Madrid. Ella, que detestaba la competitividad, pasó a la historia por ser la primera. También huía de la fama y, sin embargo, un asteroide y una cordillera montañosa en Plutón llevan su nombre.

La japonesa Junko Tabei fue la primera mujer que puso los pies sobre los 8,848 metros del Everest. Fue el 16 de mayo de 1975, hace ya 45 años, diez más de los que ella tenía cuando se subió al techo del mundo.

Y ella, que se confeccionaba su propia ropa de montaña con tela reciclada, a las dos semanas de bajar de la cumbre tuvo que ponerse un elegante vestido blanco para ser condecorada en palacio por el rey Birendra de Nepal. Al sonriente monarca le acompañaba su esposa y prima segunda, la reina Aishwarya, ambos también con sus mejores galas para recibirla como a una autoridad.

A su descenso del Everest fue recibida con todos los honores por el rey Birendra de Nepal y su esposa la reina Aishwarya, el 31 de mayo de 1975.

Junko Tabei nunca quiso ser reconocida como la primera mujer, sino como la trigésima sexta persona que coronaba el Everest. Y no porque su condición de mujer no hubiese marcado su vida.

Nació en 1939 en Miharu, Fukushima, y se inició en el montañismo de niña, aunque solo después de terminar su carrera universitaria se unió a clubes de alpinismo. En todos ellos era la única mujer, lo que le valió burlas y menosprecios.

Durante una ascensión al Monte Tanigawa conoció al que sería su marido, Masanobu Tabei, con el que tuvo dos hijos. Fundó el primer club japonés femenino de montañismo en 1969, que se estrenó a lo grande en 1970 con una exitosa expedición al Annapurna III (7,555 m). Un año después, formó un equipo de 15 mujeres para atacar el Everest y pidió el permiso preceptivo, que tardó en llegar cuatro años.

Junko dejó la piel en una tarea más dura que las rocas que escalaba: conseguir financiación para sus planes. De nuevo se encontró con miradas condescendientes por ser una mujer al frente de un grupo de mujeres. Finalmente, el diario Yomiuri Shimbun y la cadena Nippon aportaron la suma necesaria para completar lo aportado por las propias montañeras.

Llegado el momento, y en medio de una gran expectación mediática, el grupo emprendió el ascenso por la misma ruta que Sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay, las primeras personas en conquistar la cima, habían empleado en 1953. El 4 de mayo, mientras acampaban a 6,300 m, una avalancha sepultó a cuatro de las expedicionarias, Tabei entre ellas.

Tardó unos días en recuperarse, pero lo hizo y siguió camino de la cumbre. Tras una labor de selección llevada a cabo por la propia montaña, solo una mujer y un sherpa -no le dejaron contar con guías femeninas, como ella quería- podían intentar la cumbre con garantías. Y el grupo decidió que fuera Tabei.

El 16 de mayo, acompañada por Ang Tsering, la mujer que huía de todo protagonismo se convirtió en centro de la atención mundial. No fue consciente de la dimensión de su gesta hasta que regresó a Katmandú y fue recibida con un desfile en su honor y con la condecoración del rey. Por mucho que ese tipo de actos la incomodasen, se presentó en palacio con la misma sonrisa con la que pasó a la historia.

Tampoco perdió las ganas de subir a lo alto de las montañas. Ella fue también la primera que hizo las Siete Cumbres, los picos más altos de cada continente. Y siguió escalando, hasta que sus facultades quedaron seriamente menguadas por el cáncer de estómago que padeció los cuatro últimos años de su vida.

En julio de 2016, apenas tres meses antes de morir, aún tuvo fuerzas de dirigir en el Monte Fuji una expedición de jóvenes afectados por la catástrofe de Fukushima.