El curioso bacalaíto de muñeco de jengibre que causa sensación en Camuy
La peculiar fritura, creada por los dueños de Chinchofrito de David, se ha convertido en uno de los grandes atractivos del puesto, donde también preparan alcapurrias y otras delicias criollas.
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Camuy. El aceite hierve cuando unas pinzas de metal levantan una figura dorada de la freidora. Tiene una cabeza redonda y extremidades cortas. Chorrea y, por eso, la clavan contra una vara para que escurra. Es un bacalaíto.
Al Chinchofrito de David, un pequeño puesto a orillas de la PR-129, en Camuy, llega gente de todas partes del archipiélago y hasta de Estados Unidos. No falta quien saca el celular para tomarle una foto. Se sorprenden.
“Dicen: ‘¡Wow, un bacalaíto en forma de nene’. Y yo les digo: ‘Es un bacalaíto en forma de muñeco de jengibre, porque en este negocio todo el año es Navidad’”, cuenta Andrés David Pérez, quien junto a su esposa Zaida González, son los propietarios del establecimiento.
Ingredientes especiales
La fritura sale con bordes crujientes. Y, por dentro, está mullida, rellena. Aquí no te venden “agua con harina y sal”, asegura el dueño.
Además de su toque personal –que incluye especias y pedacitos de pimientos verdes y rojos– el secreto está en el “amor y el cariño” que pone para prepararlos.
El trato también forma parte de la receta. Así lo confirman las reseñas. Andrés David siempre busca la manera de sacarles una sonrisa a los clientes.
“Queremos que te sientas bien”, apunta. “Que hayas pagado por algo, que te hayas comido algo que te gustó de verdad. Ese es el punto, que vuelvas o le digas a tu familia: ‘Mira, en el Chinchofrito de David hacen un bacalaíto brutal’”.
Más delicias
Pero en el menú hay más delicias que tiran a la leña. Como las alcapurrias, que nunca han conocido el freezer, de yuca o guineo, rellenas de carne molida, corned beef o jueyes. Y cuando es temporada, hacen una de pana con bacalao.
Pensando en los rellenos, un día Zaida le dijo a su esposo: “Vamos a hacerlas de pana con bacalao”.
Además, como todos los años el negocio abre en Viernes Santo, “mucha gente, por religión, no come carne. So, tenemos alcapurrias de jueyes, de pana con bacalao y caldo santo”.
Hace menos de un año también llegó una nueva incorporación. Las ventas habían bajado, así que Zaida ideó “algo diferente para atraer al público”.
Decidieron hacer sancocho acompañado de arroz con tocino, preparado según la receta de su difunta madre, pero le añadieron una que otra especia para darle su toque.
Ahora, aseguran, “nadie iguala” ese sancocho. “Ahí sí que es verdad”.
Un viaje a la felicidad
Cada uno tiene claro lo que aporta para la prosperidad del negocio.
“Yo soy la de las ideas”, reconoce Zaida entre carcajadas. “Pero él es el del sazón, cocina muy bueno”.
De hecho, confiesa que ya maquina en su mente el próximo invento. Que pronto pondrá a David, como siempre, a que lo haga realidad.
Sin embargo, más allá, ambos tienen un motor que les impulsa a encender el fuego cada fin de semana. Casi siempre ocurre al final. Luego que las familias, sentadas en la mesita del local, terminan de saborear el último bocado.
“Cuando se van a ir, dicen: ‘Me transportaste, es como si estuviera en casa de abuela’. Y hasta han dicho: ‘Tu bacalaíto es mejor que el de mami y mami lo hace bueno, pero que no se entere’”.
Y esa, precisamente, es su misión, “que con algo tan sencillo te transportes a donde eras más feliz”.
El origen de una idea grandiosa
Hace ocho años tuvieron que reinventarse. Había pasado el huracán María y ellos –Andrés David junto a su esposa Zaida González– vendían pinchos a los vecinos que no podían cocinar.
Pero llegó el momento en el que era necesario algo más. Comenzaron con un pequeño kiosco en madera. Fusionaron el afán boricua por el chinchorreo con la pasión por las frituras criollas: así nació Chinchofrito.
Primero, hicieron bacalaítos en forma de calavera para Halloween. Luego, se acercaba la Navidad y Zaida quería intentar algo diferente.
“Y surgió el muñequito de jengibre”, recuerda la mujer. “Desde ahí, se ha quedado y se ha convertido en el logo del lugar”.
Aunque por un tiempo lo escondieron, un verano llegaron unos turistas de Estados Unidos buscando la peculiar fritura. Entonces, volvió a salir el muñeco y no hay quien lo vuelva a ocultar.


