.

Al estacionarse, Bonilla proveerá un bastón de senderismo, un chaleco salvavidas y, si la aventura llega hasta la cueva subterránea El Portillo, un tubo para deslizarse por las aguas.

Por su parte, el turista deberá llegar equipado: calzando botas de senderismo y con mochilas impermeables que incluyan una merienda leve, agua, electrolitos y bolsas plásticas para proteger cámaras o celulares.

No es cualquier sendero. A lo largo de casi tres horas, en algunas áreas habrá que treparse sobre troncos de árboles o gatear bajo ellos, evitar resbalar sobre suelo húmedo, sentir bajas temperaturas y sujetarse con sogas para no caer por hendiduras en el tramo. Además, algunas pozas del río podrían requerir natación.

Por la ruta, se podrá observar el petroglifo de Makakoel, un batey abandonado, un altar taíno y un puente colgante.

No vayas solo

Quienes se aventuran a ir por su cuenta intentan pasar por una vereda que, aunque el recorrido es más fácil, está en propiedad privada.

No se debería llegar a las cuevas por esa ruta, para evitar estorbar la paz de los residentes.

Tampoco es recomendable llegar solo. El área no tiene señal de celular y podrían ocurrir accidentes serios. Se sugiere ir con guías experimentados, como Tanamá Tours.