Vivimos en una época donde ser fuerte se ha confundido con no necesitar a nadie, con no intentar demasiado, con no insistir aunque algo valga la pena. El orgullo se disfraza de amor propio y el ego se vende como dignidad, como si intentar, comunicar o mostrarse vulnerable fuera perder poder. Es la era de frases como “me elijo primero”, “no me complico”, “si no vibra, lo suelto”.

Y sí, aprender a poner límites es sano; aprender a salir de relaciones dañinas es necesario. Esa independencia ha sido fundamental para muchas mujeres. Pero también ha traído una consecuencia silenciosa: hemos empezado a confundir amor propio con distancia emocional.

Y aquí es donde viene la parte incómoda: a veces lo que llamamos amor propio termina siendo una coraza, un filtro que oculta el miedo a volver a sentir, el miedo a permitir que alguien nos toque más allá del cuerpo y a preguntarnos si nuestra distancia es elección consciente o protección automática.

Y entonces aparece la pregunta que casi nadie quiere hacerse: ¿Y si no es que no quieres una relación, sino que no quieres repetir la experiencia que te hizo dudar de ti, volver a caer en el mismo patrón o sentir esa vulnerabilidad que una vez te dejó expuesta?

El problema es que el cuerpo no distingue entre “protección emocional” y autocuidado. Cuando aprendes a cerrarte para no volver a salir lastimada, también entrenas a tu cuerpo a mantenerse en alerta. Y el deseo no funciona desde la rigidez. El deseo necesita apertura, curiosidad, presencia y seguridad. Necesita que haya espacio para sentir sin estar calculando cada paso.

Por eso no es casualidad que muchas personas digan que disfrutan del encuentro físico, pero sienten que algo falta. No siempre es falta de química. No siempre es falta de técnica. A veces lo que falta es permiso para conectar sin estar a la defensiva.

Cuando convertimos la autosuficiencia en identidad, el placer también se vuelve más superficial. Funciona, cumple, pero no necesariamente atraviesa.

En consulta lo veo con frecuencia. Personas que dicen estar “bien así”, que no quieren nada serio, que prefieren no complicarse. Y eso puede ser totalmente válido, pero cuando empezamos a profundizar, aparece algo más complejo: cuesta confiar, cuesta bajar la guardia, cuesta permitir que alguien importe lo suficiente como para mover algo por dentro.

Algunas incluso reconocen que disfrutan el encuentro físico, pero se desconectan emocionalmente antes de que algo pueda volverse significativo. No porque no quieran sentir, sino porque aprendieron que sentir demasiado puede doler.

Entonces no es que no haya deseo, es que hay una parte que se mantiene protegida y cuando una parte de ti está a la defensiva, el cuerpo también se limita.

Y aquí es donde la conversación se vuelve más profunda y entra la responsabilidad afectiva. Porque si te has convencido de que cerrarte es fortaleza, también es posible que estés vinculándote desde la protección y no desde la conciencia.

Ser independiente no te exime de ser clara. No te libera de comunicar expectativas. No convierte la frialdad en madurez. A veces usamos el discurso de “yo soy así” o “yo no me apego” como una forma elegante de evitar conversaciones incómodas, pero que son necesarias.

La verdadera responsabilidad afectiva implica algo más profundo: es preguntarte desde qué lugar te estás relacionando. ¿Estás siendo clara o estás evitando? ¿Estás eligiendo o estás reaccionando desde una herida? Esa respuesta cambia la forma en que vivimos la intimidad.

No se trata de obligarte a sentir ni de forzarte a conectar. Se trata de reconocer si tu distancia es una decisión madura o una respuesta automática al miedo. Porque cuando no revisamos eso, podemos terminar repitiendo algo que criticamos: exigir claridad, pero no ofrecerla; pedir conexión, pero retirarnos cuando empieza a sentirse real.

Tal vez el verdadero amor propio no es cerrarte antes de que algo pueda doler. Tampoco es forzarte a estar con alguien cuando no estás lista. Es algo más honesto que eso. Ser fuerte no es no necesitar a nadie, no es apagar lo que sientes para mantener el control. Ser fuerte es poder comunicar, intentar, retirarte si es necesario, pero sin desconectarte de ti.

Porque cuando te cierras para no sufrir, también te cierras para sentir.

Y el deseo —como el amor— no crece en la distancia permanente. Crece donde hay presencia, claridad y responsabilidad.

(Este contenido tiene fines educativos y no sustituye una consulta profesional. Si deseas orientación sexológica o acompañamiento personalizado, puedes participar de la dinámica de preguntas anónimas Layla Responde o seguirme en Instagram @LaylaMParty para continuar la conversación sobre sexualidad, relaciones y placer, sin miedo y con conciencia.)