De Camuy a Mongolia: el soldado boricua que enfrenta climas extremos y la nostalgia del hogar
Samuel de Jesús comparte su experiencia de vida lejos de casa.
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Nota del editor: La serie Boricuas en la Luna destaca las historias de los puertorriqueños que han extendido las fronteras de la Isla al establecerse por el mundo, cargando con nuestra bandera, cultura y tradiciones.
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Aunque Samuel de Jesús se describe como una persona muy familiar, la búsqueda de nuevos horizontes y un futuro estable lo llevó a dejar su natal Camuy para adentrarse en el mundo militar de los Estados Unidos, una decisión que le ha enseñado a valorar las pequeñas cosas de la vida y a estar tan lejos de casa como en Mongolia.
De Jesús se crió en el barrio Membrillo de Camuy, rodeado del calor de sus abuelos, su madre y su hermana. Estudió Comunicaciones en el recinto de Arecibo de la Universidad de Puerto Rico, pero tras cuatro años de carrera enfrentó lo que describió como “una crisis existencial”.
“Yo quería como algo más”, recordó en entrevista telefónica con Primera Hora sobre aquel momento de incertidumbre. Fue entonces cuando, en busca de un nuevo rumbo, decidió darle un giro radical a su vida y firmar con el Ejército de los Estados Unidos (Army).

Su salida de Puerto Rico ocurrió en 2015, cuando partió a realizar el entrenamiento básico del Army, marcando no solo su primer viaje fuera de la Isla, sino también su primer gran distanciamiento familiar.
Esa travesía comenzó en Canadá y luego continuó en Alabama, donde completó la mayor parte de su preparación. Allí, sus días comenzaban antes de las 5:00 de la madrugada con un pase de lista, seguido de intensas jornadas de ejercicios físicos y formación técnica. A eso se sumaban guardias nocturnas que debían hacer por turnos, lo que le interrumpía el descanso.
Pero pese al rigor del entrenamiento físico y a lo exigente de la rutina diaria, lo más retante para de Jesús no fue el cansancio ni las madrugadas, sino lidiar con la distancia familiar.
“Fue un poco fuerte, no te lo voy a negar. Digamos que la separación familiar fue lo más fuerte”, confesó.
Durante las primeras diez semanas de entrenamiento, la comunicación con su familia fue limitada y se dio casi exclusivamente por carta. La imposibilidad de hacer llamadas hacía que cada carta recibida fuera un alivio importante en medio del cansancio y la soledad.
“Cuando me escribían cartas las primeras semanas que yo estaba afuera, me tocaba un poquito”, recordó con nostalgia sobre el proceso que atravesó durante su entrenamiento.
El tiempo pasó, y poco más de dos meses después del entrenamiento básico comenzó su especialización en el área de aviación, enfocándose en el control de torres aéreas. Pero cuando pensó que ya había superado el reto de estar lejos de casa, el destino le presentó un nuevo desafío: su primera asignación oficial lo llevaría aún más lejos, hasta Corea del Sur.
Seúl, la capital de Corea del Sur, fue el primer gran destino profesional de Samuel tras su formación, y aunque estaba a miles de millas de su hogar, se sintió afortunado de no enfrentar barreras significativas con el idioma debido a que, según explicó, al ser Seúl una “capital internacional” muchas personas hablaban inglés, lo que le ayudó a adaptarse en el día a día.
Lo más difícil volvió a ser la distancia familiar.
“Muchas veces estuve homesick”, confesó, al recordar que uno de los días más duros que atravesó durante su estancia en Seúl fue Acción de Gracias, una festividad que no se celebra en allí.
“Fue un día como que me picó, estoy solo, hace frío, no conozco a mucha gente… sí, ese fue un día que me sentí un poco triste”, recordó también.
Durante su tiempo allí, su trabajo consistía en apoyar misiones aéreas, como el transporte de equipo militar y funcionarios públicos a diferentes partes del país y la región.Pese a la distancia, se mantuvo enfocado en sus responsabilidades, pero también cuenta que aprendió que podía estar presente para su familia de distintas formas, ya fuera a través de llamadas telefónicas o brindando apoyo económico desde lejos.
