El paraíso escondido de Manatí que cobra vida de noche
Una caminata nocturna por la Playa Esperanza revela un paraíso natural cargado de biodiversidad.
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Nota el editor: Esta historia forma parte de la serie Coge Calle por la isla donde te presentamos los lugares turísticos en Puerto Rico que pocos conocen y que valen la pena ponerlas en calendario para visitarlas en algún momento.
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Manatí. Lejos de la contaminación lumínica de la ciudad, cantaban una pareja de aves playeras ostreras. Bajo el destello plateado de la luna creciente que se reflejaba en el Océano Atlántico, su pitido se entrelazaba con el choque de las olas contra las rocas de playa y la eolianita ayudada a formarse por el viento..
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La brisa fría erizaba la piel. En la arena corrían esporádicamente los cangrejos fantasmas y los saltarines. Las tortugas marinas habían dejado huellas de su anidación al pie de los árboles de uvas de playa.
A pocos pasos de la costa, adornada con corales cerebros, caracoles del Bulgao y los exoesqueletos de erizos lápiz, bailaban con el viento los árboles y las palmas que cubren las 110 cuerdas del bosque costero. Allí aleteaba el yaboa común y se escondía el bobo menor.
Paraíso es un nombre mísero para describir este lugar: la Playa Esperanza en Manatí, a unos metros de la Hacienda La Esperanza.
Siempre ha sido un imán atractivo, aunque para nuestros ancestros, no por su belleza.
En los años de 1800, los cimarrones veían en la eolianita -esas rocas formadas por sedimentos traídos por el viento- escondites de suministros para quienes se fugaban del castigo de sus amos y del trabajo forzado que pesaba en sus hombros. El espesor del bosque, las olas ensordecedoras y hasta la picada del mosquito eran los cómplices para asegurarles su escape, pues la naturaleza ensordecía a los españoles y le temían más a la fiebre amarilla que el acto de resistencia de los esclavizados.
Esta realidad histórica, así como nuestra encomienda para proteger la biodiversidad de nuestro ecosistema, es lo que se aprenderá durante el peregrinaje nocturno “Recorrido por la costa de Hacienda La Esperanza” que lidera la organización sin fines de lucro Para la Naturaleza.
“Estos bosques se usaban como refugio, no solamente de sobrevivencia, sino de resistencia. Hoy día somos libres, pero tenemos el pasado que ciertamente se nutre del sacrificio, la lucha, que hicieron estas personas, tanto nuestros ancestros africanos como las indígenas”, comentó el guía José Nevárez al rendirles unos segundos de silencio a nuestros precursores.
“No voy a ver el cimarronaje como un movimiento débil, un movimiento que ‘no me queda otra que huir’. Quizás este proceso de huida era momentánea, era temporera, era parte necesaria de la resistencia. ‘Tengo que dejar de estar esclavizado para estar en otra posición’, una posición que inspiraba y que producía una resistencia de forma directa e indirecta; directa porque simplemente te movías de la circunstancia de la esclavitud, pero indirecta porque cuando estas personas que estaban como cimarrones en la costa, a veces en los manglares, en la playa, en el bosque, servían como mecanismo de accionar a otras personas esclavizadas y poco a poco iban creando estos cónclaves de resistencia”, describió el experto.
Date la vuelta
Para disfrutar de esta experiencia, el visitante deberá llegar hasta la Hacienda La Esperanza, hermosa antigua azucarera que para 1870 albergaba a 153 personas esclavizadas bajo José Ramón Fernández.
Dependiendo de la congestión vehicular, el trayecto desde el área metro a Manatí suele extenderse no más de una hora. Las aplicaciones móviles de navegación, como Google Maps, llevan al conductor directamente al punto de encuentro.
En las tierras aún se erige la antigua casona que hoy día es laboratorio científico donde se estudia la flora, fauna y arqueología del lugar, una extensa reserva natural que conserva mogotes, pastizales, humedales, playas y la desembocadura del río Grande.
Cabe destacar que, además de los aproximados 25,000 árboles en el vivero, en el área de la Hacienda se han observado 449 tipos de fauna y 396 especies de flora, incluyendo las que están en condiciones críticas de protección como el carey, coral cuerno de alce, sapo concho y la cobana negra.
Los voluntarios transportarán a los participantes en un vehículo hacia los senderos que conducirán a la Playa, rodeados de plantas de caña. Una vez allí, el recorrido es de tres horas de duración e incluye andar por veredas un tanto escabrosas, hacia un pequeño cerro para observar el mar y las montañas que deleitan el paisaje y por la arena, mientras las olas del mar coquetean con ella.
En cuanto al nivel de dificultad, Para la Naturaleza lo catalogó como moderado, o nivel 2, ya que se requiere “condición física para realizar caminatas por lugares poco accesibles”.
Aunque la participación de menores quedará bajo la discreción y supervisión de un padre o tutor legal, la edad mínima es de 12 años.
Deberá reservar su espacio a través de reservaciones@pln.org o llamando al 787-722-5882. También, en la página web puede elegir una fecha disponible para su debida reservación.
Para un adulto individual, el precio es de $17, mientras que para estudiantes es $12. Los grupos de estudiantes que sobrepasen las 20 personas tendrán un costo reducido de $9.50.
Durante la caminata, los voluntarios proveerán binoculares, repelente de mosquitos y linternas de cabeza para su uso responsable en algunas partes del trayecto, evitando siempre afectar al ecosistema con luces brillantes y artificiales.
Se les recomienda a los visitantes usar calzado cómodo y cerrado, manga larga, un sombrero o gorra, una botella reutilizable y un cambio de ropa.
Así conocerá por qué el agua del mar es salada y el del río dulce, la razón por la que no se deberían sembrar palmas de cocos cerca de la costa, observará a la magnífica tijereta de mar y será testigo de “espacios como estos (que) guardan…recuerdos”.


