Adolfo Rodríguez Velázquez era el niño que llegaba a la escuela con una rana escondida en el bulto o con un ratón en una cajita, que criaba sanguijuelas en una pecera y tenía como mascota a un sapo que vivía debajo de su cama en el barrio Collores de Las Piedras.

Solía perderse durante horas en el monte, fascinado con cada misterio de la naturaleza, con cada especie que descubría. Allí se “sentía pleno, libre”.

“Me sentía yo mismo”, recuerda.

Un día, sin quererlo, atravesó por su rito de iniciación. Lo mordió una Borikenophis portoricensis, la culebra corredora de Puerto Rico. La herida se inflamó. Hubo corre y corre. En el hospital conjeturaban sobre una infección provocada por bacterias en la saliva del reptil, pero el chamaquito intuía que había algo más.

Así que investigó hasta que encontró que, en efecto, en el archipiélago hay cuatro especies venenosas, aunque de baja peligrosidad para los humanos. Esa herida, lejos de espantarlo, fue el germen de su tesis doctoral años después.

“Siempre me he identificado con las serpientes porque son organismos que las personas rechazan, que son incomprendidos”, cuenta.

El científico está a punto de hacer historia en las profundidades del Pacífico, pero en el camino han habido cuestionamientos que en nada tiene que ver con sus conocimientos.

También le seducen las cucarachas, los anfibios y todas esas “especies maravillosas” que muchos suelen temerles o considerarlas feas, raras.

“Como a ellas, muchas veces me echaron para un lado. Tuve ese rechazo. Fui esa criatura que estaba ahí, en una pared, escondido”, rememora. “Pero sabía que tenía mucho para dar a esta sociedad”.

Romper el molde

Aunque siempre supo que quería dedicarse a la ciencia, el camino era incierto. El pedreño no se veía reflejado en los documentales de vida salvaje que tanto le gustaban ni en las páginas de National Geographic.

No encontraba científicos que se parecieran a él: afroantillanos, caribeños, boricuas, queers y de “espíritu libre”.

Le “era bien difícil” visualizarse cumpliendo su sueño, acepta. “Alguien con las características mías, viniendo del pueblo de donde soy y del entorno del que provengo, lo veía muy lejos”.

Pero en lugar de modificar su personalidad para parecerse a ellos, decidió hacer exactamente lo contrario.

Suele utilizar camisas coloridas con estampados y mahones, carga una espesa barba azabache, lleva con orgullo su pelo afro y, a veces, anda en tacos. Mueve su cuerpo mientras habla y se ríe con facilidad, a carcajadas.

“No es que uno sea desafiante”, asegura. “Simplemente es romper paradigmas siendo uno mismo”.

Sin embargo, ha sido discriminado por su singularidad.

En una conferencia científica, un colega, incómodo por su estética caribeña, le increpó si creía que alguien lo contrataría con esa apariencia.

“Si no me siento cómodo como soy, no puedo ser productivo”, le fustigó. “A mí no se me juzga por mi apariencia; se me juzga por mi trabajo, por lo que doy”.

Esa autenticidad lo llevó en 2024 a participar en un reality show de supervivencia, donde se consolidó como la “Diva 4x4”.

“Me ven flamboyant y piensan que no puedo trabajar en el campo”, rebate. “Me gusta estar enfangado… y si de momento aparece un lagartijo, un caimán o alguna pitón reticulada, este que está aquí va a ser el primero en brincar a atraparla”. Así esté “en tacas porque así somos, todoterreno”.

Ciencia en “arroz y habichuelas”

Esa pasión lo llevó también a estudiar comunicación, convencido de que el conocimiento podía transmitirse “en arroz y habichuelas” para que todas las personas puedan entenderlo y, sobre todo, sentirse parte de él.

“Que sepan que cualquiera puede ser científico”, puntualiza.

A sus 33 años, Rodríguez Velázquez se ha labrado una sólida carrera como ecólogo, herpetólogo, profesor de la Universidad de Puerto Rico en Cayey y comunicador.

Ahora, en su próximo viaje, se perderá en el abismo. Y es que está a punto de embarcarse a las profundidades de las Islas Marianas para descifrar los secretos del fondo marino con la organización Ocean Exploration Trust.

Más allá de explorar una de las regiones oceánicas más profundas y desconocidas del planeta, lo que más le entusiasma es saber que ayudará a traducir los hallazgos, en tiempo real, para estudiantes y comunidades.

Además de un logro profesional, lo ve como una oportunidad de abrir caminos. Por eso, dedica esta hazaña a los suyos, a los que han sido empujados a los márgenes.

“Sin los latinos, afrocaribeños y la comunidad LGBTQ+ la sociedad no se mueve”, afirma. “Siempre hemos estado aquí, pero hemos guardado silencio por mucho tiempo. No nos vamos, seguiremos conquistando espacios y siendo quienes somos”.

“Sé siempre tú”

Él insiste en que no es influencer. Dice que solo es un educador que ama enseñar. Con esta nueva misión, piensa en el niño que alguna vez fue, el que descubrió el mundo a través de los documentales sentado frente a un televisor en Las Piedras. Pero esta vez, en algún lugar del país, otros pequeños podrán identificarse y sentirse capaces.

“Sé siempre tú”, le aconsejaría al Adolfito de diez años que corría por el cerro de Collores. “No tengas miedo al qué dirán. Vas a sufrir. A veces, te vas a sentir solo. Te van a decir muchos noes, pero utilízalos de combustible para mover ese barco que has construido, que te ha costado y que te va a seguir costando”.

“Pero en ese viaje –añade– vas a aprender, vas a conocer y vas a obtener mucho. Y todo lo que obtengas, acuérdate de darlo. Y no olvides nunca de dónde vienes”.