Dos años después, fue trasladado a Carolina del Norte, donde finalmente sintió algo de estabilidad. La cercanía con Puerto Rico, los vuelos directos y la posibilidad de visitar a su familia con mayor frecuencia le dieron una sensación de arraigo que no había tenido desde que se enlistó.
Esa tranquilidad, sin embargo, volvió a durar poco ya que en 2020 recibió una nueva asignación como sargento en Alemania, lo que una vez más lo obligó a alejarse de sus seres queridos para cumplir con su deber.
Para 2022, llegó un nuevo desafío que no tenía que ver directamente con su familia, pero sí con la incertidumbre de su trabajo y el futuro. Mientras estaba destacado temporalmente en Polonia, comenzó la invasión rusa a Ucrania. Samuel y su unidad permanecieron en alerta máxima durante semanas, sin saber si Estados Unidos decidiría intervenir directamente en el conflicto. “Hubo un poco de tensión al principio porque no sabíamos si íbamos a entrar a Ucrania o no”, admitió.
Esa incertidumbre pesaba, pero finalmente su misión tomó un rumbo humanitario: colaborar en la frontera para asistir a los refugiados que huían del país. Allí, ofrecían alimentos, artículos de primera necesidad y atención médica a quienes cruzaban hacia territorio europeo, muchos con la esperanza de llegar a Alemania, otras regiones de la Unión Europea o incluso a Estados Unidos.
Ese momento vivido fue difícil, lleno de emociones encontradas, donde el sentido de solidaridad y la incertidumbre caminaron de la mano. Esa experiencia lo llevó a replantearse su rol dentro del ejército y a buscar nuevos aires en su carrera. Aunque seguía comprometido con su labor, sentía la necesidad de un impacto diferente, uno que le permitiera contribuir de otra manera. Después de su tiempo en Polonia, comenzó a explorar otras oportunidades dentro del Departamento de Defensa y fue así como, de manera inesperada, se interesó por el trabajo diplomático, que finalmente lo llevó a ser asignado a Mongolia.
“Jamás pensé vivir en un lugar como este”, admitió, reconociendo que lo más difícil desde que se mudó en 2024 ha sido adaptarse al clima extremo de Mongolia, que lo ha hecho que el calor se convierta en otra de las cosas que más extraña de Puerto Rico.
Mongolia es una de las regiones más frías del mundo, especialmente en el invierno, cuando las temperaturas pueden caer por debajo de los -30 grados Celsius. “Eso sí ha sido duro”, reconoció.

Además del clima extremo, la distancia con Puerto Rico sigue siendo uno de los mayores desafíos para Samuel. En el año y medio que lleva en Mongolia, solo ha podido regresar una vez a la Isla, y en ese tiempo la añoranza por su familia y por las pequeñas cosas del día a día se ha hecho más profunda.
“Lo que más extraño, además de la familia, es el calor… el calor humano y el del clima también”, confesó con nostalgia.
Y aunque la distancia pesa, y el sazón boricua sigue siendo una de sus grandes nostalgias, las experiencias vividas lejos del hogar le han demostrado que el amor por los suyos trasciende la presencia física. Ha aprendido que puede estar presente de otras formas: en una llamada, en un mensaje, en un gesto. Su más reciente visita a Puerto Rico provocó una reconexión con sus raíces y con todo aquello que lo sostiene, incluso estando lejos.
“Ahí es que uno aprecia las cosas pequeñitas. Uno comienza a apreciar el coquí en la noche, el calor, la playa, el mantecado en el pueblo, la pizzería del pueblo… cosas así que antes quizá uno no valoraba tanto”, expresó con la voz cargada de emoción.
Son esas pequeñas cosas —el sonido del coquí, el abrazo de mamá, el sabor del mofongo bien hecho— las que le recuerdan que, sin importar en qué rincón del mundo se encuentre, su corazón sigue latiendo al ritmo de Puerto Rico.
¿Eres o conoces de algún boricua que vive fuera de la isla y quiere contar su historia? Escribe a historiasph@gfrmedia.com.