La marcada diferencia de comportamiento entre perros y gatos frente a la comida posee una explicación científica fundamentada en la genética y la evolución adaptativa de cada especie.

Mientras los caninos demuestran disposición para ingerir una amplia variedad de compuestos, los felinos domésticos sostienen una estricta selectividad alimentaria.

Estudios recientes en secuenciación de ADN permitieron descubrir que estas conductas no responden a caprichos conductuales, sino a mutaciones genéticas específicas que anularon la capacidad de los gatos para percibir determinados sabores, al tiempo que hiperdesarrollaron sus receptores orientados a los aminoácidos de la carne.

El análisis de las papilas gustativas revela cómo la dieta histórica de los animales moldeó sus genomas a lo largo de miles de años. Los perros, clasificados evolutivamente como comedores oportunistas, conservan la capacidad de procesar tanto carbohidratos como proteínas y vegetales.

En contraste, los miembros de la familia Felidae se consolidaron como carnívoros obligados, un factor biológico que provocó la atrofia de los mecanismos sensoriales que no resultaban indispensables para su supervivencia en el entorno salvaje.

La mutación del ADN que bloqueó el sabor dulce en los felinos

Una de las principales razones por las cuales los gatos ignoran los productos de repostería o alimentos ricos en carbohidratos radica en una alteración estructural de su código genético.

Los científicos identificaron que los felinos domésticos, así como los tigres y los guepardos, poseen una versión disfuncional del gen Tas1r2. Este componente, al interactuar con el gen Tas1r3, es el encargado de codificar las proteínas que configuran los receptores celulares del dulzor en la superficie de la lengua.

En los felinos, el gen Tas1r2 se convirtió en un “pseudogen no expresado” debido a la pérdida de 247 letras o pares de bases en su secuencia. Ante la ausencia de esta información molecular, el organismo es incapaz de generar la proteína esencial para detectar los azúcares.

Desde la perspectiva evolutiva, dado que los carbohidratos no forman parte de la dieta natural de un carnívoro estricto, la pérdida de esta función sensorial no afectó su supervivencia y se transmitió de forma permanente a las generaciones siguientes.

El receptor umami y la preferencia biológica por el atún

A falta de percepción dulce, el sistema sensorial de los felinos se encuentra altamente especializado en el sabor umami, el perfil gustativo vinculado a los alimentos ricos en proteínas y aminoácidos.

Investigadores del Instituto Científico Waltham Petcare en el Reino Unido comprobaron que los gatos expresan de forma totalmente funcional los genes Tas1r1 y Tas1r3, los cuales se acoplan para constituir los receptores del umami en sus papilas gustativas.

En ensayos clínicos dirigidos por el científico Scott McGrane, se ofreció a un grupo de 25 felinos la opción de elegir entre agua purificada y agua adicionada con moléculas de sabor umami. Los animales demostraron una preferencia absoluta por el fluido enriquecido con compuestos presentes en el tejido muscular del atún.

Esta afinidad molecular explica por qué los felinos domésticos muestran una atracción tan intensa por los pescados de agua salada, ya que dichos alimentos activan los receptores principales que regulan su instinto de ingesta de nutrientes.

Diferencias biológicas en la percepción de amargor y dietas

El sentido del gusto opera en el reino animal como un mecanismo de defensa y evaluación nutricional. El dulzor alerta sobre la presencia de fuentes de energía rápida, el umami denota la existencia de proteínas estructurales y el salado regula los niveles necesarios de sodio.

Por su parte, el amargor funciona comúnmente como un indicador de toxicidad o presencia de veneno en la naturaleza. En este ámbito, los gatos disponen de 12 genes para receptores amargos (de los cuales siete son funcionales), mientras que los perros poseen 15 genes orientados a esta función.

La amplitud de la paleta gustativa de los perros les permite asimilar carnes, cereales y materia vegetal sin registrar rechazo. Al respecto, Peihua Jiang, investigadora del Monell Chemical Senses Center de Filadelfia, señaló que existe una correlación directa entre lo que una especie consume y las modificaciones observables en su genoma.

Este fenómeno de optimización genética se repite en otras especies, como los osos panda —que perdieron el receptor umami tras mutar hacia una dieta exclusiva de bambú— o los cetáceos, que al engullir a sus presas enteras sufrieron la desactivación de casi la totalidad de sus genes del gusto.