De lavaplatos a crear Flor Jíbara: un “brunch” con sabor a campo y orgullo boricua
Con un menú inspirado en sus seres queridos, este negocio en Naranjito también busca crear una red local de comerciantes.
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Leyra Rolón López no se imaginaba teniendo un negocio. Mucho menos uno que estuviera ubicado en su natal Naranjito, con una vista que dejara absortos a los comensales y que, tras la inauguración, tuviera que trabajar varias semanas por reservación porque no podía recibir a todas las personas que llegaban.
Tampoco pensó que el menú llevara los nombres de sus seres queridos, que se honrara a las mujeres valientes del país, que se ensalzara la cultura boricua y que se creara una comunidad llena de amor.
Ella solo lavaba platos. Era 2017. Había dejado su bachillerato en Trabajo Social. Y trabajaba “para poder pagar las cuentas y sobrevivir”, recuerda. Luego, fue mesera, bartender y gerente.
Con los años, algo cambió. “Me empezó a gustar esto: lo que es servir y las creaciones en la cocina”, cuenta.
Para ese entonces, comenzaba la fiebre de los brunches. En su tiempo libre, solía ir a probarlos. Comenzó también a experimentar en su casa. Y en 2020, retomó sus estudios, esta vez en Artes Culinarias y Ciencias Gastronómicas.
“Cuando me gradué, ya estaba lista. Quería hacer algo”, rememora.
La gastronomía
Así, en octubre de 2025, abre Flor Jíbara, un espacio que busca “fomentar la cultura boricua y llevarla con orgullo a través de la cocina”.
El menú se inspira en el conocido brunch, pero con una inclinación al campo, hacia lo local.
Por ejemplo, unas tostadas francesas con papaya del país o un sándwich con pernil, jamón ahumado, maduros, queso suizo y una salsa de la casa a base de cilantro y recao.
“Involucramos lo tradicional, dándole una innovación con la cocina puertorriqueña”, explica la joven de 30 años.
La familia y las amistades
Para crear los platos, se preguntaba: qué comería mamá, papá o abuela.
“Mi familia lo es todo. Mis cuatro abuelos son mi razón de ser y es a ellos a quien les dedico este espacio”, recalca. “Y, en todo este proceso, mis papás han sido un apoyo gigante, tanto emocional como económico”.
Mientras, su hermano, quien es maestro, le prepara el pernil. Y su abuela Iraida le hace el dulce de papaya.
También resalta a sus tías, a sus primos y a sus amistades, quienes le ayudaron a pintar y hasta le regalaron su primera estufa.
“Flor Jíbara no es solo mío, sino de una comunidad entera que ha estado ahí conmigo”, resalta.
La solidaridad
Pero levantar un negocio en el archipiélago no es fácil. Leyra lo ha experimentado. Recientemente, los apagones le quemaron una nevera y perdió toda la compra. Tuvo que secarse las lágrimas y decirse: “Vamos a echar pa’lante”.
Esa resistencia no la hace sola. “Las empresas locales necesitan ayudarse unas a otras”, dice. Por eso, cuando se ha quedado sin agua, otra comerciante del pueblo le ha prestado una cisterna para poder operar.
“Es bien importante que exista esta comunidad entre los negocios. Estamos en el mismo barco”, destaca. “Queremos que todos podamos seguir creciendo aquí, en Puerto Rico. Y apoyarnos unos a otros es defender la economía local y nuestro patrimonio”.
Por eso, compra parchas cultivadas en Cidra, queso de una vaquería en Cayey y café de Adjuntas. También adquiere guineos, plátanos, mangos, pomarrosas, carambolas y calabazas del país.
“Cuando compramos a empresas locales, estamos seguros de que el producto es bueno y de calidad”, menciona.
Las mujeres y Puerto Rico
Aunque al principio tenía miedo y dudaba de lanzarse a esta aventura, hoy se siente “muy orgullosa” del trabajo arduo, por encontrar la manera de sentirse bien consigo, por haber aprendido de sus errores y por confiar en sí misma.
“No quiero romantizar el proceso, pero siempre hay que seguir”, exhorta. “Estoy contenta porque, realmente, he logrado un sueño”.
Su equipo está compuesto por cuatro mujeres jóvenes. No es casualidad. De hecho, el local rinde tributo a políticas, poetas, maestras y mujeres bravas que forjaron el país.
“Me inspiran”, apunta.
“Una Julia de Burgos, por ejemplo, que dio clases en una escuela a pasos del negocio. Y tengo un plato que se llama Lolita que, cuando me preguntan, puedo explicarles quién fue Lola Rodríguez de Tió o Lolita Lebrón”.
El negocio también es una oda al país, con estampas de racimos de plátano y de piraguas, así como libros de autores del patio.
“Yo siento un orgullo bien grande de ser de aquí. Como país, a pesar de las pocas oportunidades, hay grandes próceres que han hecho cosas increíbles y no los enseñan tanto cuando estudiamos”, puntualiza.
Y esa es la idea de Leyra, unir sus pasiones y amores en un solo lugar.
“En Flor Jíbara queremos que se sientan como en su casa. Y, aparte de que se lleven una buena experiencia gastronómica, aprendan algo que no sabían de nuestra historia, que conozcan a fondo lo que es el campo y lo que es Puerto Rico”.


