Los paisajes costeros de Puerto Rico, adornados con las variadas especies de mangles que existen en el país,  ofrecen un espectáculo visual para los fanáticos de la naturaleza, así como hogar para múltiples animales y protección de la zona marítimo terrestre contra el cambiante océano.

Pero, del mismo modo que traen belleza a los estuarios y cuerpos de agua, traen consigo un efecto secundario no agradable a nuestras narices.

El manglar apesta.

En Puerto Rico se pueden encontrar cuatro especies de estos árboles, según la página web cremc.ponce.inter.edu.

El mangle botón, el mangle negro, el mangle blanco y el mangle rojo, son los que forman parte de nuestra flora.

En la base de estos mangles, donde se acumulan las hojas que se han caído, así como microorganismos y otros desechos, es de donde proviene el peculiar olor a podrido de los manglares.

“El ecosistema manglar protege a gran cantidad de organismos en sus troncos, entre sus raíces o en el fango, tales como bacterias y hongos, que intervienen en la descomposición de materiales orgánicos. Algunos grupos de bacterias transforman materiales tóxicos en azufre o sulfuro”, lee www.eumed.net.

El azufre, que tiene la peculiaridad de que apesta a huevo podrido, es el responsable principal de la peste de estos árboles.

Si se le añaden basura o animales muertos, el proceso de descomposición en las raíces de los mangles aumenta la peste que se siente en la cercanía de estos árboles.

Claro, hay pestes y hay pestes, por lo que a los de olfato sensitivo les molestará más este peculiar olor que forma parte de la naturaleza de estos bosques tropicales.